Uso de cookies

[x]
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el anáisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies
Ofrecido por:
Iberdrola
martes, 02 septiembre 2014
08:44
Actualizado a las 

La Razón

Columnistas

El teatro del Siglo de Oro engancha por Francisco Nieva

  • 1

En las artes, la literatura y el teatro – que también es literatura  pese a quien pese–, predomina el realismo, por ser más popular. A la gente le gusta verse retratada en escena, una especie de narcisismo, narcisismo de clase. La clase popular y media, la clase dominante y culta. Hay algo prodigioso en la dramaturgia española del Siglo de Oro, que es todo un paradigma de integración social. Teatro para unos y otros. Nuestros clásicos quieren demostrar que no son unos lerdos, que conocen la historia, la mitología, la ortodoxia católica, la ciencia de su tiempo, y salpican sus obras –tan populares– de citas  eruditas y sofisticadas reflexiones, a veces en boca de personajes femeninos o masculinos, que son pastoras o campesinos o pueblerinos de pocas letras. Esto no es realista, pero al público más indocto le encanta verse supuestamente reflejado en el teatro, hablando tan fino, y que el sector señoril aplauda esas sutilezas que emanan de unos personajes que visten refajos y calzan abarcas, que endosan mantillas y capas pardas: para que se vea que también nosotros somos gente que vale tanto como ellos. En el teatro, que se supone el reflejo de la sociedad. Mentira y gorda.

El éxito de nuestros clásicos es que saben  enardecer a un público muy vario por la audacia imaginativa de los argumentos, en los que cuenta un intermediario prestigioso que también es una convención poco realista, el gracioso. Otro personaje de baja estofa. Que se hace intérprete de los dos bandos y termina poniéndolos de acuerdo. En principio representa al pueblo zumbón, desmitificador y realista. También «la galería» más indocta se alegra de tener ese diputado tan diplomático, tan desenvuelto y pícaro. Convengamos que tampoco esta convención es realista. No existen en la vida común graciosos de oficio tan ingeniosos, tolerantes y chistosos, sino algunos pesados insoportables y carentes de gracia. Ellos creen que la tienen, pero son unos gilipuertas, hablando en plata. En resumen, el  teatro clásico español no tiene nada de realista, es un sueño imaginativo, sincretista, un espejismo escénico y una gran conquista de la cultura. Y esto es lo que mejor debiera apreciar el público contemporáneo: la existencia en el teatro de «una democracia culta».

 

Francisco Nieva, de la Real Academia Española

Vídeos

  • 1