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jueves, 18 septiembre 2014
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La Razón

Columnistas

La Bombonera por Alfonso Ussía

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Sólo una vez en mi vida he estado en la llamada «Bombonera», el estadio del Boca Juniors. Me alegré profundamente de asistir a ese partido porque perdió el «Boca» en su propio campo, y ello concede al espectáculo una desalmada propina. Los madridistas somos del River Plate y del San Lorenzo de Almagro, dos clubes señores donde los haya y ajenos a histerismos peronistas. Se trataba de un partido con poca trascendencia, pero vi a centenares de hinchas del Boca Juniors llorar con amargura, insultar al cielo, agredir a quienes no tenían aspecto de pertenecer a la gran secta futbolera porteña y demás delicias humanas. Dicen que el 70% de los argentinos son forofos del «Boca», y empiezo a comprenderlo. Antaño no lo entendía por razones de ética y estética, del mismo modo que no comprendo a los que eligen para veranear  la ciudad de Hamburgo o un piso alquilado en la calle principal de Sabadell.

      Ya en el hotel, el Alvear de la Recoleta, donde el Presidente Menem aparecía de improviso con su numeroso servicio de seguridad para echar un polvo – el Presidente, no el servicio de seguridad–, compartí con un gran amigo argentino la alegría por la derrota lacrimógena del «Boca», club al que mi amigo despreciaba rotundamente. «Lo más feo que puede verse en la Argentina es la masa de "La Bombonera"». Le recordé que Alfredo Di Stéfano había sido entrenador del «Boca» y que don Alfredo es un señor como la copa de un pino, y mi amigo lo disculpó como una licencia caprichosa de la tradición. Los argentinos siempre tienen una respuesta preparada para todo, y ahí se sostiene uno de sus grandes atractivos. Un argentino culto es aquel que sabe reirse de sí mismo, y los hay a puñados. Como dijo el malvado y maravilloso Borges, «el argentino, individualmente, no es inferior a nadie, pero colectivamente, es como si no existiera». Claro, que culminó su sentencia con una culminación lógica, resumida en Buenos Aires: «Los porteños somos unos italianos que hablamos en español, pensamos que somos franceses y deseamos ser británicos. Un puro contrasentido». Y más después de lo de las Malvinas o Falklands.

     Los parlamentos exigen decoro y respeto. Representan a la nación. El arma destructiva de todo parlamento es el argumento y la palabra. Respeto, como es mi deber, a los que representan a la ciudadanía argentina, a la que amo, como a su país, con intensidad. Pero el espectáculo de su último pleno me recordó al de la «Bombonera» furiosa. En las tribunas de invitados, toda suerte de pancartas de regular gusto. Una enorme, con la efigie de «Él» que colgaba del tercer piso hasta el suelo. A una parlamentaria que  se atrevió a criticar la incautación delictiva de Repsol-YPF le llovieron insultos de todas partes llamándola «española de mierda». No es, por ello, un parlamento libre. Menos mal que Sabina y Serrat no son parlamentarios argentinos, porque los insultos a la congresista vejada hubieran salido de las gargantas de los declinados juglares, a los que les parece muy bien, como no, que se hayan arruinado decenas de miles de accionistas españoles. Pero este es otro cuento. La imagen del Congreso argentino no es comparable a ningún otro foro representativo del mundo. En Italia hemos visto como dos diputados se calentaban los morros, y en algún país asiático, los parlamentos se pueden convertir en escenarios de artes marciales de múltiples desahogos. En España, la exhibición de una pancartilla es motivo de expulsión del hemiciclo después de una advertencia –los de IU son muy aficionados a ello–, y está absolutamente prohibida la intervención oral o pancartera de los invitados, que se ha producido en nuestro Congreso cuando han asistido como tales los de la Ceja. Pero esa proliferación de pancartas, esa pasión desbordada aparentemente patriótica, esa falta de respeto a la opinión de una representante de la ciudadanía, y esa agresividad estética contra la educación parlamentaria, me han desvencijado un tanto mi respeto por las instituciones argentinas.

Más que la votación para aprobar o rechazar un decreto de confiscación, lo que parecía aquello era una rebelión grosera contra una decisión arbitral que perjudicaba al «Boca Juniors». Esa ordinariez, esa decoración inapropiada, ese furor despiadado en un escenario tan respetable y solemne como el Parlamento argentino, me entristecieron profundamente. Lo de menos, lo que se votaba. Lo de más, lo fea que resultó la representación de la lamentable comedia. Forofos, no parlamentarios.

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