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domingo, 21 diciembre 2014
22:28
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La Razón

Mi padrino de Noruega

  • Azucena, sus tres hijos, su madre y su abuela fueron desahuciadas en Madrid. Una familia en Noruega vio su caso en la televisión y le manda dinero mensual. También en El Ferrol han recibido donativos de ese país
     

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Azucena no sabe noruego, aunque no le importaría aprender para dar las gracias. Ahora lo dice en español, por e-mail, y alguien en Noruega se lo traduce a la familia destinataria. Al final, puede que Azucena haya tenido suerte. Extraña, pero suerte al fin y al cabo. Vive en un barrio al norte de Madrid, detrás de una de la calles principales de la capital, Arturo Soria. Detrás, también, de ese nivel económico. En el parque de enfrente de su casa no hay ni un columpio ni un árbol.

Aunque llueve, Azucena baja a comprar el pan y unos premios para dar a sus hijos cuando se porten bien. Al volver, antes de subir a casa, avisa para que metan a los perros en una habitación para que no molesten. No molestan, no ladran y miran con curiosidad a través del agujero en la puerta de un salón en el que están colgadas las fotos de sus tres niños. Azucena, que no tiene trabajo y se le ha acabado la prestación, vive con sus tres hijos, su madre y su abuela en una casa que ocuparon después de que la Empresa Municipal de Vivienda los desahuciara.

«Utkastelse»

«Utkastelse» significa desahucio en noruego, aunque es una palabra que no se pronuncia allí con tanta frecuencia como en España. La dijeron varias veces en el reportaje que la televisión noruega emitió sobre Azucena. Fue cuando la suerte se puso de su lado al fin. Lo vio una niña de diez años, avisó a su familia y ahora Azucena recibe de ellos un dinero mensual como ayuda, para que pueda sobrevivir, al menos durante un año. «Me gustaría conocerles», dice Azucena. En sus e-mail les cuenta, por ejemplo, que uno de sus niños se ha resfriado, cómo les va; y en español, en un español pedestre, como si el que tradujese supiese hablarlo mejor que escribirlo, le contestan que allí en Noruega también están bien, que mande foto, que cómo le va a ella.
En cambio, los e-mails o las cartas que Fina cruza con Noruega son más formales. Fina vive en El Ferrol, donde hasta hace muy poco se estaban construyendo cinco fragatas para la Armada noruega. En El Ferrol, en una muralla van colgando los monos de trabajo los que son despedidos de los astilleros. Ya hay más de 870 monos.

Ahora que se ha acabado el trabajo con los noruegos, quién sabe si van a aumentar los monos colgados. Fina es la directora de Cáritas Diocesana de Mondoñedo-Ferrol y ve cómo cada día aumenta la gente que va desde su local a la ONG Cocina Económica; del desayuno de Cáritas a la comida de la ONG.  Ambas estaban a punto de no dar a basto.

La carta más importante que Fina cruzó con la Armada noruega llegó con un sello oficial. Es tan seria, tan formal, como emocionante: «Somos conocedores de que la situación de España es muy difícil en estos momentos. La crisis financiera ha dañado especialmente a España y muchas personas lo tienen muy complicado para evitar perder el empleo y poder mantenerse a sí mismos y a sus familias. En tiempos de crisis son los más débiles los que más sufren». Por eso, añade la carta de la Armada, donan 100.000 euros a Cáritas y otros 100.000 a la Cocina Económica.

«En Noruega vemos que España es un país desarrollado, pero que está sufriendo la crisis muy duramente», explica Hege Moe Eriksen. Es una periodista noruega, corresponsal en Europa, que ahora mismo está cubriendo las elecciones en Francia. Viaja a los lugares donde sucede una noticia y cuando se enteró de la historia de Azucena, se fue a la casa para cubrir la información. En España, como ocurre constantemente, nos hemos acostumbrado a los desahucios. En Noruega todavía es una noticia.

Azucena ha repetido la historia varias veces a los periodistas, como si necesitara contarla para poder creer en ella o para encontrar una explicación. Su madre vivía en una casa de la Empresa Municipal de Vivienda en Madrid y, por diversos motivos, acumuló una deuda. Azucena se fue a vivir con ella y decidió hacerse cargo de los 12.000 euros que se debían. Llegó a un acuerdo con la empresa para ir pagando dos recibos al mes: uno por la deuda y otro por el pago mensual. Empieza a hacerlo en 2004. Todo perfecto, en regla.

País rico, país pobre
Lo que no sabía, porque nadie se lo dijo, es que pese a sus pagos y el acuerdo al que habían llegado, los intereses seguían subiendo. Han pasado los años y los 12.000 euros del principio han pasado a ser 30.000, más el dinero que se debe a una procuradora, quien por teléfono le dice que apunte un número de cuenta e ingrese ahí lo que se supone que le debe. Si no paga será desahuciada. Según la EMV hay 113 recibos impagados. De los acuerdos a los que llegó con Azucena no responde. «Esto en Noruega no sucede, no se entiende que se pueda dejar en la calle a una madre con tres niños pequeños», dice Hege. La crisis no ha llegado a su país porque Noruega posee petróleo y un alto nivel de vida. La renta per cápita se sitúa en 66.047 euros y apenas tienen un 3% de paro.

Estamos a muchos kilómetros de Noruega. A finales de 2011, Azucena, su abuela, su madre y sus tres hijos fueron desahuciados. Hege se pasó un día conviviendo con ellos, grabando su vida: Azucena cuidando de sus niños pequeños, a la madre, a la abuela. También estuvo el día siguiente, cuando llegó la autoridad y pese a la oposición vecinal, echó a la familia de su casa. Hege lo vio, lo contó y la televisión noruega lo emitió.

Pocos reportajes han tenido tanto impacto en su país. De repente, a Azucena le empezó a llegar ayuda de Noruega. Diciembre fue un buen mes, el mejor. Varias familias nórdicas le mandaron dinero, que le ha servido para ir tirando este principio de 2012. Porque, como no está empadronada, tampoco puede pedir ayuda oficial en España. Está en un callejón sin salida y sin nadie que le dé una alternativa.

Esa era la situación de Gonzalo Marina. Azucena ocupó una casa para vivir y unos noruegos se fijaron en ella. Gonzalo eligió otro camino: dejó aquí a su familia y se marchó al país nórdico a buscar una puerta al futuro. La esperanza le duró tres semanas. La esperanza dura lo que dura el dinero.

Cuando se le acabó, tuvo que buscarse la vida, en la calle, dormir donde caía rendido y despertarse con el dolor de unos pies congelados. Durmió en una pensión pública y antes de volverse a España, derrotado por las circunstancias, una familia noruega le ofreció refugió, algo de calor: «Es sólo por humanidad. Hemos leído que salió a la calle por la noche sin tener un lugar para quedarse. Somos los padres de siete hijos ya mayores, que se han marchado, así que hay espacio disponible», aseguraba el noruego Aslaug Vestbostad, en el periódico «Vartoland». «En mi opinión, es mejor para ellos que regresen a casa, donde al menos pueden tener amigos y familiares, en lugar de sufrir el clima frío, además de fracasar en Noruega», afirmó la encargada de Trabajo Hanne Bjurstrom. Gonzalo se volvió. La familia noruega le acogió sólo por una noche.

Azucena, al final, ha tenido más suerte. Si a sobrevivir puede llamarse suerte. No sabe si algún  día conocerá a sus ángeles de la guarda noruegos. Cuenta que la niña de diez años que la vio en televisión, la que convenció a la familia, ha dejado de estudiar francés y se ha puesto a aprender español.

En busca de carpinteros
Aunque en los programas de televisión parece que los emigrantes españoles que se marchan fuera casi siempre tienen éxito, la experiencia no suele resultar agradable. En Noruega ya han avisado para que no vayan europeos en busca de trabajo sin formación y sin idioma para comunicarse. En vez de ayudar, suponen una carga. Es mejor que se queden en su país de origen y reciban ayuda desde fuera. Pero también hay trabajo. Según Adecco, si en Alemania lo que se buscan son ingenieros formados, en Noruega precisan carpinteros y encofradores, que pueden llegar a ganar «3.000 euros brutos mensuales, según la cualificación del trabajador». Eso sí, se pide saber inglés «con capacidad para mantener una conversación». 
 

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