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jueves, 24 abril 2014
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La Razón

Columnistas

Cuidar el lenguaje por Ángela Vallvey

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El lenguaje crea el mundo, hace realidad. Con las palabras forjamos ficción que se torna escenario, circunstancias, y luego autenticidad. En el principio, fue el verbo, lo que nos hace humanos, con su poder de imitación, representación y simulacro. O sea, con su fuerza para construir la vida, la simple existencia. Cuando usted dice «agua» ya la siente corriendo por el río, saliendo fresca de las fuentes, calmando su sed. Ningún mamífero que no sea humano tiene tales aptitudes para manejar símbolos que son pura ilusión creada por el lenguaje, y que consumimos todos los congéneres de la especie con más placer que el aire que nos sirve para respirar. Vivimos a diario entre la imitación y el fingimiento, el autoengaño y el «handicap» social. Nuestra era de la súper-comunicación acelera muchísimo más la influencia de la opinión, y mientras antaño hacía falta largo tiempo –a través de canales de persuasión muy lentos– para que se generasen ciertas mentalidades colectivas, hoy día el empuje de los «mass media» e internet crean en seguida «estados de ánimo» universales.
Y si digo esto es porque me parece insoportable el ambiente de apocalipsis generalizado en que vivimos. Porque cuanto más se habla de lo mal que va todo, peor parece que va. Incluso la gente que sobrevive airosamente al temporal calla con prudencia (nadie quiere despertar envidias ni parecer ajeno e insolidario), o se suma a la histeria nacional: «Sí, muy mal, todo fatal, no sé dónde vamos a llegar…» Y con el lenguaje de la hecatombe, aumentamos el desastre. Y con las palabras del miedo, que sólo hablan de angustias y fracasos, acrecentamos el pánico. Y así nos estamos negamos toda posibilidad de redención. Con la falta que nos hace un poco de alegría, de esperanza. Digo yo.
 

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