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jueves, 24 abril 2014
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Columnistas

La pasión el fútbol por Ángela Vallvey

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Nuestra cultura de lo «Light», del bajo coste, políticamente correcta, ¿es propicia a la pasión? Tradicionalmente, la pasión siempre se vio como un vicio a combatir o, en el mejor de los casos, se aspiró a hacer de ella algo comedido. Hoy día, por no ver claras las fronteras que separan al bien del mal en cuestiones de arbitrio ético, el mundo despiadado de las relaciones humanas se convierte en ocasiones en comercio, cuando no en carnicería. Derrochamos el perfume del instinto, acostumbrado a objetarle a la moral, y la pasión que nos pone en marcha parece una enfermedad hereditaria que nos convierte en seres ajenos, y sin embargo curiosamente propensos a este mundo; en retrocesos sanitarios de la evolución cuyo coste es la desdicha.
Por cierto: lo del fútbol, ¿qué es?, ¿pasión, nacionalismo, vicio, forofismo…?
Si estuviésemos desprovistos por completo de pasión, todavía nos quedarían los vicios para sustituirla. Quizás todo sea una mera cuestión semántica, ya que da la impresión de que nos pasamos la vida limitándonos a nombrar las cosas de distinta manera según el signo de cada tiempo. Quizás por eso antes decían gula donde ahora hubiésemos visto pasión gastrónoma. Tal vez lo que antaño era vicio, es pasión ahora. Pues es bien sabido que de la pasión surgen los vicios con la misma facilidad que las virtudes. Que igual que las pasiones nos arrastran al heroísmo y al amor fraterno, también nos pueden conducir inexorablemente a la violencia. Las pasiones son armas escurridizas de doble filo. El inconveniente sigue siendo saber enfrentarse a ellas, como a las tentaciones, cuando tienen propensión a convertirse en vicios peligrosos. Y, por supuesto, como diría La Rochefoucauld, el gran problema es que si resistimos a nuestras pasiones es más por su debilidad que por nuestra fuerza.

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