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jueves, 24 julio 2014
12:38
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La Razón

Columnistas

Tony Leblanc por Alfonso Ussía

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He leído en nuestras páginas la formidable entrevista que le hace Miguel Ayanz a Tony Leblanc. Ha cumplido los noventa años de vida desde que naciera en el Museo del Prado. No es habitual esa circunstancia. Le debo a Tony Leblanc, desde mi juventud, muchas gratitudes. Destacó en una generación gloriosa de auténticos maestros de la interpretación. La ventaja de Tony respecto a muchos de sus colegas, grandísimos algunos, no ha sido sólo su maestría interpretativa, sino su pasmosa naturalidad. Esa naturalidad que también tenía Luis Escobar, estupendo director de teatro al que Luis Berlanga le abrió las puertas del protagonismo cinematográfico. Tony Leblanc es el actor más querido de España. Superó un terrible accidente y 39 quirófanos. Y Santiago Segura le ofreció para que pusiera rostro, talento y gracia al padre de Torrente, que es el anti-Tony, y de ahí su éxito. Tony Leblanc es actor, bailarín, poeta, guionista, y sobre todo, un hombre bueno que encaja perfectamente con la armonía. Y muy español. Puede sonarle antiguo a muchos, pero a mí eso de la españolidad orgullosamente llevada me emociona.

En un ambiente tan propicio a la envidia y la falsa amistad como es el que rodea al cine, no he conocido a nadie que se haya atrevido a hablar mal de Tony Leblanc. Nunca ha pretendido el coñazo de la trascendencia ni la vana apariencia de un rigor intelectual somnífero y tostón. Ha interpretado papeles distintos y distantes, y siempre con el triunfo asegurado y el aplauso unánime. Está ahí, en la cumbre, junto a Pepe Isbert, Fernando Fernán Gómez, Peliche Ozores, Manolo Morán… Aquellas películas se hacían con muy poco dinero y muchísimo talento. Un talento que se derrochaba, y que llenaba en tiempos grises las salas de cine. Me dijo en determinada ocasión Antonio Ozores que trabajar con Tony Leblanc era seguridad de asombro, y nuestro recién escapado Antonio Mingote, que nadie como Tony Leblanc había ayudado a sonreír a una generación crecida en el enfrentamiento y la tristeza.

Al niño del Museo del Prado, con noventa años, le han concedido la máxima distinción que Madrid ofrece a sus hijos. Se la impuso, y a Santiago Segura también, la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre. En el simple acto de imposición de una banda y una medalla, se resumía toda una vida dedicada a la genialidad profesional y la bondad humana. Tony Leblanc, al que si alguien llama por su nombre de pila, Ignacio Fernández, dudo mucho que vuelva la cabeza y se considere aludido, siempre será merecedor de nuestro agradecimiento. Le debemos muchas sonrisas, muchos pasmos y muchos momentos felices.Nunca ha ocultado ni sus emociones ni sus devociones. Español y cristiano. «Soy católico practicante». Eso, en la «Ceja» podrida le puede determinar algún disgusto, pero a Tony no le importa, porque sobrevuela a todos. Quien ha estado al borde de la muerte y a los noventa años sigue triunfando, no disfraza su verdad por interesados y falsos elogios.

Su época en Televisión Española –era la única–, es también memorable. Nadie reunía a tantos espectadores como Tony Leblanc, y nadie conseguía tan abrumadora aceptación.Tenía pendiente esta expresión de gratitud. Le dejo estas palabras sinceras y emocionadas a un genio irrepetible. Y vuelvo a lo anterior. A un hombre, a un ser humano, a un triunfador, fundamentalmente bueno.

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