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jueves, 18 diciembre 2014
00:18
Actualizado a las 

La Razón

Cocinas apagadas por José Luis Alvite

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Como consecuencia de una mala administración y por circunstancias objetivas adversas, en España hemos malversado la riqueza económica y nos vemos inmersos en una escasez que parecía inimaginable hace sólo algunos años. Se multiplicaron los casos de corrupción, se afianzó la incertidumbre y si uno le echa un vistazo a la vida social, se da cuenta de que, además de ver cómo se esfumaban las  expectativas, poco a poco nos hemos quedado también sin alegría, sin callejeo y sin vicios. Habida cuenta de que la ira popular es de combustión imprevisible, podría ocurrir cualquier cosa, incluida la aparición de cualquier iluminado capaz de movilizar el descontento civil y conducirlo hacia un destino inquietante. Con la pobreza surgen las revoluciones, igual que con la falta de higiene irrumpe la peste. En la Historia abundan los ejemplos de sociedades que sucumbieron a la tentación revolucionaria tan pronto los ciudadanos comprendieron que tanto tiempo durmiendo mal era el resultado inmerecido de una corrupción generalizada y sostenida, no la lógica consecuencia de haber elegido mal el colchón. Es cierto que en momentos de extrema gravedad puede surgir el golpe de sensatez que regenere la moralidad pública y atempere las reacciones populares, pero es evidente que a  cualquier hombre le resulta difícil contenerse cuando, después de hurgar en su conciencia, llega la hora de cenar y se da cuenta de que tiene vacía la nevera. Dicen los expertos que un pueblo que no se ilustra corre el riesgo de embrutecerse. Pero seamos realistas: un pueblo que no tiene nada que leer, no es en absoluto más peligroso que aquel otro que carece de algo para masticar. ¿Alguien duda de que al pueblo llano se le calienta la cabeza justo cuando se le enfría la cocina?
 

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