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sábado, 30 agosto 2014
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La Razón

Columnistas

Bodas de Oro por Alfonso Ussía

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Somos un país de porteras, dicho sea en el sentido tradicional y peyorativo. Cuando no había televisión, las porteras de los inmuebles vivían para los chismes y las emisiones de rumores. Con televisión, las porteras son todos los que ven esos programas en los que un italiano ha llevado a nuestra sociedad al más bajo nivel de inteligencia. Entiéndase que en la voz «porteras» también entran los varones. Sea respetada la paridad.

Nos hallamos en el precipicio de nuestra economía. No somos soberanos y nos atenemos a las órdenes de Europa, los mercados y las agencias de riesgo. El desbarajuste de las autonomías, pozos sin fondo de los derroches públicos. La esquilmación de nuestros recursos por parte de los Gobiernos del PSOE, artífices de la tragedia. El aumento de las exigencias, antaño nacionalistas, y hoy abiertamente independentistas. Y el gran problema de la calle, el escándalo propagado, el chisme unánime vuela en torno a la celebración o no de unas bodas de oro.

No importa quienes quieren celebrar o no sus bodas de oro. Esa decisión pertenece a la intimidad. No se trata de un acto oficial. En casa de mis padres se celebró con una Misa a la que asistimos sus hijos, sus yernos, sus nueras y sus nietos. Otros tiran la casa por la ventana. Que cada matrimonio haga lo que quiera. Otra cosa es que la singularidad de los que cumplen cincuenta años de casados merezca la memoria y el interés de los medios de comunicación, pero no la majadería de la celebración o la no celebración. Aquí estamos en lo superficial, y así nos va.

Quizá sería bueno recordar que aquella pareja que se casó hace cincuenta años en Atenas ha sido fundamental para la recuperación de la libertad y el desarrollo de España. Que el novio de cincuenta años atrás, se despojó de todos los poderes heredados y los depositó en la soberanía popular. Que nunca tuvo España más prestigio exterior y mejores embajadores. Que una noche aciaga y difícil, esa pareja que se casó hace cincuenta años mantuvo la legalidad constitucional, se negó al pacto y nos garantizó la firmeza de la Corona con el proyecto del futuro. Gracias a ello, y a pesar de las actuales dificultades, estamos en el selecto club de las libertades y los Estados de Derecho. Que España no se ha desgajado porque la Corona es histórica y tradicionalmente el nexo de unión de todos sus territorios. Que España ha superado todas las pruebas a pesar de los continuados y sangrientos intentos de paralizar su porvenir. Un terrorismo brutal y una izquierda radical que ha apoyado sin fisuras las acciones del terror. Que el Reinado de Juan Carlos I se puede considerar, sin caer en la adulación ni en la coba, con medida y sin entusiasmos «pornomonárquicos», en el más fructífero y libre de la Historia de España. Enumerar los logros de nuestra Monarquía Parlamentaria personificada en aquel que se casó hace cincuenta años resultaría exhaustivo. Y se han producido errores y quiebras, pero insignificantes ante el memorial de aciertos. Las ambiciones de un yerno, los colmillos de un elefante y la decisión de no celebrar públicamente unos bodas de oro son piltrafas argumentales comparadas con las conquistas sociales que España ha alcanzado con el amparo de la Corona.

Si los Reyes quieren celebrar sus bodas de oro, que lo hagan. Si no les apetece, que renuncien a ello. En privado pueden hacer lo que quieran, que ellos también tienen sus espacios reservados. Si se besan, que se besen. Si no se besan, que no se besen. Y nosotros, a intentar sacar esto adelante y olvidar nuestra condición de influidas porteras.

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