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lunes, 24 noviembre 2014
07:43
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La Razón

Destinos

Marrakech: El pulso acelerado del atardecer

  • Hospedarse en un «riad», regatear en los puestos del zoco o ver en primera fila a un encantador de serpientes son algunos de los atractivos que Marrakech ofrece a todo viajero que desee adentrarse en ella
     

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Marrakech: El pulso acelerado del atardecer
Marrakech: El pulso acelerado del atardecer

Ciudad mítica donde las haya, conquista inmediatamente al visitante con una oferta tan atrayente como intangible, donde colores, aromas, sonidos y sabores se cuelan en uno mismo sin darse cuenta.

Marrakech es una perla que nos absorbe de tal forma que será difícil desengancharnos de ella. ¿Los motivos? Innumerables. Conserva las tradiciones más arraigadas del país, y nos recibe con el color rojizo, como en un perpetuo atardecer, de la inmensa muralla que rodea la ciudad antigua, hecho éste por el que se la denomina la «ciudad roja» de Marruecos.

Aparte de la espectacular arquitectura de sus edificios, jardines y minaretes, lo que nos lleva hasta Marrakech es la plaza de Jemaa el Fna. Esta glorieta es el corazón de la ciudad y su pulso acelerado llena de energía hasta el más recóndito rincón de la medina. Fue elegida en 2001 «Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad» y se necesitarían muchos adjetivos para definirla. Es una inmensa zona peatonal  rodeada de restaurantes, tiendas, y mezquitas. Pero lo que la hace verdaderamente especial no es el continente sino el contenido.

A la plaza se puede ir a casi cualquier hora, pero es a la caída de la tarde cuando es obligatorio acercarse. Sin que se de cuenta el visitante se encontrará inmiscuido en un mundo nunca visto antes. Un escenario vivo y animado, en el que uno también puede ser protagonista.

Así, sin darte cuenta, van apareciendo los narradores de historias, siempre rodeados de lugareños, ya que sólo lo hablan en árabe, los encantadores de serpientes, los domadores de monos, las mujeres que pintan manos y pies con henna; los acróbatas, los bailarines, los músicos, los boxeadores que, por pocos dirhams, alquilan unos guantes para «boxear» con quien quiera; los dentistas que cuando los miramos o nos acercamos, nos enseñan un pequeño martillo para decirnos que nos pueden sacar una muela allí mismo, y la colorista figura de los aguadores. Su llamativo vestido de color rojo, un sombrero que bien parece el arco iris, y unos recipientes de cobre para servir agua rememoran un oficio que hasta hace pocos años era uno de los más importantes de Marruecos.

Después de tanta eclosión antropológica, y puesto que el sol se está poniendo, subimos a la terraza del café Glacier para disfrutar del ambiente nocturno de la plaza. El humo producido por la elaboración de las comidas envuelve de una atmósfera casi tenebrosa a la plaza. Mientras un sinfín de curiosos vehículos y peatones revolotean por la plaza, un vendedor de globos nos deja una puntada de colorido en ese atardecer de la ciudad y es entonces cuando llega la hora del rezo y el muecín llama a sus fieles desde el minarete de la impresionante mezquita Koutoubia, que con sus 70 metros de altura rivaliza en belleza con su «hermana» la Giralda sevillana.

El sol va desapareciendo irremediablemente por el horizonte. Y el color que deja, se funde con el rojo de las murallas y las casas de la medina.

Sólo nos queda hospedarnos en la medina en alguno de los innumerables «riads», antiguas viviendas tradicionales con patios interiores, donde incluso tienen piscina, que se han convertido en los alojamientos más deseados por los turistas.

Regatear en el zoco
A la mañana siguiente, descubriremos el zoco, donde haremos las compras necesarias regateando, claro está. Luego nos perderemos por la medina con sus intrincadas calles, siempre con sus casas de tonalidad rojiza. Así visitaremos la Madraza Ali Ben Youssef, el Palacio de la Bahía, el Palacio el Badi, y a extramuros, el magnífico Jardín de la Menara, poblado por cientos de olivos. En el centro del jardín un pabellón construido en 1866 da el contrapunto al estanque, convirtiéndose en uno de los emblemas fotográficos más famosos de todo Marruecos.

>> Cómo llegar. Iberia ofrece diez vuelos semanales entre Madrid y Marrakech, y desde Barcelona en código compartido con Vueling. Antes de volar los clientes que viajen en clase Business tienen acceso a la sala VIP «Dalí». En los vuelos a Marrakech está disponible la Business Europa, donde además de contar con más espacio a bordo, los clientes pueden disfrutar de menús basados en la dieta mediterránea, y de una selección de vinos de las mejores denominaciones de origen españolas.
>> Oferta. En iberia.com puede comprar billetes de ida y vuelta a la ciudad marroquí desde 187 euros.
>> Más información. En iberia.com, Serviberia (902 400 500), oficinas de Iberia y en agencias de viajes.

 

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