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viernes, 22 agosto 2014
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La Razón

Cultura

El escritor sin fronteras por Joaquín Marco

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«Su pérdida es la de una voz singular, rica en matices en el ámbito total de la literatura en español»
«Su pérdida es la de una voz singular, rica en matices en el ámbito total de la literatura en español»

La vitalidad de Carlos Fuentes (nacido en 1928) solamente es comparable a la de Mario Vargas Llosa, algo más joven. Tal vez por ello y por su extensa obra (tan sólo se ha iniciado la edición de sus textos completos a cargo de Julio Ortega) la inesperada desaparición del narrador más importante de México, junto a Rulfo y Arreola, resulte más sorprendente. Fuentes había clasificado sus novelas como «La Edad del Tiempo». El suyo, como escritor, comienza con un libro de relatos, «Los días enmascarados» (1954) y con la novela «La región más transparente» (1958) obtiene ya un lugar prominente en la literatura mexicana y latinoamericana. En México D.F., donde ha fallecido, cuaja por aquellos años lo que más tarde se entenderá como «boom» y se situará en Barcelona.

Pero Fuentes estaba ya en contacto con Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, era condiscípulo de José Donoso y amigo también de Augusto Monterroso, todos ellos de diversas nacionalidades. Los exiliados españoles habían iniciado ya «El Colegio de México», la alta institución cultural y la vida intelectual estaba presidida por Alfonso Reyes, de quien tomó el título de su novela. Aunque su obra más conocida, difundida a través del cine, sea «Gringo viejo» (1985), que protagonizó Gregory Peck, «La muerte de Artemio Cruz» (1962) y las globalizadoras «Terra Nostra» (1975) o «Cristóbal Nonato» (1987) constituyen sus hitos novelescos de mayor envergadura a la búsqueda de la utópica novela total.
 
Con «Cambio de piel» consiguió el prestigioso Premio Biblioteca Breve, de Seix-Barral, capitaneada aún por Carlos Barral, pero fue prohibida por la censura y tuvo que publicarse en México, en la editorial de su amigo Joaquín Mortiz. Pero, al margen de sus textos narrativos, fue el creador de lo que él mismo calificó en un libro crítico como «nueva novela latinoamericana». Estuvo presente en los medios, en la diplomacia, en las universidades europeas y estadounidenses. Pero nunca desdeñó el cine (podemos descubrir en sus novelas rasgos de técnica cinematográfica), ni siquiera la televisión. En 1992 dirigió la serie «El espejo enterrado» para la BBC. Fue, tal vez, el más anglófilo de los novelistas de lo que ya definitivamente se entiende como «boom». Pero las raíces mexicanas nunca las abandonó. Buena parte de sus obras tienen a México como escenario y constante preocupación. Me viene a la memoria, entre otros recuerdos, una larga charla que mantuvimos en un atardecer de los cursos de verano en El Escorial, años antes de que le concedieran el Premio Cervantes, en 1987. Se dijo, tal vez con razón, que el Nobel de García Márquez tapó la posibilidad de que él lo lograra. Su tema principal fue la creación, que ordenó según un plan que tal vez improvisó a medida que iba escribiendo, pero inscrita en un mundo complejo que analizó siempre con agudeza e independencia. A menudo brotaba en la prensa.

En buena medida, su obra debe ponerse en relación con la de Octavio Paz, otra de las claves del periodo,  fuente para quienes deseen adentrarse en un México simbólico, mítico, bien distinto del actual. Su pérdida supone la de una voz singular, rica en matices, en el ámbito total de la literatura en español. Trascendió fronteras. Tuvo una vida plena, no exenta de problemas dolorosos, pero supongo que gratificante en su conjunto. Su desaparición constituye, además, una enorme sorpresa. El tiempo, juez inapelable, dirá si Fuentes seguirá siendo la misma referencia inevitable de la literatura mexicana, como lo fue para nosotros, fieles lectores.

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