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miércoles, 30 julio 2014
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La Razón

Reportajes

El último Mingote

  • Trabajó hasta el final de su vida. Ahora ve la luz su última obra, «El diario de Hamlet», un relato, acompañado de ilustraciones, lleno de ironía para despedirse de la vida

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Las exequias 17 de marzo de 1227

Hoy he vuelto a Élsinor, este hosco e incomodísimo edifico proyectado por alarifes y canteros muy interesados en puentes levadizos, murallas, fosos, baluartes, barbacanas, troneras, almenas y contrafuertes, elementos para defender el castillo de sus enemigos, pero sin el menor interés en defender del castillo a los castellanos. Se echa de menos un rincón, una pequeña parcela entre los muros, un mínimo refugio donde un ser humano se encuentre pasablemente cómodo y confortable. Pasillos estrechos, paredes anchísimas, escaleras sin barandilla, siniestras encrucijadas, inesperadas corrientes de aire, frío y calor, ambos incontrolables y pugnaces. Todo tan oscuro. Un asco.

He vuelto a casa.

El rey Hamlet VI ha muerto.

Parece que yo, su hijo, sería Hamlet VII si le hubiera sucedido, pero como consecuencia de las disposiciones y protocolos de esta monarquía electiva, o tal vez porque los trece o catorce días que he tardado en venir después de su muerte eran demasiados para dejar vacío el trono de Dinamarca, ha tenido lugar la coronación de su hermano Claudio. Puede que sea por haberse casado mi tío (muy precipitadamente en mi opinión) con la viuda, lo que proporciona unos derechos de cama superiores a los posibles derechos de cuna que yo pudiera alegar si quisiera, que no pienso.

Se ha celebrado un solemne funeral en el que han participado tres obispos y un bien nutrido equipo de clérigos, oficiantes en la ceremonia de encomendar a Dios el alma del rey con tanta pompa y esplendor que, con toda seguridad, ni un segundo dudó el Altísimo que se trataba de un difunto importante y no de un simple muerto más o menos necesitado de su benevolencia. Después he organizado las exequias vikingas tal como mi difunto padre me había encomendado.

-Has de ocuparte, hijo, de que mis exequias sean dignas de descendencia del rey vikingo Jorm el Bien Dotado.

El rey Jorm el Bien Dotado tuvo cincuenta y seis hijos entre hombre y mujeres, y una de ellas, hija de la capturada en excursión depredadora a las costas de Galicia, fue, por línea aproximadamente directa, el origen de nuestra familia.

-Sí, padre –dije–. Así lo haré.

Y así lo he hecho.

La prosapia del rey muerto exigía que su cadáver fuera entregado al mar a bordo de su propio barco, convertido en hoguera por las flechas incendiarias de hábiles arqueros apostados en la orilla. El problema estaba en que el rey, cuya prosopia vikinga se desvanecía entre la burma de los siglos cristianos, normando y demás colaboradores, no tenía barco. Ni vikingo ni de ninguna otra especie, y se mareaba en cuanto pisaba una cubierta. He tenido que comprarle su barca a un pescador, pagándole lo que costaría la cantidad de arenques que pudiera pescar mientras se hacía con otro instrumento de trabajo, lo que lleva más tiempo y me ha costado más dinero del que se pueda suponer.

He mandado pintarle un ojo en la amura de babor y otro en la de estribor, detalle que, a falta de la tradicional cabeza de dragón en el tajamar, difícil de conseguir con la precaria artesanía del lugar, le da a la barca un cierto carácter vikingo aceptable.

Una vez acomodado el cadáver de mi padre en un sencillo pero digno lecho situado en la popa, hemos atado la embarcación funeral hasta el centro de la bahía, rodeada por doce o catorce barcas de piadosos pescadores que, contra la opinión de los altaneros y muy cristianos miembros de la corte, no han querido perderse  la ceremonia.

No ha sido posible encontrar un arquero lo bastante diestro como para enviar desde tierra una flecha incendiaria hasta el barco. Así que yo mismo he abordado el catafalco flotante y le he prendido fuego. No ha sido fácil. La humedad ambiente es terca rechazando incendios. He consumido media docena de antorchas que mis súbditos me iban procurando amablemente, antes de que ardiera la colcha de la cama y la caseta del perro del carnicero, vacío del cadáver de su huésped que, indigno de arder junto al de su rey, habíamos arrojado previamente al agua. El carpintero real ha venido en mi ayuda con leña seca, astillas y virutas. Berta la Gorda me ha traído su vieja cama de madera sustituida recientemente por otra de hierro alemán capaz de soportar la creciente gordura y el incesante trajín de su dueñas. Después de avivar con un soplillo las llamas que iniciaban, ha dicho Berta, colocando el armatoste bajo el muerto:

-Que arda ahora debajo de quien ardió antes encima.

Lo que me pareció un acertado aunque ligeramente rebuscado responso que agradecí.
Por fin el tímido fuego inicial se convirtió en franca hoguera, las llamas prendieron en el casco y seguramente en el lecho real, oculto por la espesa humareda. Empezó a arder la vela, hincada por la oportuna brisa que empujaba el flotante catafalco hacia la bocana.
Las llamas del túmulo real, cada vez más imprecisas y desvaídas entre la espesa niebla, eran un tributo a la grandeza de un rey.

Que Odín, y Neptuno si hace falta, le acojan en sus respectivos senos.

Vaya. Tengo que vigilar mi tendencia a la grandilocuencia.

La cursilería acecha.

Tantas cosas y tan poco tiempo 18 de mayo. Todavía 1227

Todos estaban allí, los reyes, la nobleza, las damas y Laertes.

El rey me acogió cordial.

-Dame la mano, Hamlet. Y tú, Laertes, la tuya.

Obedecimos. Iniciamos el saludo; Laertes, ceñudo, yo procurando una cortés desenvoltura.
-Perdonad, señor –dije, tomando entre las mías la mano de Laertes–. Todos los presentes saben y seguramente vos no ignoráis que estoy aquejado de una cruel dolencia, la locura. He enloquecido, señor, con locura intermitente, acuciante y hostil. Fue un Hamlet fuera de sí quien ofendió a Laertes, lo que Hamlet desaprueba. No fue Hamlet sino la demencia de Hamlet que también a Hamlet ofende. La flecha disparada contra vos volvió su trayectoria para herirme. Perdón.

Parece que mi explicación conmovió a la concurrencia, asombrada sin duda de que pudiera razonarse tan enrevesadamente el simple hecho de haber matado uno al padre del otro. No impresionó mucho a Laertes, que más ajeno a la retórica o más comprometido por el parentesco, soltó su mano de entre las mías diciendo:

-Mi corazón duda entre la satisfacción y la venganza. Pero, en lo que atañe al honor, esperaré a reconciliarme cuando una junta de jueces honorables dictamine que mi nombre queda sin mancilla. Entretanto, acepto la amistad, y como amigo me comportaré.

Lo que significa que no bastará con que Laertes, un suponer, me acuchille, sino que además los jueces honorables habrán de dictaminar si el acuchillamiento ha sido suficiente para lavar las mancillas o si habrá de seguir acuchillando hasta desmancillar todo lo que está mancillado, que cualquiera sabe cuándo podrá ser. Esperemos que los jueces dispongan de la capacidad de mesura conveniente.

El rey se mostró satisfecho.

-Todo está en orden. ¿Conoces la apuesta, Hamlet?

-Perfectamente, señor. Vuestra majestad ha apostado por el más débil.

-Pero te he dado ventaja en los asaltos. No hay que preocuparse.
-No nos preocupamos, señor.

A una señal del rey sonaron los oboes que señalaban el comienzo del combate.
Laertes y yo nos hemos saludado manejando convenientemente las espadas en ese simulacro de hacer pedazos el aire de nuestro alrededor.

Empezó el duelo. Atacó Laertes, diestro y decidido. Me defiendo como puedo, que no me parece mucho. Transcurre el primer asalto sin nada digno de mención, excepto la mayor destreza de Laertes y discreta réplica por mi parte.

Inesperadamente, resuenan los clarines de la entrada anunciando la llegada de una embajada. Pero no es una embajada, sino una representación de los piratas, mis secuestradores, que vienen a reclamar el pago prometido por su buen comportamiento conmigo: la patente del corso.

El rey los recibe con suma amabilidad y, tras darles las gracias por el trato que había recibido «mi hijo querido», ordena que se entreguen al capitán el diploma y los documentos afines que les permitirán el honesto y patriótico ejercicio del latrocinio marítimo, tarea que prometen cumplir con la mejor voluntad y con toda diligencia. Y después de un cambio de impresiones sobre el estado de la mar y la buena disposición del navío pirata, charla habitual entre el rey sus corsarios, se despidieron deseándose mutuamente la mayor felicidad.

Nos dispusimos a reanudar el combate, pero, apenas iniciado el saludo protocolario y cuando Laertes se disponía a tirarse al fondo, otra vez los clarines atronaron el espacio. Esta vez anunciando a una embajada: la del enviado especial de Condestable de Londres y su séquito.
El londinense trasmitió al rey los saludos del Condestable y le comunicó con cuánto gusto y deseo de complacerle habían cumplido las órdenes del rey de Dinamarca.

-¿Qué órdenes? –preguntó el rey, al que los acontecimiento se le amontonaban.
-La ejecución de los dos indeseables que llegaron a Inglaterra con las peores intenciones.
Ordenó con un gesto, y un miembro de su séquito depositó un cesto de buen tamaño a los pies del rey. El mismo embajador apartó el paño que cubría el contenido.

Ante los espantados ojos de Claudio aparecieron las cabezas de Guildenstern y Rosencrantz.
Con muy mal aspecto, por cierto.

El rey tuvo que apoyarse en el capitán para no caer de espaldas. La reina, que dedicó un vistazo al interior de la cesta, se llevó las mano al pecho, abrió la boca para aspirar el aire que le estaba faltando. Horacio, siempre a mi lado, me pasó el brazo por los hombros, temiendo un desafallecimiento.

Me costó trabajo no arrodillarme y pedir perdón a mis amigos, a los que yo he ordeando decapitar.

Noche

Mañana por fin se celebrará el duelo que ayer se interrumpió. El rey tiene especial empeño en que alguien se encargue de acabar conmigo. Es justo.

Todo estaba en orden hasta que yo, Hamlet, aparecí. Los planetas en sus órbitas, los mares y sus mareas, los vientos, apacibles y violentos, los reyes en sus tronos, los pastores con sus rebaños, los notarios con sus documentos, las putas con su chulos. Todo ordenado y en paz.

Llegué yo. Hamlet, como una lluvia de grava y arena en los engranajes de una máquina perfecta. Todo fue destrozado entre mentiras y apariencias, lo cierto fue tergiversado, lo oculto se manifestó, lo verdadero fue enmascarado y no hubo sino trampas y alucinaciones.

La inocencia fue atropellada y la crueldad es la norma y medida de todas las cosas.

Yo, Hamlet, he participado activamente y con éxito en mi propia destrucción.

Hay que fastidiarse.

 

Los cómicos10 de abril de 1227

Me he visto de negro como de costumbre y he adoptado un aire de afligido tormentoso para mi actuación en la antecámara  donde Ofelia me espera (leyendo un libro, supongo) y los canallas espiándome tras las cortinas. Entro y doy unos pasos por la estancia, fingiendo no advertirla presencia de la chica.

-Ser o no ser. Digo tras los primeros pasos, con la entonación de quien emite un teorema fundamental. –Y añado con énfasis–: He aquí la cuestión.

Con lo que supongo que Ofelia habrá entendido que la cosa va en serio. Luego me he extendido en consideraciones sobre si era constructivo para el espíritu soportar los reveses e infortunios o si, por el contrario, resulta más provechoso enfrentarse a las adversidades con denuedo. Después de una pausa durante la que no logro resolver el dilema con rotundidad, decido que lo que le conviene es dormir, o tal vez soñar (durmiendo previamente) lo que cada cual considere necesario.

En cuanto a los avatares del torbellino de la vida se supone que son absolutamente indeseables, aunque hay gentes que pueden soportarlos como cosas en nuestra naturaleza, porque ya se sabe que hay gentes muy sufridas. Aunque me pregunto por qué debemos soportar avatares tan inconvenientes y molestos como la injusticia, la opresión, la pobreza (no me atrevo a incluir el dolor de muelas por si el sufrimiento físico suele soportarlo la chica como expiación, que nunca se sabe), la vejez y el ridículo adulterio cuando todo se puede resolver con un puñal hábilmente manejado. Pero, ¿quién desearía acudir a ese remedio, me pregunto, no sabiendo lo que hay detrás de la muerte, exponiéndonos a  que por huir de esos males caigamos en los males por conocer, que son perores?

Ofelia emite una leve tosecilla para llamar mi atención.

-¡Ah, hermosa Ofelia! Exclamó fingiendo asombro. Acuérdate de mis pecados en tus plegarias.

-Me acordaré, señor.  –Y añade, no sé si con doble intención–: Yo me acuerdo de todo.

-Gracias, gracias.

-Y también agradezco, señor, pero os devuelvo los regalos que me hicisteis.

-No recuerdo haberos regalado nada.

-Tenéis menos memoria que yo.

Diciendo esto, me entrega el pañuelo que cubrió nuestra placentera maniobra, bien lavado y planchado, junto con unos papeles (mis versos, Dios me perdone) y un pomo de perfume.

–Esto lo acompañasteis de dulces palabras y amables caricias. Si lo habéis olvidado, los regalos pierden su valor.

Reconozco que la chica es un encanto pero...

-¿Eres honesta, Ofelia?

-Tanto como queráis que lo sea.

-Eres bella, Ofelia, y ahí está el conflicto. Si sois honesta, ¿para qué queréis la belleza? Y la belleza os mantendrá constantemente en pugna con la honestidad.

-Se puede ser honesta y bella a un mismo tiempo, y no creo yo ser mucho una cosa y otra cosa. También vos sois gallardo y valiente al tiempo.

El diálogo se torna resbaladizo en el terreno de los mutuos reconocimientos. He de recuperar mi tono de malhumorado solitario.

-Hace tiempo os amaba.

-Así me lo dijisteis.

-Pero ya no os amo. Así son las cosas.

-Es una lástima verdaderamente. Pero yo creí y me cuesta mucho dejar de creer.

Me parece que ha llegado el momento de cortar por lo sano. Le pongo mi índice sobre su nariz y le ordeno:

-¡Vete a un convento!

-¿Para qué esa extravagancia?

-No soy bueno para ti. Soy violento y cruel, ambicioso y vengativo. ¡No te fíes de mí!

-Siempre he tenido una dulce tendencia a fiarme de vos.

-¡Soy un miserable!

-Sois un geómetra, señor, ya se sabe.

No puedo dejarme conmover. Paseo con las manos a la espalda. Me planto de nuevo frente a ella.

-¡Vete a un convento, Ofelia! ¡No me vengas con dengues! Si te casaras conmigo, caerías en la abominación y la miseria, y tal vez  mi rara y detestable condición te conduciría al adulterio. Y yo, violento como soy, lo tomaría muy mal y no se sabe lo que podría ocurrir. ¡Vete a un convento! Y si te casas que sea con un tonto, no con un listo que pronto advertiría los cuernos que sueles poner.

-Pero señor, ¡si nunca me he casado!

-¡Vete a un convento! ¿No ves que estoy loco? ¡Mira estoy como una cabra!

Me subo a la mesa, salto hasta el suelo, inicio un paso de baile con torpe zapateado, me pongo un frutero de sombrero.

Ofelia gime, asustada al fin.

-¡Estáis loco! ¡Dios mío, curadlo! ¡Pobre de mí, ver a este noble y sereno entendimiento destemplado como campana rajada que disuena!

Remato mi actuación volviendo a amenazarla con el índice enhiesto.

-¡Vete a donde ya sabes!

Y me marcho.

Oigo pasos y me escondo en el recodo de la escalera entre dos pilastras. Son el rey y Polonio, que abandonan el observatorio desde donde han asistido a mi actuación. Pasan por mi lado casi rozándome.

-¡Es irremediable, Polonio! No es amor, es una locura melancólica.

-Bien decís, señor. Una melancolía enloquecida.

-He decidido mandar a Hamlet a Inglaterra. Un cambio de aires le sentará bien.

Polonio está de acuerdo y dice que preparará el viaje, los documentos y las cartas necesarias para que el rey inglés me reciba con las atenciones de propias de mi condición. Bien está.

Puede que no me convenga una temporada de reposo en esa isla aburridísima. Al menos desayunaré como Dios manda.

 

Escritor con lápices y pinceles
Antonio Mingote (Sitges, 1919-Madrid, 2012) era un hombre de letras. Gran parte de su obra está hecha con lápices y pinceles, pero nadie duda de que su expresión es literaria. Tal vez su obra más importante es «Hombre solo» (1970), especie de manifiesto existencialista al que le sobran las palabras. Mucho antes había aprendido a manejar el arma secreta de la ironía en la gran escuela de «La Codorniz», en 1946. Dos años después, publica su primera novela, «Las palmeras de cartón». Escribió teatro y guiones para televisión. Ahí ha quedado «Este señor de negro», que dirigió Antonio Mercero, con José Luis López Vázquez. Fue nombrado Honoris Causa por las universidades de Alcalá de Henares (2005) y Rey Juan Carlos (2007). En 1987 ingresó en la Real Academica Española con el discurso «La transición del humor cómico al de "La Codorniz"».




 

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