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viernes, 29 agosto 2014
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La Razón

Columnistas

La Sosa por Alfonso Ussía

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Vi el partido de tenis en el que Nadal conquistó por octava vez el Torneo de Montecarlo. Una paliza a Djokovic que puede servirle en el futuro para ahuyentar fantasmas. El Club de Tenis de Montecarlo, como todo lo de allí, se ubica junto al mar. Está bien. Y más ahora, cuando su Princesa es una nadadora sudafricana con permanente expresión de hastío. Muy sosa. No le gustó nada a la mujer de Grimaldi que venciera Nadal con tan formidable contundencia. Cuando, en la entrega de los trofeos, el tenista español saludó a la pareja Principal, la sosa sudafricana no simuló su arranque de asco. En cambio, se derritió con Djokovic. Cuestión de gustos. Pero esta familia de pandereta y pianola necesita un paso por una escuela de urbanidad y buenas maneras.

Los que no somos monegascos, es decir, el 99,99% de los habitantes de este planeta, pensamos que Mónaco es un lugar muy poco consistente.

Tiene un palacio, un museo oceanográfico, cuatro hoteles y un puerto en el que atracan los barcos de los mayores sinvergüenzas del Mediterráneo. He visitado Mónaco en cinco o seis ocasiones y siempre se me ha antojado ridículo. «En Mónaco hay una cosa que sobra. Los habitantes», como dijo Madame de Staël. «Un lugar soleado para gente antipática», comentó David Niven después de tres días en Mónaco dedicados a retomar recuerdos con la difunta Grace Kelly. Mónaco cuenta también con un Gran Premio de Fórmula Uno, el torneo de tenis, y bastantes fiestas. Rafael Nadal, que es un deportista educadísimo, ha regalado a Montecarlo lo mejor de su tenis durante ocho años, ha ganado el trofeo en sus ocho visitas, y no le cae bien a la Sosa. Al marido de la Sosa tampoco, pero éste tiene más tablas y lo disimula mejor.

En Mónaco no se puede pasear si uno no es una cabra. Se trata de un sitio muy confundido en su ubicación. Y respirar cuesta dinero. Vive de los capitales escapados y escondidos por piratas y ladrones, de evasores de impuestos y de distinguidos narcotraficantes que vestidos de «smoking» sonríen y son sonreídos por la Sosa. Porque la Sosa, como su marido, saben perfectamente que la única razón que sostiene la existencia de Montecarlo es el dinero evadido y depositado allí, lo cual es una razón, pero no excesivamente consistente. Su personaje histórico más famoso es Fabrice de Pompet, que se lanzó de una roca al mar y se mató. De ahí los dos dichos que usan los monesgascos según sea la intención: «Eres más valiente que Pompet», o «eres más tonto que Pompet».  La verdad es que, a estas alturas, mi nube respecto a Pompet se mantiene densa y nebulosa. Para mí, que fue un tonto valiente, pero en Mónaco no gusta esa doble imagen porque se quedan sin una de las frases.

Estos países tan pequeños y extraños exigen una simpatía y naturalidad en sus personas principales que hoy no se da, ni por aproximación. Rainiero tenía categoría humana, y también la princesa Gracia, una bellísima actriz americana que vivió en la realidad su cuento de hadas. Pero el actual Príncipe es un malcriado indecente, y se ha casado con una nadadora sosa que probablemente viene de familia de «afrikaaners» holandeses, que son la monda. Y en lugar de educarla para que quede bien en público, Alberto de Mónaco pasa de ella, y queda muy mal. A Nadal, esos detalles en nada le afectan, pero a mí, como compatriota de Nadal, me molestan sobremanera, y creo que ya es hora , después de ocho victorias, de que nuestro tenista se vaya despidiendo de Montecarlo, ese puntito de Europa que nada tiene excepto pretensión prepotencia y soberana cursilería.

Un noveno triunfo de Nadal puede terminar con la Sosa. Visto lo cual, quizá sea necesario que vuelva el próximo año.

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