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sábado, 22 noviembre 2014
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La Razón

Columnistas

Política «grunge» por Ely del Valle

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Nunca ha habido tantos recortes visibles, ni tanto cargo público utilizando teléfono propio, ni tanto director general yendo en taxi. Un traje de seda de alpaca en un alcalde, que hasta hace nada consideraba que el cargo no se merecía menos, se ha convertido en motivo de sospecha, el chófer con el Audi es un sumidero por el que se escurren los votos, y del comedor con camareros de servilleta en el brazo se ha pasado al restaurante de batalla, sin privilegios, donde al concejal, al alcalde, al consejero, al ministro y hasta al mismísimo presidente, si le toca pata en la mesa, se fastidia.
Es la escenificación de la crisis, mitad obligación, mitad necesidad de recobrar la credibilidad perdida y machacada mes a mes por el CIS.
La sobriedad, el ejemplo, la imagen de que uno sabe lo que se trae entre manos – en una tarea en la que ser y parecer son uno– y, sobre todo, de que se ha aprendido la lección, son hoy valores políticos en alza, y se agradecen. Se lleva el político «grunge», que viste de trapillo y rechaza privilegios, a veces hasta la exageración –una cosa es que no se pasen y otra que se tengan que pagar los folios–.
El problema está en que si todo esto se podía hacer y no se ha hecho hasta ahora, es porque no se ha querido. No merece la pena sacar las cuentas de lo que nos han costado décadas de dietas, coches, regalos, móviles, corbatas de Armani y palmeros.
Pero como a todo hay que sacarle un lado positivo, bienvenida sea la crisis si, al menos, sirve para aligerarle el equipaje a más de uno y para procrear una nueva casta de políticos más preocupados por el bolsillo de los demás que por la solapa propia.

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