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miércoles, 23 julio 2014
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La Razón

Columnistas

Vergonzoso puente por Alfonso Ussía

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España está en la quiebra. Más de cinco millones de españoles darían cualquier cosa por poder trabajar. Cinco millones seiscientos mil parados. El ministro que dejó a 5.300.000 españoles sin trabajo se manifestó el pasado 1 de mayo con los sindicatos en esa especie de romería que les sale ahora a los sindicalistas. España, y su economía, necesitan que los privilegiados que trabajan lo hagan sin excepción. Se había quedado en que las fiestas locales, provinciales, autonómicas y nacionales se celebrarían los lunes. Por mi parte, que no se celebren ni los lunes en beneficio de todos. Pero esta semana hemos disfrutado los españoles, y los madrileños con un día más de vagancia, de un puente vergonzoso. No un puentecito, no un puente, sino un pedazo de puente que podría hacer tirabuzones sobre el delta del Ebro. Viernes, sábado, domingo, lunes, martes y miércoles. Para los que se fueron el jueves, una semana de vacaciones en una nación en estado de emergencia.

El 1 de mayo no puede ser considerado, en los tiempos actuales, el Día del Trabajo. Se trataría, como poco, del Día del Paro. Y los sindicatos han sido corresponsables durante ocho años de la insufrible creación de desgracias en las familias trabajadoras. El 2 de mayo se ha reducido a fiesta madrileña, cuando en realidad, ese 2 de mayo, día de la cólera popular contra la ocupación francesa, repercutió en toda España. Su memoria merece la celebración total. Pero en los días que vivimos, no hay celebración más digna que el trabajo. El calendario laboral de la España de 2012 no puede ser el mismo que el de la España de 2004. En aquellos tiempos, todavía bien administrados, nuestra sociedad se podía permitir el lujo de celebrar las fiestas. ¿Cuántos millones de horas de trabajo hemos desperdiciado los españoles durante este interminable puente de mayo? Traducidas a producción y dinero, esas horas suman unas pérdidas pavorosas. Pero no importa. Somos diferentes y vamos a salir de la crisis. No con estos puentes, desde luego. Alegría, alegría, que España y yo somos así, señora. Señora Europa, por supuesto, que últimamente nos observa con lupa.

El 1 de mayo ha dejado de ser un símbolo y una referencia. Ese día, los trabajadores se manifestaban en defensa de sus derechos y sus puestos de trabajo. ¿Cómo van a organizar esas manifestaciones quienes han contribuido con tan desalmada eficacia a la destrucción de millones de empleos? ¿Cómo van a ser portavoces de reclamaciones y exigencias unos sindicatos subvencionados por miles de millones de euros cuyo único objetivo es el mantenimiento de sus propios privilegios? El 2 de mayo, fiesta en Madrid. Que lo celebren las autoridades y el pueblo dentro de los esquemas de la normalidad de un día laboral. Con Madrid paralizada, el 70% de las actividades en otros lugares de España quedan afectadas directamente. Y ahora viene San Isidro, el santo y bastante holgazán patrono de Madrid, cuyo milagro fundamental, según nos han contado, era que sus mulas tiraban del arado mientras él descansaba bajo una encina, amparado en su sombra. Se me antoja muy bien que sea santo y patrono de mi ciudad, pero en los días por los que transcurrimos, el ejemplo para los madrileños tienen que ser las mulas, no el santo. Otro puente a la vista, y más producción perdida. Otro puente a la vista, y otra grieta en la economía.

Decisiones más antipáticas que dejar de celebrar las fiestas ha adoptado ya nuestro Gobierno. Y son necesarias. Sería de desear que de ahora en adelante se suprimieran los puentecitos, los puentes y los acueductos. Por pudor y patriotismo.
 

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