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martes, 22 julio 2014
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La Razón

Columnistas

Rinocerontes por Alfonso Ussía

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En siete museos españoles los rinocerontes se han quedado sin cuernos. En el lejano y extrañísimo Oriente se pagan sesenta mil euros por kilogramo. Los cuernos del rinoceronte son apéndices confusos por cuanto no están formados de masa ósea, sino de pelos. No son pelos aptos para que los module Llongueras, pero son pelos. El rinoceronte negro (por todos conocido como «Diceros Bicornis») ha estado a un brevísimo paso de su desaparición. Sobrevive gracias a su introducción en parques nacionales y áreas privadas en Sudáfrica, Kenya y Zimbabwe. Y el rinoceronte blanco («Ceratotherium simum simum»), más abundante, apenas supera los siete mil ejemplares en África, si bien en áreas privadas y a cambio de un buen fajo de dólares se pueden cazar. Los orientales, que piensan mucho, decidieron siglos atrás que el polvillo raspado del cuerno del rinoceronte ingerido en compañía de un pequeño trago de agua es afrodisíaco. Un alentador de la virilidad. Y los arrasaron contratando grupos de furtivos que transportaban sus tesoros a Zanzíbar y Adén, puertos en los que eran embarcados clandestinamente para ser llevados hasta China y Japón. Matar ilegalmente un rinoceronte en África conlleva el riesgo de durísimas sanciones y penas de cárcel, cuando no la ejecución inmediata de los furtivos por parte de las autoridades. La imagen del formidable animal muerto en la sabana y con los cuernos mutilados es devastadora. Cortarle los cuernos a un rinoceronte naturalizado es menos arriesgado que cazándolo previamente. Y hacerlo en naciones donde existen garantías procesales, más cómodo y seguro que en territorios donde la vida de un furtivo no interesa absolutamente nada.

Si no me equivoco, uno de los rinocerontes que se exponen disecados en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid y que ha padecido la mutilación de sus cuernos, lo naturalizó Benedito, el gran maestro de la taxidermia española, cuyos herederos mantienen la tradición de la excelencia.

El proceso de naturalización de un animal no es ajeno al arte. El gran taxidermista es aquel que conoce profundamente la especie del ejemplar que diseca, y las obras de Benedito son auténticos tesoros artísticos. Quiero decir con esto que no sólo se han llevado los ladrones una fortuna con los cuernos robados, sino que han destrozado una obra de arte con más de un siglo de existencia.

El polvillo milagroso proviene del rinoceronte africano. El asiático parece ser que pone menos, y existe un rinoceronte enano, creo recordar que en Tasmania, cuyo producto erótico no da ni para una sesión de cine en la última fila del patio de butacas. Un rinoceronte pequeño y con bastante mala leche que me recuerda a una periodista dedicada a las calumnias en las tertulias de televisión y que bajo ningún concepto voy a identificar. Porque aquí en España, insultar, difamar y calumniar sale gratis –casi como asesinar a inocentes mediante el terrorismo–, pero decirle a una periodista que por su carácter y su estatura es como una rinoceronte enana de Tasmania, resultaría imperdonable.

Los japoneses han esquilmado los océanos de ballenas, cachalotes y atunes rojos. Se pasan las leyes internacionales por el espacio que ocupan cuando saludan con una reverencia. Y ahora, no sólo alientan la caza furtiva de los pocos rinocerontes que aún quedan, sino que les rebanan y rebañan los cuernos de los rinos expuestos en los museos. Gente rarísima. Todo para proceder a un inolvidable fornicio. Alguien tiene que explicar en Japón que hace más de un decenio que se comercializan las pastillitas azules.
 

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