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viernes, 19 septiembre 2014
09:40
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La Razón

El Editorial

Primero de Mayo político

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Los actos de conmemoración del Primero de Mayo no han tenido ni el mínimo éxito que podían augurar la explosiva mezcla del paro, la dureza de la crisis y la llamada a tomar las calles efectuada desde el PSOE de Rubalcaba e IU. Las cifras facilitadas por las Fuerzas de Seguridad son el reflejo de un fracaso, de un escaso poder de convocatoria que contrasta  con el  descarado optimismo de los organizadores de las marchas.  Sin embargo hubo ayer otra imagen que retrata mejor las causas del fracaso del sindicalismo en esta crisis: la de los dirigentes socialistas detrás de las pancartas reivindicativas sólo meses después de ser barridos de las urnas por haber hundido a España en un agujero económico sin precedentes en la democracia. El hecho de que Valeriano Gómez, ministro de Trabajo socialista, que dejó su Ministerio con cinco millones de parados, figure sin problema alguno entre quienes gritan ahora contra el Gobierno del PP en demanda de medidas contra el paro revela que en la labor de los sindicatos llamados de clase, de UGT y CC OO,  ha tenido mayor importancia su labor de correa de transmisión de los partidos de  izquierda, que su papel como defensores de los derechos de los trabajadores y de lucha contra el paro. La radicalidad de los mensajes de los dirigentes sindicales no estuvo presente en ninguno de los anteriores Primeros de Mayo, en los que las listas del paro crecían por cientos de miles ante la ausencia de medidas correctoras eficaces o por la simple ineptitud de los sucesivos Ejecutivos socialistas. Quizá el fracaso sindical obedezca también a que los ciudadanos no han olvidado todavía, pese a la estrategia del ruido y la algarada, que tampoco UGT y CC OO  promovieron grandes protestas ni una huelga general cuando el propio Gómez dirigía el Ministerio que introdujo una errónea reforma laboral, la cual, al final, sólo sirvió para facilitar despidos más baratos, pero mantenía intactos los privilegios de los sindicatos. Ni Méndez ni Toxo  quisieron en su momento levantar la bandera en defensa de los parados y ahora tampoco son capaces de aportar soluciones. Tuvieron la ocasión de consensuar con la patronal una reforma, pero fueron incapaces de ceder en sus privilegios en la creencia de que el Gobierno no se atrevería a gobernar.  La defensa de los derechos de los trabajadores, legítimamente expresada por muchos de los ciudadanos que se manifestaban ayer pacíficamente,  no puede quedar reducida en modo alguno a lo que hoy  sonCC OO y UGT y a su amenaza de mantenerse en la calle y promover huelgas generales hasta hacer doblar la rodilla al equipo de Rajoy. Hasta forzar a un Ejecutivo recién elegido por la mayoría absoluta de los ciudadanos a renunciar a la única política que, visto el fracaso de la izquierda, puede recuperar la solidez económica de España y la capacidad de volver a generar puestos de trabajo.

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