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jueves, 24 abril 2014
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La Razón

Cine

Por quién perdió la cabeza María Antonieta

  • Benoit Jacquot ha convertido a la reina en una mujer voluptuosa, capaz de disfrutar de los placeres de la vida hasta la última gota, incluso en los días previos a la guillotina. Diane Krüger  le da vida

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Diane Krüger interpreta a María Antonieta en  «Adiós a la reina»
Diane Krüger interpreta a María Antonieta en «Adiós a la reina»

¿Se puede volver a contar el estallido de la Revolución Francesa como si no supiéramos nada sobre ella, como si hubiera ocurrido ayer? El peso del icono de María Antonieta en el imaginario histórico es decisivo para responder a esa pregunta de manera óptima. El francés Benoît Jacquot ha salido victorioso del intento de refrescar la visión que tenemos de ese periodo convulso adaptando la novela de Chantal Thomas y apoyándose en el trabajo de Diane Krüger, ex modelo de postín que está dejándose la piel para dar el do de pecho como actriz de prestigio. Hablamos con ambos en la última Berlinale, inaugurada con esta coproducción francoespañola.

–Asociamos a María Antonieta con el rostro de grandes actrices de Hollywood. ¿Qué le impulsó a volver a encarnarla?
–Diane Krüger: Es un personaje muy extremo. Es eso lo que me atraía de ella: no tanto su dimensión más frívola o caprichosa, sino el momento en que se da cuenta de que es una madre con tres hijos al filo del abismo y decide asumir la responsabilidad de sus actos hasta las últimas consecuencias.
–Benoît  Jacquot: Diane tiene exactamente la misma edad que tenía María Antonieta, también proviene de la cultura germana, probablemente posee el mismo acento que tenía ella, es rubia, se parece bastante a los retratos que hay de la reina. Era perfecta para el papel.
–D.K.: Para interpretarla pensaba en una vieja diva del cine de Hollywood, como podría ser Marlene Dietrich o Greta Garbo, que con un simple chasqueo de dedos podía tener al mundo a sus pies.

–Sigue siendo un personaje históricamente controvertido, pero la película insiste en humanizarlo.
–D.K.: Todo el mundo parece tener una opinión sobre ella: sobre cómo se vestía, sobre si su comportamiento era o no reprobable... Juzgarla me parecía irrelevante, como actriz no soy quién para hacerlo. Lo único que me interesaba es que, en esos cuatro días en que se gesta la Revolución, acabáramos viendo a una mujer que llega a un acuerdo consigo misma y con el mundo en el que le ha tocado vivir.

–Hay actores que necesitan encontrarse a sí mismos en sus personajes. ¿Le ha ocurrido algo parecido con María Antonieta?
–D. K.: Cuando llegué a París, a los dieciséis años y sin hablar francés, me sentí completamente aislada. Empezaba una carrera como modelo, y estaba todo el día trabajando, pero apenas me comunicaba con nadie. Creo que, en ese sentido, puedo entender a María Antonieta: una austriaca que se instala en la corte francesa, con todo ese lujo, pero también rodeada de gente que desconfiaba de ella. No la estoy justificando, pero imagina cómo debía de sentirse.

–El filme plantea un triángulo amoroso de corte lésbico, aunque nunca vemos que la química se convierta en física…
–B.J.: Eso no importa. Es obvio que María Antonieta está enamorada de Gabrielle de Polignac (Virginie Ledoyen) y Sidonie de María Antonieta.
–D.K.: No estoy muy de acuerdo. Estoy más a favor de una lectura ambigua.

–Da la impresión que Léa Seydoux y Diane Krüger se enfrentan a sus papeles de forma opuesta…
–B.J.: Era muy importante que dos personajes tan completamente diferentes, tan contradictorios, estuvieran interpretados por dos actrices igual de distintas. Léa es muy espontánea, muy instintiva, tiene una sensibilidad algo infantil. Diane se concentra y se prepara mucho, es bastante metódica, es, en cierto modo, más cerebral.

–Léa Seydoux cuenta que usted no da directrices específicas en el set de rodaje…
–B.J.: Supongo que se refiere a que nunca doy indicaciones psicológicas a los actores que trabajan conmigo. El arte de la actriz es intentar construir algo muy íntimo, que debe mezclar su psicología personal con la que se le supone al personaje que interpreta y al que da vida en la pantalla. Depende de la intérprete encontrar el equilibrio de esa ecuación, y yo la animo a que lo haga. Eso sí, doy instrucciones precisas sobre sus movimientos, sobre qué lugar deben ocupar en una escena, y qué tiempo deben durar sus intervenciones. Es curioso, porque muchas veces, con todas estas limitaciones, los actores creen ser totalmente libres cuando son cualquier cosa menos libres.

–Parece eludir todos los clichés que asociamos al cine de época. ¿Cómo se planteó la puesta en escena?
–B.J.: Lo que más me interesaba era retratar los hechos a través de los ojos de la protagonista, la joven lectora, Sidonie. Ella construye el tiempo y el espacio y la cámara se convierte en su sombra. Su visión del mundo es la de la película, y la mía propia: quieta o en movimiento, sólo sabemos lo que ella sabe. La cámara se convierte en otro personaje en la textura dramática de la película. Es la única manera de transformar al espectador en ese personaje, de sumergirlo en el interior de la trama.

–¿ Y Por qué eludió hablar explícitamente de los conflictos de clase?
–B.J.: Porque están sintetizados en las relaciones entre los aristócratas de la corte y sus criados. Quería retratar la ambigüedad que existía en la lucha de clases describiendo esos vínculos: algunos sirvientes se salvan porque huyen junto a sus señores, pero a otros realmente les falta tiempo para celebrar que sus amos vayan a morir.

 

VIDA PLENA
El estilo que marcó una época 

Fue una mujer con una vida digna de película, de ahí que su azarosa existencia haya sido convertida en carne de pantalla en numerosas ocasiones, además de haber servido como inspiración a pintores . En 1938, Metro Goldwyn Mayer convirtió a Norma Shearer (bajo estas líneas), una de sus más rutilantes estrellas, en la reina francesa de la mano de Woody Van Dyke (director de la espectacular «San Francisco»), quien contó con un presupuesto de 3 millones de dólares para una producción en blanco y negro con una especial luz dramática. El diseñador del Oscar, Cedric Gibbons, fue el encargado de recrear un Salón de los Espejos de  Versalles aún más grande que el original. Muchos años después, en 2006, Sofia Coppola obtuvo permiso para rodar en el propio palacio. Su objetivo era hacer el personaje de la reina «más humano, comprensivo y creíble», y huir de «una película histórica épica», gracias a la biografía de Antonia Fraser, publicada en 2002. El papel de María Antonieta lo interpretó Kristen Dunst (junto a estas líneas) y la banda sonora mezcló música contemporánea y del siglo XVIII.

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