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viernes, 31 octubre 2014
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La Razón

Cine

Maestros juegan y ganan

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Aplausos para el veterano Alain Resnais a su llegada al Festival de Cannes
Aplausos para el veterano Alain Resnais a su llegada al Festival de Cannes

Así como los niños aprenden a conocer el mundo jugando con él, los adultos pierden el sentido lúdico de la vida a medida que la experiencia les enseña que, quien juega mucho, tiene más posibilidades de perder que de ganar. Cuando se entra en la tercera edad, hay que derribar muros para redescubrir el mundo. En definitiva, hay que sacar los juguetes del armario e inventar nuevas formas de saltar al vacío. Es lo que hacen Alain Resnais (89 años) y Abbas Kiarostami (71 años) en sus últimas películas, presentadas ayer en Cannes: juegan, saltan y caen de pie.

Pensemos en el juego de azar de "El año pasado de Marienbad", un tres en raya concebido en el otro lado del espejo cuyas reglas sólo Resnais y Robbe-Grillet serían capaces de describir. En aquel título capital de la modernidad también había una obra de teatro, contemplada por un público convertido en testigo mudo, en estatua de sal. En "Vous n'avez encore rien vu" Resnais sienta en la platea a la flor y nata de la interpretación francesa, reunidos según voluntad testamentaria de un célebre dramaturgo para visionar el último ensayo filmado de su obra "Eurídice". Al contrario que en "Marienbad", los actores dialogan con la representación, y ese diálogo materializa una de las obsesiones de Resnais desde "Mélo": las relaciones entre el cine y el teatro.

Trabajando simultáneamente con dos textos de Jean Anouilh, el cineasta francés subraya todo lo que de trampantojo y de artificio tiene el teatro filmado. Al principio parece que va a incorporar otros elementos en su espectáculo –el interés por la novela criminal a lo "Diez negritos" o por el serial a lo "Fantomas"- pero, recién entrado en materia, se deja llevar por la fuerza del texto, y por el trabajo de los actores, especialmente por el de las dos parejas que interpretan a Orfeo y Eurídice (Sabine Azéma y Pierre Arditi, por un lado; Anne Consigny y Lambert Wilson, por el otro), que ofrecen dos versiones complementarias de los mismos personajes que dialogan entre sí en el transcurso de la representación. Se podría acusar a Resnais de dejar a medias su propuesta inicial –la filmación contemporánea de la obra, dirigida por Denis Podalydès, no tarda en eclipsarse- pero el resultado es vívido y fascinante. A ratos, eso sí, parece que Resnais se esté despidiendo de su "troupe" habitual de actores, que esté firmando sus últimas voluntades mientras se escucha, en los créditos finales, la crepuscular "It Was a Very Good Year", de Frank Sinatra. Resnais lo desmiente, rotundo: "Si hubiese pensado en la película como en un testamento, no habría tenido ni la audacia ni la energía para hacerla".

Si "Like Someone to Love", la película japonesa de Abbas Kiarostami, fuera un testamento, pesaría lo que una pluma. En su caso, el juego consiste en aligerar el tono de "Copia certificada" revisitando sus mismos temas, en especial el que piensa en la identidad como un baile de máscaras. Lo que en "Copia certificada" era férrea construcción, en "Like Someone to Love" es feliz divagación. Lo que allí era drama, aquí es comedia costumbrista. El improbable encuentro entre una estudiante de sociología que se gana la vida prostituyéndose y un profesor universitario jubilado inicia un relato en el que irrumpimos un tanto bruscamente y del que salimos despedidos con una pedrada en la cabeza. "Mi película no empieza y no termina", dijo Kiarostami en rueda de prensa. "La vida es así. Nunca llegamos al comienzo, las cosas siempre comienzan antes".

Maestro del tiempo real, el cineasta iraní consigue introducirnos en el reino del "in medias res" en dos largas secuencias que son una lección de cine. En esa primera media hora, Kiarostami insiste en mostrarnos la imagen y su reflejo, las apariencias cultivadas por una mirada que se desliza sobre la superficie del mundo. Se me ocurren pocos directores capaces de convertir una carrera de taxi en la síntesis perfecta de los afectos que una nieta siente por su abuela. Es cierto que el filme pierde un poco de gas cuando aparece un personaje secundario (el novio de la prostituta) que quebranta la atmósfera íntima y relajada creada hasta el momento, pero poco se le puede reprochar a un veterano que, en el exilio, ha decidido empezar desde cero, probando cosas nuevas hasta que el cuerpo aguante.

 

Héroes de diario
Pablo Trapero se mete en el degradado barrio bonaerense de Villa Virgen para mostrarnos el día a día de aquellos trabajadores sociales que se dejan la piel para que los pobres tengan una vida mejor. "Elefante blanco", que ayer se presentaba en la sección "Una cierta mirada", enfoca el objetivo de su cámara hacia dos religiosos (Ricardo Darín y Jerémie Rénier) con problemas de fe y una asistente social (Martina Gusman). Trapero sabe fundirse con el espacio, transmite el bullicio orgánico de una ciudad-laberinto dentro de otra ciudad que le da la espalda, pero fracasa cuando trata de dar espesor (melo)dramático a las dudas existenciales de sus personajes. Existe el marco, se desarrolla el contexto, nos hacemos a la idea de la complejidad de los problemas sociales del barrio, pero no nos llegan para nada los conflictos íntimos de sus héroes cotidianos.

 

TRES HUPPERT POR EL PRECIO DE UNA
El coreano Hong Sang Soo lleva más de una década reflexionando sobre las efímeras, narcisistas estrategias del amor, bajo el prisma de estructuras narrativas que se bifurcan y retuercen sobre sí mismas para preguntarse sobre su naturaleza. Contagiado del espíritu de Eric Rohmer y con la complicidad de una versátil Isabelle Huppert, "In Another Country" aspira a ser el ejercicio estructuralista más divertido, frívolo y alegre proyectado en un festival de cine. Hong Sang Soo divide su lúdico experimento en tres historias protagonizadas por los mismos elementos–Huppert, un faro, un memorable socorrista, una tienda de campaña, una localidad costera, una barbacoa- que, recombinados, demuestran que el orden de los factores nunca altera el producto, ni siquiera cuando el cine se topa con las contingencias de lo real.
Sergi Sánchez

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