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jueves, 24 julio 2014
16:34
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La Razón

Fútbol

Más breve que el himno

  • A los 3 minutos el Barcelona ya ganaba la Copa al Athletic, que a los 25 perdía 0-3. Pedro, bigoleador

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Messi se dirige hacia su grupo de compañeros para celebrar la victoria ante el Athletic
Messi se dirige hacia su grupo de compañeros para celebrar la victoria ante el Athletic

MADRID- El escenario, el Vicente Calderón, explosión de color, alfombra verde radiante y graderío encendido y repleto. Final de la Copa del Rey, palabras mayores. Entró el Príncipe, sonó, o así, el himno en medio de una irrespetuosa y repulsiva protesta que las autoridades no pudieron aplacar en el palco, y apenas tres minutos después el Barça ganaba el trofeo. La fotografía del Athletic, semejante a la del 9 de mayo en Bucarest, empujado hacia su área, encerrado y rápidamente vencido. Duró menos que el himno pisoteado. El retrato del Barça, reconocible e invariable, al ataque; menos fino que  en el apogeo de la temporada, también acusa el calendario sobrecargado. Pero tuvo suficiente, le bastó con la reserva para conquistar su vigesimosexto título copero.

Rodó el balón y las soflamas nacionalistas sucumbieron al encanto del fútbol, azulgrana, por otra parte. Bielsa reservaba a Herrera; Guardiola, a Cesc. El Athletic, con mayoría de titulares habituales. El Barça, con la defensa a retales: Montoya, Piqué, Mas-cherano y Adriano. De ahí en adelante, esplendor y dinamita. El primer disparo a puerta, de Messi, segundo 25; el primer gol, de Pedro, minuto 3. El canario agradeció que su entrenador le alineara desde el principio del encuentro con una entrega que pide un puesto en la Selección. Le acompañaba el equipo.

Poco tardó el Barça en marcar y una pizca más en mostrar sus armas: más fútbol, más recursos, más ideas y más oficio que el Athletic Club, superado en otra final. Quizá le pesan las piernas, por tantos y tantos partidos, por una temporada agotadora que le dio para luces cegadoras como las que encendió en Old Trafford y para apagones como los de Bucarest y el Calderón.

El partido entre los reyes de copas era tan desigual que recordaba a uno que jugaron en 1980 el Madrid y el Castilla. También era una final copera aquella del 4 de junio, pero con un filial declarado que perdió 6-1 sin dar una patada. En este caso las similitudes provenían del fútbol aproximado que uno y otro equipo han desarrollado esta temporada. También coinciden ambos en el cuidado de la cantera; pero les diferencia, sobremanera, la calidad. De tal forma que al cabo del primer tiempo el equipo de Guardiola puso los goles y el de Bielsa, las faltas.

A los 20 minutos hizo Messi el 0-2, casi una sentencia, y cinco después Pedro repicó y marcó el 0-3, resultado con aspecto definitivo. La única respuesta rojiblanca en ataque se produjo cuando Piqué hizo penalti a Llorente, casi seguro. Borbalán no lo apreció; tampoco el que al filo del descanso y de semejante corte cometió Ekiza sobre Alexis.

Combinaba mejor el Barça y su afición acompañaba con olés el «tiqui-taca» del equipo. Muniain, calidad y raza, intentaba lanzar a los suyos; Llorente se internaba y antes de llegar al área perdía el balón poque le perseguían tres contrarios. Recuperaba la pelota Busquets, inmenso; Iniesta resplandecía en el contraataque y Pedro llamaba a las puertas de la Selección. También se despedía de Guardiola, que dirigía su último partido, a punto de culminar un palmarés sin parangón: 14 títulos en cuatro temporadas.

El futuro de la Copa era tan diáfano como el inmediato de Guardiola; el de Bielsa está por desvelar. Supongo que la tristeza de una afición que carga sobre la espalda dos derrotas en sendas finales consecutivas no ha de empañar el trabajo del técnico, sobresaliente en cualquier caso. Lástima, pues, de gabarra fondeada y solitaria en la ría; pero el futuro de este Athletic quedó determinado antes de llegar a Bucarest y al Calderón, sus dos losas.

No hizo ni una falta el Barça en el primer tiempo, tampoco cambios en la reanudación. Bielsa buscó prolongar el interés del partido con las inclusiones de Iñigo Pérez por Susaeta, amonestado, y Herrera por De Marcos. La hinchada rojiblanca no declinaba, animaba constantemente a su equipo, que tan pronto se vino abajo. El Barça aseguraba el botín, ya no se volcaba al ataque y, en cierto modo, se dejaba dominar.

Cuando el equipo de Guardiola no tiene el balón, padece; el Athletic no es que se lo discutiera en el segundo tiempo, se lo arrebató para jugarlo como ha demostrado que sabe. Pero era demasiado tarde y se exponía a la voracidad goleadora azulgrana, al empeño de Pedro, multiplicado, por viajar a Polonia, y al interés infinito de Messi por establecer una marca estratosférica de goles: 73 con el que fue el 0-2. Pudo sumar el 74 a los 70 minutos de no ser por la estirada y la mano milagrosa de Gorka Iraizoz. A continuación, Keita entró por Alexis.

El chileno no protagonizó una actuación destacada, fue uno más, colaboró, como trató de hacerlo Llorente, desasistido y poco participativo, superado, como todo su equipo.
La final de Copa, sumida en la polémica antes de empezar, concluyó, sin embargo, en menos de 45 minutos. El Barça no dio cuartel al Athletic; Guardiola no se apiadó de Bielsa.

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