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jueves, 24 abril 2014
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La Razón

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Una batalla de infarto

  • Sarkozy y Hollande pugnan por atraer los votos de la ultraderechista Le Pen. El socialista rechaza los tres debates televisivos para no perder su ventaja

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Una batalla de infarto
Una batalla de infarto

PARÍS- La derrota sabe amarga, pero para Nicolas Sarkozy el punto y medio que le separa del favorito, François Hollande, es sólo un obstáculo más en la carrera final por el Elíseo. No un muro insalvable. La partida, según él, no está ni mucho menos decidida. Pese a que los sondeos predicen un descalabro de seis puntos en la segunda vuelta. «También las encuestas pronosticaban una abstención récord del 30% y se han equivocado», ironizó ayer, más combativo que nunca.

Pero el auténtico combate empieza ahora. El que Sarkozy lleva esperando desde hace semanas. Sobre todo desde que comenzó a ver decrecer su curva de intención  de voto para la primera vuelta por las exigencias de la ley electoral. La igualdad del tiempo de antena para los diez pretendientes elíseos le restó visibilidad. Ahora las cosas han cambiado. Se acabaron las restricciones y el «nueve contra uno» que, según él, ha tenido que soportar. La exposición mediática le va a favorecer y pese a que la aritmética no juega a su favor puede contar con sus dotes y su experiencia para ganar el pulso que ahora comienza. «Se trata de debatir ante los franceses, proyecto contra proyecto, personalidad contra personalidad, experiencia contra experiencia», recalcó Sarkozy sobre la estrategia de las dos próximas semanas tras reunirse con su equipo.

El domingo, Sarkozy volvió a proponer sin éxito a su rival la celebración de tres debates sobre cuestiones económicas y sociales y asuntos internacionales. Un rechazo «incomprensible», según el presidente francés, quien acusó a su contrincante de escabullirse y pecar de huidizo. La táctica es evidente: acorralar a Hollande explotando sus puntos débiles. Como su falta de bagaje en el ejercicio de responsabilidades institucionales o su anonimato casi total en la escena internacional. El programa económico socialista es también una de las armas de Sarkozy, que acusa a Hollande de defender un proyecto que sólo prevé aumentar el gasto público y asfixiar con impuestos a los franceses.

Tras los primeros dardos a su oponente, que ayer se confesaba «esperanzado» pero sin triunfalismos, Sarkozy reservó su segundo mensaje al 18% de franceses que votaron por la ultraderechista Marine Le Pen. «Un voto de crisis al que hay que dar una respuesta», analizó el candidato de la UMP, que ha sido víctima de la deserción hacia las filas de la extrema derecha de una parte de los electores que en 2007 consiguió arrebatar a Jean-Marie Le Pen. «Ese sufrimiento lo hemos oído. No lo tomo a la ligera ni lo observo de lejos. No lo negamos como hacen otros», siguió en un apenas velado ataque al aspirante socialista.

Desde la misma noche electoral Sarkozy ha resucitado un lenguaje destinado a seducir al electorado frontista, insistiendo en la necesidad de fronteras, el control de la inmigración o valores como el trabajo. En esa línea, anunció ayer una festividad del 1 de mayo que no será exclusiva de los sindicatos ni del FN como viene siendo tradicional. «Será la verdadera fiesta del trabajo, la de quienes trabajan duro, quienes más expuestos están, sufren, y que ya no soportan que cuando no se trabaja se pueda ganar más que trabajando».

La ecuación victoriosa de Sarkozy se antoja complicada a juzgar por la distribución de votos que reflejan los sondeos. Aunque algo más de la mitad de los lepenistas votará por él en la segunda vuelta, así como un tercio de los electores centristas de François Bayrou, la suma es insuficiente.

Al contrario, la estrategia de Hollande, que se prepara para dos semanas de campaña «cruel», se perfila más sencilla. Preservar el capital de votos granjeado en la primera vuelta utilizando el «antisarkozysmo» como principal arma y arriesgando lo mínimo. De ahí su negativa a que se celebren tres debates, como quiere Sarkozy. «Como está en mala posición, quiere cambiar las reglas. Pues no», sentenció el socialista. 
 

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