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lunes, 28 julio 2014
17:18
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La Razón

Cine

Entre dos mundos

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Resultaba fácil perderse en Versalles. No sólo en los jardínes. También en el lujo de las salas. La suntuosidad es un laberinto sin escapatoria. Un vicio sin salida. María Antonieta llegó al París de Versalles, que no era el poblachón en el que vivía el ciudadano corriente, sino un aislamiento de abundancias diversas. Un espejo incómodo para la plebe. El hambre respeta poco los candelabros de oro. Y, por ahí, empezó la Revolución Francesa. Los excesos de los poderosos sublevan a los desposeídos (recuerden Túnez y lo que provocó su estela de corrupciones). La subida del precio del pan devino en la proclamación de los Derechos del Hombre. No había contraste entre la pobreza y la riqueza, entre los nobles y las personas, es que eran dos mundos completamente opuestos. En uno se nadaba en  una opulencia de sobredorados que empañaba las formas mientras, por debajo, en las calles, los habitantes de las urbes caminaban por calles lóbregas y sucias. María Antonieta dejó que los caprichos de su inexperiencia guiaran sus maneras de reina. Pensaba que por estar sentada en un trono estaba capacitada para conducir países y tomar decisiones. Un error. Su figura recibió enseguida los dardos mordaces de los súbditos. Pequeñas glosas que la ridiculizaban. Lo que caldea una sociedad es la miseria (algunos podrían estar atentos a lo que ocurre hoy en día).  Y lo peor que podía hacer un rey era encerrarse en los halagos de la servidumbre y empleados. A la realidad, que no era otra que la pobreza, había que atajarla. No se hizo y como resultado, ésta imagen, «La libertad guiando al pueblo». María Antonieta se encerró en un jardín paradisiaco. Un trampantojo. Un día, una turbamulta la sacó de allí a fuerza de picas, la condujo hasta la capital. Terminó encerrada en las mazmorras de las Tullerías. En ese momento se hizo adulta. Demasiado tarde.
 

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