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sábado, 19 abril 2014
21:27
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La Razón

Cine

La crítica da la espalda a Kidman

  • Lo peor de esta edición de Cannes con mucho ha sido el filme de Lee Daniels, «The Paperboy», que mezcla grotescos encuentros sexuales con denuncia social. Un cóctel abucheado durante su exhibición que obliga a estrellas como la australiana, Zac Efron y Matthew McConaughey a hacer el ridículo en una cinta que nunca debió entrar en la programación oficial

Arrastre los portlets debajo de este mensaje para anidarlos.
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Nicole Kidman deja a un lado su imagen frágil y angelical para sacar las garras y el pelo aleonado. Aunque el problema, al final, más que la estética, sea el guión.
Nicole Kidman deja a un lado su imagen frágil y angelical para sacar las garras y el pelo aleonado. Aunque el problema, al final, más que la estética, sea el guión.

Ustedes, lectores, podrían pensar que una película en la que Nicole Kidman orina en la cara de Zac Efron merece la pena verse. Estamos aquí para convencerles de lo contrario: aunque pase a la historia portátil del «trash» por la lluvia dorada más inocente que imaginarse pueda, por humillar a Matthew McConaughey atándolo, a una postura de sodomita, con el trasero abierto de par en par, o por obligar a la Kidman a parodiar la escena del interrogatorio de «Instinto básico», procurándole una vergonzosa sesión de sexo telequinésico, «The Paperboy» es, de lejos, la peor película de este Cannes 2012.

Grotesco gótico sureño
Es difícil encontrar una razón de peso para justificar la inclusión de este despropósito a competición: teniendo en cuenta que Nicole Kidman se parece cada vez más a Sara Montiel, y que su caché como estrella cotiza más bajo que la deuda española, no se explica que los programadores del festival no encontraran nada mejor entre la ingente oferta del cine americano del año. Los abucheos que abrazaron la película de Lee Daniels rimaban en decibelios con los que saludaron la hermética propuesta del mexicano Carlos Reygadas, «Post Tenebras Lux».

«The Paperboy» fue el acariciado proyecto americano de Pedro Almodóvar. Cuesta detectar en la versión de Lee Daniels la intersección del personal universo del director manchego con el sucio y grotesco gótico sureño de la novela original de Pete Dexter. Daniels esquivó la pregunta de qué había ocurrido con la implicación de Almodóvar en la película, y la velocidad con que se salió por la tangente dio a entender que aquí había tomate. Su adaptación de «El chico del periódico» (publicada en España por Anagrama) aparca por completo la trama criminal –la investigación del asesinato de un sheriff supuestamente a manos de un paleto violento (John Cusack) que acaba en el corredor de la muerte– para centrarse en la crónica de iniciación a la edad adulta de John (Efron), el hermano del periodista homosexual (McConaughey) que reabre el caso; en los prejuicios raciales de una época en que la lucha por la igualdad en los derechos civiles había llegado a su cúspide, y en las variadas y coloristas manifestaciones de sexo bizarro en un entorno húmedo y hostil, lideradas por una voluptuosa Kidman, que interpreta a una chica ligera de cascos que envía cartas a presos hasta enamorarse del hombre equivocado.

«Precious» demostró que Daniels no es precisamente un cineasta sutil. Después del numerito erótico de la Kidman en un delirante vis a vis con John Cusack, le falta tiempo para enfocar la bragueta abultada de McConaughey. ¿Quizá por eso Zac Efron se pasa media película en calzoncillos? «Le adoro. Y qué le voy a hacer, ¡soy gay!». Después de tan alegre salida del armario, Daniels se dedicó a explicar por qué la película significaba un proustiano buceo en su pasado, y por qué sentía una flaubertiana identificación con cada uno de sus personajes. «Conozco bien a John porque he criado a mis sobrinos desde que tenían dos días de edad», explicó. «Mi hermano tiene poco más de cuarenta años, está en prisión por asesinato y recibe muchas cartas de mujeres que se interesan por él. Por otro lado, he intimado con muchos hombres blancos que, a la hora de la verdad, me han dicho que no querían que se les viera conmigo en público. Conozco de cerca a mis criaturas». Da la impresión que Daniels encontraría vínculos emocionales hasta con las piedras.

Narración pretenciosa
El problema de «The Paperboy» no es tanto su vulgaridad sino sus pretensiones. Daniels y Dexter, que oficia de coguionista, cometen el error de convertir a una criada (la cantante Macy Gray) en narradora de los hechos, sólo para que la carga antixenófoba de la película adquiera más resonancia en la mirada del espectador, cuando su omnisciente punto de vista es imposible de sostener. Es un error significativo, en la medida en que esa distorsión de la voz narrativa desorienta el relato, que no sabe si morder el pastel de la ética periodística, si catar el despertar sexual de un joven en tiempos convulsos o si hundirse en el fango de los pantanos del Estado de Florida. No debe extrañarnos que «The Paperboy» no tenga aún distribuidor americano: si el mundo fuera justo, sería carne de directo a vídeo.

Parece que tampoco ha habido bofetadas para comprar «Post Tenebras Lux», aunque las razones son diametralmente opuestas a las de «The Paperboy». El título en latín proviene del Libro de Job y se traduce como «luz después de la oscuridad». ¿Dónde está esa luz? Reygadas no parecía demasiado dispuesto a desvelar los significados secretos de su opaca, impenetrable fábula. «Existe una lógica que procede del instinto», admitió. «Hace poco construí una casa y, en el momento de instalar las ventanas, me di cuenta de que no me gustaban los cristales modernos: se ve todo como si no hubiera nada. Soy nostálgico, me gustan las ventanas a través de las cuales vemos las cosas de forma diferente». Parece que «Post Tenebras Lux» tiene rasgos autobiográficos, y las dos hijas de la familia de clase alta que la protagonizan son las propias hijas de Reygadas. La película salta como un canguro de tiempo en tiempo, y de fragmento en fragmento. Recogemos las piezas y no sabemos con qué quedarnos, si con una tormenta eléctrica que se despliega alrededor del cuerpo confuso de una niña (que nos hace pensar en la magnífica «Luz silenciosa»), con un demonio encendido que se cuela en una habitación cerrando la puerta a su paso, con una orgía en una sauna, con un alcohólico que se arranca la cabeza o con un partido de rugby.

Podríamos apelar a los meandros de la memoria, que desordenan las fotos de nuestra mente de un solo plumazo, para explicar la errática estructura de la película, pero sería hacerle el trabajo sucio a Reygadas. Una cierta sensación de gratuidad, de «porque yo lo valgo», recorre todo el metraje. ¿Por qué, por ejemplo, la mayoría (no todas) de las escenas en exteriores están enfocadas en el centro y desenfocadas en los bordes? «Se trata simplemente de una cuestión de estética. Es la mirada con la que examino la vida, en cierta medida es como ver doble. La vida aparece ligeramente transformada en esta película». Y tan transformada que casi no se la reconoce. No discutimos la belleza de «Post Tenebras Lux» sino su incapacidad para dar sentido a sus decisiones de puesta en escena. No es que la forma y el contenido vayan cada uno por su lado: es sólo que la suma de ambos es un conjunto vacío.

 

El detalle
BOLLYWOOD «TRASH»

Thierry Frémaux, director artístico del Festival de Cannes, es un hábil promotor de los títulos más bizarros de su programación. Escuchen su definición de «Miss Lovely», que se presentó ayer en «Una cierta mirada»: «"Malas calles" se cruza con "Boogie Nights"». Lo que Paul Thomas Anderson hacía con el cine porno de los 70, Ashim Ahluwalia lo hace con el «exploit» de Bollywood. Su encanto se reduce –y no es poco– a echar un vistazo a las catacumbas de la industria del «trash» bollywoodense. La experiencia es curiosa, tanto como si un hindú tuviera la suerte de presenciar el rodaje de una película de Jess Franco. Lamentablemente, se toma demasiado en serio a sí misma.

 

Pintoresquismo cubano
Dice Julio Medem que le daba miedo caer en el cliché, que no conocía suficiente La Habana. De sus compañeros en este filme ómnibus, sólo uno (Juan Carlos Tabío) era cubano. Los demás (Pablo Trapero, Laurent Cantet, Gaspar Noé, Benicio del Toro y Elia Suleiman) se enfrentaban al mismo reto. «7 días en La Habana» es muy desigual: sólo «Jam Session», el episodio de Trapero, logra integrar con naturalidad esos clichés escogiendo como protagonista a un divertido Kusturica que desembarca en La Habana para recoger un premio. El director serbio prefiere empinar el codo que seguir el protocolo, y sólo cuando tiene contacto con la auténtica Habana se reconcilia con el motivo de su viaje. Trapero termina su inspirado cortometraje con una coda que puede interpretarse como un premio al pueblo llano o como una demostración de que los famosos siempre se olvidan de los que han sido generosos con ellos. Medem estaba inmerso en el siglo V antes de Cristo, trabajando el guión de «Haspasia» en Los Ángeles, cuando recibió la llamada del productor Álvaro Longoria. Así nació «La tentación de Cecilia», en la que el director (en la imagen)  lleva a su terreno los clichés cubanos inspirándose en una novela, «Cecilia Valdés»: después de todo, como buena parte de los personajes femeninos de Medem, Cecilia es una mujer entre dos hombres. «Me gustaría que la película fuera el testimonio de una Habana que muy pronto va a dejar de existir». El de Medem es el interludio romántico de una película que ha nacido para vender el pintoresquismo cubano en el mercado internacional.
 

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