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sábado, 26 julio 2014
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La Razón

Cine

La generación «beat» se queda sin gasolina

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 El director de cine Bernardo Bertolucci posa en el «photocall» de Cannes
El director de cine Bernardo Bertolucci posa en el «photocall» de Cannes

Jazz, alcohol, drogas, sexo, compulsión por la literatura. La vida consumida como un fósforo que te quema los dedos. El documento nacional de identidad de la generación «beat» convertido en parque temático para turistas de la bohemia. Era tan fácil tropezar con el rosario de clichés al adaptar «En el camino» que Walter Salles no ha podido evitar caer en la tentación. No se ha dado cuenta de que la única manera de acercarse a la novela de Jack Kerouac –empresa titánica que ha dejado en la cuneta a cineastas como Francis Ford Coppola, que durante años pensó en llevarla a la pantalla– en el siglo XXI consistía en buscar los rasgos de modernidad de la generación «beat», en intentar entender, desde un punto de vista estético, en cuál era el peculiar ritmo de su prosa. Por el contrario, Salles ha filmado a los «beatnicks» como si no hubieran transcurrido cinco décadas desde la publicación de «En el camino», fascinado por la presunta intensidad de sus pasiones, y captándola desde una literalidad un tanto naif, como si cambiar un punto o una coma de la novela fuera una traición a su espíritu de transgresión. Menos mal que el francés Léos Carax dio una lección de cine libre y salvaje en «Holy Motors», su primer filme en doce años: si se encontrara con un «beat» de los de Salles, se lo comería vivo para desayunar.

Sin el exceso
«Nos costó ocho años hacer esta película. La historia cuenta el despertar político y social de dos jóvenes que descubren una geografía humana de la cual no sabían nada». Salles explicaba la esencia de la novela, que no de su película, que obvia vergonzosamente toda alusión al contexto histórico en que se desarrolla. Su trabajo de dirección es tan plano y funcional, tan falto de imaginación, tan miedoso, que aplasta por completo la sincera falta de sentido del exceso de Kerouac, su prosa torrencial y enloquecida. Por no haber, no hay química ni entre los actores. Ni siquiera la importancia del viaje y la carretera como ejes vertebrales de esa historia que aspira a ser retrato mitificado de un país nos deja ver nada a través del retrovisor.

«El cine es como una isla, una isla hermosa, con un gran cementerio». Son palabras de Léos Carax, el gran «enfant terrible» del cine francés, mientras masca chicle y se niega a contestar algunas preguntas durante la rueda de prensa de la más radical y creativa película exhibida en sección oficial. Palabras que resuenan sobre la piel de «Holy Motors», algo así como el «Cándido» de Voltaire paseándose por un mundo en extinción, héroe condenado a transformarse en un hombre distinto cada vez que sale de una lujosa limusina para ser, entre otras cosas, vagabundo, monstruo caníbal (con erección incluida en el regazo de Eva Mendes), asesino a sueldo, hombre moribundo y padre de familia. «Holy Motors» es, sí, como una isla misteriosa: apartas un helecho sin tener ni idea de lo que te vas a encontrar detrás. Es una fábula sobre la identidad en tiempos de crisis, sobre un futuro no muy lejano en el que toda experiencia acabará siendo virtual y sobre el propio cine como condensación de todas las dimensiones posibles del espacio y del tiempo, del cine como paisaje mental poblado de fantasmas. La belleza recorre toda la película, a pesar de que el culto al feísmo y a lo bizarro parezca colonizarla. Ayer también fue el día de la reaparición de Bernardo Bertolucci, que sigue interesándose por la juventud como época de turbulencias y mutaciones. En la apreciable «lo e Te», adaptación de la novela de Niccolò Ammaniti, reencontramos al Bertolucci más intimista, el más claustrofóbico, el más preocupado por el psicoanálisis de las relaciones familiares, el que encierra a dos hermanastros en un sótano para que, al menos durante una semana, confíen en que juntos han dado un paso más hacia la madurez.

 

Notable rosales
A Jaime Rosales, que ayer presentaba «Sueño y silencio» en la Quincena de los Realizadores, le interesaba ampliar el campo de batalla de «La soledad» interrogándose sobre la búsqueda de la trascendencia para enfrentarse al dolor de una pérdida. Rodada en blanco y negro, con actores no profesionales y un prólogo y un epílogo protagonizado por un cuadro de Barceló, la notable película de Rosales vincula esa indagación de lo espiritual con la creación de una imagen fantasmática.
 

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