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sábado, 25 octubre 2014
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La Razón

Comunicación TV

Muere José Luis Gutiérrez una vocación desmesurada por Martín PRIETO

  • El periodista, que dirigió «Diario 16» donde trabajó16 años, falleció ayer en Madrid. Fue una figura clave de la profesión en la Transición
     

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Colaboró con periódicos, radios y cadenas de televisión y publicó varios libros
Colaboró con periódicos, radios y cadenas de televisión y publicó varios libros

Últimamente se está muriendo gente, en la música o en el periodismo, que no se moría antes. José Luis Gutiérrez se ha muerto de improviso, sin que su celosa intimidad revele si fue en la cama, en el baño o en el suelo o de qué mal impensable porque era un atleta. Me encorajinaba contándome la infinitud de brazas que se hacía en la piscina y la exhibición de su musculatura, que adquirió de joven como obrero metalúrgico. No lo sé, pero sólo puedo suponer que se ha caído y se ha descalabrado. En cualquier caso, me quedo sin uno de esos amigos, probablemente el último, con el que podías cabrearte y pelear a última sangre sin que se desprendiera un solo pétalo de una sólida amistad de cuarenta años.

El macizo de su carrera profesional lo construyó con la cuadra de Juan Tomás de Salas en «Cambio 16» y «Diario 16», donde fue su último director. Antes fue brevemente corresponsal en México, donde se contagió de mucho léxico (nunca soporté que me llamara «cuate») y una tendencia saludable a entender Iberoamérica. Fue excelente en las crónicas y un columnista pródigo y feroz más temido durante la Transición  que los ministros y padres de la Constitución. No era imprudente, sino un guerrero del antifaz carente de miedo a nada ni a nadie. No es que creyera que el periodismo era un escudo, sino una obligación indeclinable de contar la verdad. Como muchos colegas (empezando por mí) sufrió el espejismo del PSOE de Felipe González, y en Moscú, cuando descubrió  que nuestros socialistas intercambiaban cromos con el Kremlin (no entramos en la OTAN pero dividen el Partido Comunista de Carrillo), empezaron a caérsele los palos del sombrajo porque era limpio de corazón y no aceptaba los gatuperios. Aun así, una gran foto de él junto a González y Guerra con gorros soviéticos en la Plaza Roja presidía su casa. No se lo perdonaron, ni a los demás, y sufrió cualquier tipo de insidias por parte de los socialistas como si se hubiera acostado con el fascismo.

Hijo de una familia leonesa muy modesta, marchó a Bilbao y Barcelona a ganar la vida de los suyos como metalúrgico. Llevaba en la fiambrera un par de lonchas de panceta y, colocándolas sobre una viga, las flambeaba con un soplete de acetileno. Le he visto llegar a la Escuela Oficial de Periodismo aparcando un camión tolvanera con gran espanto de profesores y alumnos. Compró «Leer» y la convirtió en una revista de referencia intelectual y bibliográfica. Solterón vocacional, mantuvo amores discretos con una periodista egregia y, «malgre lui», con una ministra socialista, conciertos sentimentales de los que no escribiré una palabra de más.
La profesión, como ocurre a menudo con sus mejores, no le fue clemente en este último año y redujo su presencia en la prensa a un faldón semanal. De las tertulias radiotelevisivas ya había desaparecido, creo que por hartazgo. Era un fenómeno físico de la naturaleza (sus amigables palmadas en la espalda te hacían expectorar un pulmón ) y un alma de Peter Pan siempre incansablemente volando. No debo desearle que descanse en paz porque allá donde esté cualquier estúpida tranquilidad será imposible.
 

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