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miércoles, 01 octubre 2014
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La Razón

Columnistas

No era xenofobia por César Vidal

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Los años de bonanza de los dos mandatos de Aznar tuvieron entre otras consecuencias la de una llegada masiva de inmigrantes. Como quien no quiere la cosa, antes de que pudiéramos darnos cuenta, no menos de seis millones de personas procedentes del extranjero se habían asentado en territorio español.  Desde el principio, algunos comprendimos que aquella inmigración desordenada y, sobre todo, la concesión de una batería de costosísimos derechos a sus protagonistas era un disparate sin paralelos en la UE. La consigna que se elevó entonces como un mantra contra los que teníamos la osadía de discutir la versión oficial fue que nuestro punto de vista era xenófobo.  Nunca me hice ilusiones sobre la nobleza de los que buscaban halagar a los inmigrantes y proporcionarles todo tipo de parabienes. El PSOE de ZP soñaba con captar a un electorado –como había hecho Chávez con los inmigrantes colombianos en Venezuela– que lo perpetuara en el poder.  Por su parte, al nacionalismo catalán se le hacían los ojos chiribitas pensando en centenares de miles de personas que no hablarían el odiado español y se abrazarían al catalán como a una tabla de salvación. Semejantes análisis siempre me parecieron quimeras irresponsables, pero también me percaté, como otros, de que el impacto que la inmigración Estado de Bienestar sería pavoroso.  Los inmigrantes tenían familias más numerosas que las españolas y además solían padecer un estado de salud peor. Por añadidura, eran atendidos sin cotizar y sin ser legales con el empadronamiento como único requisito.  Al cabo de unos meses, millones de inmigrantes no sólo estaban disfrutando de nuestra Sanidad, sino que además avisaban a sus parientes de que podían venir a España a operarse. Los taxistas comenzaron entonces a descubrir pasmados que en el aeropuerto de Barajas los recién llegados del otro lado del Atlántico les indicaban como dirección no sólo la calle del hospital, sino hasta el número de planta. No fue sólo la Sanidad. Las ayudas de comedor y las becas comenzaron a ser copadas en las escuelas por los hijos de los inmigrantes, cuyos padres, al menos sobre el papel, siempre ganaban menos que los españoles.  Por primera vez en la Historia, una nación pagaba impuestos crecientes para conseguir que se desplomara aún más su deplorable sistema educativo y además quedarse sin becas y ayudas de comedor.  Ahora, poco a poco, los políticos parecen enterarse de lo qué es el turismo sanitario y de que no podemos proporcionar servicios sanitarios que nadie entrega a inmigrantes sin residencia en nación alguna. Ahora no es xenofobia, sino mero sentido común. Bien. Han tardado casi una década en darse cuenta. ¿Cuánto van a tardar en percatarse, también por sentido común, de que hay que desmantelar el actual sistema autonómico?  

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