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jueves, 20 noviembre 2014
23:01
Actualizado a las 

La Razón

Feria de San Isidro 2012

Bravo Gallo ventorrillos de infierno

  • - Las Ventas (Madrid). Sexta de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de El Ventorrillo, grandes, de descarados pitones, mansos y de mal juego. Casi lleno en los tendidos.
    - Julio Aparicio, de carmesí y azabache, cinco pinchazos, uno infame, descabello (bronca); dos pinchazos, dos descabellos (bronca).
    - Curro Díaz, de verde manzana y oro, pinchazo, bajonazo (silencio); estocada (silencio).
    - Eduardo Gallo, de azul pavo y oro, pinchazo, estocada punto caída (saludos); estocada caída, aviso, descabello (silencio).

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Chicuelina del diestro salmantino Eduardo Gallo, ayer, en Las Ventas
Chicuelina del diestro salmantino Eduardo Gallo, ayer, en Las Ventas

No se habían cumplido las dos horas de espectáculo, en el sentido más amplio de la palabra, cuando Julio Aparicio abandonó la monumental venteña con una bronca de órdago. Y de poco arte. El torero, que reaparecía en esta plaza tras la cornada de la cara de hace dos años, estuvo ausente, poseído o desposeído. Angustiado, atormentado ante el toro, vacío de él. Tan lejos del toreo que ni se acercó al toro para cubrir a sus compañeros en el tercio de banderillas. Y eso molestó. Irritó. Indignó. Porque en el ritual que se desarrolla en una plaza de toros, cada uno ocupa un puesto vital. La tragedia aguarda a la media vuelta. Aparicio, mientras los peones del siguiente toro banderilleaban, esperó en tablas, un paso a las rayas, ahí quedó. Lo suyo fue una tarde nefasta, pero en el otro lado de la pirámide, en la cúspide, se asentó Eduardo Gallo para hacernos temblar desde el asiento. Su convicción delante del toro partía de raíces profundas: inamovible ante el toro. Hasta ahí, perfecto. Eso es el toreo.  Sólo que el corridón de El Ventorrillo, grandes toros con mucha cara, sacó la mansedumbre a barra libre. Y en esa negación a embestir regalaron cabezazos, derrotes a la altura del corbatín, o la cabeza, o más alto todavía. Un horror.

Ney Zambrano se llevó la ovación de la tarde. Dos puyazos pegó: echó la vara a su tiempo, marcó arriba del toro, en su sitio, ni delantero ni atrás. Y se fue corto en el castigo. Lo hizo tan bien que el público le fue acompañando su regreso al patio de caballos con aplausos. Eduardo Gallo sustituía a Ángel Teruel, que sigue convaleciente de esa grave cogida en el rostro que padeció a primeros de abril. El salmantino Gallo se había ganado la sustitución no hacía mucho en esta misma plaza. En el mismo ruedo antes de que San Isidro abriera sus puertas. Se fue derecho Eduardo a brindar el tercer toro al ministro de Cultura, José Ignacio Wert, que en poco tiempo ha dado por la Fiesta la cara y el corazón. El brindis estuvo a la altura de los valores más auténticos que se viven en esa arena de desvelos por la que sólo pasan los elegidos. Gallo se jugó la vida sin un solo aspaviento. No hubo en su toreo un paso de más, antes muerto que un respingo. Lo suyo era como un susurro ante el toro. Lo tenía tan claro. Lo vivimos tan puro. Protestaba el toro, en las antípodas de la confianza. Pitones al pecho, a la barriga... Qué duro, qué desagradable, qué miedo. Gallo irradió valor. Un bravo torero que plantó cara a toros del infierno. El sexto  se fue a tablas al poco de salir. Ahí tuvo abono más de la mitad de la corrida. Degenerado en sus viajes el que cerró plaza, malo, provocador de disgustos sin alternativa de lucimiento. Coladas hacia el torero hirientes, de ésas en las que contienes la respiración a la espera del desenlace. El milagro de ayer fue que Gallo saliera por su propio pie. Era toro de pesadilla. De noche de duermevela. Se llevó la ovación de salida justo después de la bronca a Aparicio. No quiso ver a sus toros. Ni con el capote. Ni con la muleta. Cuando llegamos al momento del meter la espada, la línea recta se hizo curva. Periférica. Pasaba por Aranjuez antes de marcar. Así en sus dos toros, deslucidos. Exhausto el cuarto después de que le dieron por tres en el caballo.

Curro Díaz no tuvo opciones. Con muy mal estilo en la puerta de toriles le esperó su primero. Si le abres la puerta se hubiera ido a los tres segundos de pisar arena. El quinto fue toro enorme. Se desbordaba de pitones, de kilos, y corrió como si le persiguieran por el ruedo. Mejor en tablas. Mucho mejor en toriles. Imposible. Ventorrillos para caldear el infierno. Torero bravo. Gallo de pelea.

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