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domingo, 26 octubre 2014
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La Razón

Columnistas

Estudiante de alemán por Alfonso Ussía

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Borges fue un genio. Es un genio, porque su obra está ahí, a la mano y a los ojos de todos.
Le divertía provocar. En una reunión con escritores españoles,entre los que se encontraban Antonio Gala y Fernando Quiñones –un gran poeta gaditano en exceso olvidado–, alguien sacó a relucir a Antonio Machado. «No sabía que Manuel Machado tuviera un hermano», sentenció Borges.

A más de uno le sentó mal el comentario. Para Manuel Machado el mejor poeta era su hermano Antonio, y para Antonio, sin dudarlo, su hermano Manuel. Antonio era de izquierdas y Manuel de derechas, y hubo quien los enfrentó cuando ya era imposible la contienda entre ambos, porque Antonio había muerto en Colliure y Manuel lloraba su ausencia. Manuel Machado, grandísimo poeta, fue condenado por los concededores de bulas por ser conservador, y apenas se valoraba su obra. Borges, con su «boutade», puso las cosas en su sitio.

La tontería medida de Borges más desmedida, fue la de reconocer que le había gustado mucho «El Quijote» y que lo había leído en francés. Mentira muy borgiana, provocadora, que consiguió su propósito. Molestar a todos. Más aún, en aquella España dividida, a los de un lado que a los del otro, por cuanto el «Quijote» no encaja del todo, por clamorosamente español, en las admiraciones de las izquierdas. Contaba Fernando Vizcaino Casas, mucho más liberal de lo que le reconocían sus adversarios, que en su juventud valenciana se reunía un grupo de jóvenes escritores y amantes de la literatura en la cafetería «Barrachina» de Valencia. Fernando había terminado de leer las andanzas del ingenioso hidalgo, y un compañero de tertulia se lo recriminó: «Cómo se nota que eres un fascista». No ha cambiado mucho el ambiente ni la intolerancia desde allá a nuestros días. No obstante, y de vuelta a Borges, el genial porteño jamás rectificó. Le había gustado mucho el Quijote en francés.

Lo contrario que Kiciloff, el gurú de doña Bótox, que ha anunciado al mundo un hecho heroico que no se puede ser pasado por alto. Está recibiendo clases intensivas de alemán porque desea leer «El Capital» de Carlos Marx en su idioma original. El alemán es un idioma bellísimo, complicado y con mala prensa. A esa mala prensa contribuyó nuestro Emperador común, Carlos Primero de España y Quinto de Alemania. «A Dios le hablo en español; a las mujeres en francés; a los artistas en italiano, y a mi caballo, en alemán». El inglés, en tiempos de Don Carlos era un idioma de segunda, de una isla siempre embromada por la niebla. Hay que ayudar a este chico, que quiere leer «El Capital» en alemán. Demuestra valor y osadía. Tendrá tiempo, porque algo de lo que ha ayudado a robar a una empresa extranjera caerá, después de un corto vuelo, en su bolsillo. También de Borges. «El problema de Argentina es que antes de vender la vaca, el dinero que cuesta la vaca ya está invertido fuera». Kicillof –me aburre consultar si es Kicillof o Kiciloff–, ingresó en los afectos de la emperatriz viuda de la mano del heredero. Según se dice, el chico de los Kirchner era un tanto pasmado y poco brillante, y Kiciloff –tercera opción de apellido–, le ayudó a encontrar su autoestima personal. Doña Bótox siente por el estudiante de alemán lo mismo que la Zarina por Rasputin, y lo que diga Rasputin se hace.

Pero no le encuentro el aliciente al esfuerzo de Kicilov –cuarta versión–. Aprender alemán para leer en su idioma original la teoría de lo que, llevado a la práctica, ha constituído el más estrepìtoso y sangriento fracaso de la Historia de la humanidad, es de tontos. Una tontería sin apoyos. Al menos Borges, se sostenía en su incomensurable talento.
 

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