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viernes, 29 agosto 2014
15:14
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La Razón

Cine

Haneke a por la segunda palma

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Michael Haneke (izda.) mira con complicidad al veterano Trintignant, totalmente entregado a su personaje
Michael Haneke (izda.) mira con complicidad al veterano Trintignant, totalmente entregado a su personaje

Fumata blanca: Michael Haneke está planchando la pajarita y alquilando el esmoquin para recoger su segunda Palma de Oro. «Amour» se la merece más que «La cinta blanca», porque recompensaría un necesario cambio de registro en la carrera del director austríaco. Los detractores de su cine, que le han tachado de sádico y cruel y han subrayado su neurótica frialdad y su cósmica misantropía, se encontrarán aquí con un humanista como la copa de un pino, capaz de rodar la historia de amor más auténtica del cine reciente sin dar un solo paso en falso. A su lado, el Thomas Vinterberg de «The Hunt», con su tramposo cuento sobre un buen hombre falsamente acusado de pederastia, está condenado al olvido.

Anne y Georges Laurent (Emmanuelle Riva y Jean Louis Trintignant) son un matrimonio de octogenarios que parece entenderse más allá de las palabras. Una mañana, a la hora del desayuno, ella se queda en blanco, paralizada, incapaz de reaccionar. Se inicia la definitiva degradación de la vejez: encerrados en su apartamento parisino, asistiremos al dolor de Georges al cuidar a Anne, que acaba postrada en la cama, gimiendo, balbuceando como un bebé con demasiada memoria. La hija (Isabelle Huppert) cumple con sus visitas, llora desconsolada, sale por la puerta y retoma su vida.

«Amour» reformula el clímax final de «El séptimo continente», la ópera prima de Haneke. Hay en esa autocita una clara intención de volver a los orígenes, de reescritura de un discurso nihilista que sigue siendo devastador pero que, por primera vez, trabaja con personas y no con ideas. Es una película de una sencillez desarmante: la austeridad de la puesta en escena está al servicio del drama, rechaza cualquier tentación enfática. «No escribo películas para demostrar nada», explicaba Haneke. «Cuando se llega a cierta edad, el sufrimiento inevitablemente te conmueve. Es todo lo que quiero mostrar, no hay nada más. Por eso el rodaje se hizo en un apartamento. No quería entrar en una habitación de hospital para hacer algo que el público ha visto una y otra vez. Estoy muy contento de haber hecho una película simple».

Hundida en la miseria
Es imposible salir indemne de ver «Amour». La desnudez de su planteamiento pone las cartas sobre la mesa sin falsas coartadas. Trintignant y Riva están más allá de la entrega: no pueden existir dos actores que se comprometan más con sus personajes. Y es el compromiso con la vida, manifestado a través de los sacrificados gestos del amor, el verdadero tema de la película. Podría parecer que «Amour» trata de la decrepitud, la pérdida y la muerte, pero, en realidad, su título no engaña, y de lo que habla es de lo grande que puede llegar a ser un acto de amor. Haneke es implacable, por supuesto, y no nos ahorra ni uno solo de los gritos de dolor de Anne, y tampoco de la estoica paciencia de su marido, que le ha prometido que nunca la ingresará en un asilo. Entre esas cuatro paredes la vida de un hombre acaricia, protege, preserva la vida de la mujer a la que ama, y esa caricia, que también es una bofetada, se materializa en esta obra maestra absoluta, que ha elevado de golpe el tibio nivel de la sección oficial de este año.
Menos mal, porque Thomas Vinterberg no hizo más que hundirla en la miseria. En la rueda de prensa el director se hacía una pregunta clave: «¿Por qué creemos que los niños no pueden decir mentiras?». Pregunta que «The Hunt», poco más que un telefilme con ansias de controversia, pasa por alto porque todos los personajes dan por buena la acusación de pederastia que una niña demasiado imaginativa lanza contra un maestro santurrón. El linchamiento al que es sometido este personaje por la amable comunidad que antes le consideraba puntal de su estabilidad está corregido y aumentado por el huracán de desgracias que se acumulan sobre sus espaldas. Vinterberg haría bien en revisar «La calumnia», de William Wyler, para entender que el perdón no siempre resulta verosímil, por mucho que el noble y honesto hombre escandinavo, paradigma de la actitud civilizada, ponga la otra mejilla cuando la intolerancia castigue su dignidad.

 

Sin colmillos
Dario Argento (en la imagen) da saltos de alegría. En esta edición se ha anunciado a bombo y platillo el «remake» de «Suspiria». Por si fuera poco, en sesión de medianoche, Cannes estrenaba «Drácula 3D», su último atentado al buen gusto.  Asociar la marca Argento con las 3D puede considerarse una operación comercial, pero  es fácil augurarle un estrepitoso fracaso. Parece dirigida por otro: diálogos declamatorios, clasicismo de cartón piedra, actores sonámbulos, colores demacrados… Un desastre, vamos.

 

A las barricadas
A vueltas con la dictadura argentina, Benjamín Ávila ha excavado en sus propios recuerdos de familia para realizar «Infancia clandestina», que se presentaba ayer en la Quincena. Sus padres fueron revolucionarios Montoneros y la película intenta reflejar la experiencia de esa lucha a través de los ojos de un niño de doce años que vive su primer amor a la vez que tiene que aprender a vivir en un entorno donde  la sensación de amenaza es constante. La mirada infantil endulza en exceso las peripecias de esta disfuncional familia, que cristalizan en un cuento de iniciación a la edad adulta que quiere tocar la fibra sensible a toda costa.
 

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