Uso de cookies

[x]
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el anáisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies
Ofrecido por:
Iberdrola
lunes, 15 septiembre 2014
02:09
Actualizado a las 

La Razón

Columnistas

La Gran Final por Alfonso Ussía

  • 1

Me siento defraudado. Intentaré superar la tristeza para exponer los motivos de mi consternación. Ignoro si mis lectores, durante su infancia, jugaron en alguna ocasión al «Pañuelo», también conocido como la «Bandera». Se trata de un juego, casi deporte, apasionante. Compiten dos equipos de seis jugadores que se colocan, el uno frente al otro, en un terreno marcado y dividido por la mitad, como un diminuto campo de fútbol. En esa raya que divide los dos espacios, se coloca un árbitro con un pañuelo en la mano. Previamente, los jugadores de cada equipo han elegido, muy en secreto, sus números correspondientes del uno al seis. Cuando comienza la confrontación, el árbitro grita un número a su capricho y libre albedrío, que para eso es el árbitro. Por ejemplo: «¡El cinco!». Ello da lugar a que los jugadores de ambos equipos que tengan asignados el número cinco abandonan la formación del grupo y se dirigen a la mitad del campo, con el fin de tomar el pañuelo de la mano del árbitro y correr a toda pastilla hacia el término del terreno reglamento sin ser tocado por el adversario. Se permiten añagazas, como hacer que se agarra el pañuelo y no tomarlo, para que el contrario, llevado de su ímpetu, pise el terreno del adversario y pierda el punto. A medida que transcurre el apasionante juego, los equipos menguan en número de jugadores, y vence aquel equipo que consigue que los seis jugadores que compiten por el otro conjunto queden eliminados. Desde el año 1998, soy el Presidente de la Federación Interautonómica de Pañuelo. Se celebra un torneo regular en forma de liguillas, y al final de la temporada, por el sistema de eliminatorias, la Copa de María Antonieta, en memoria de la guillotinada Reina francesa a manos de la barbarie, y que gustaba sobremanera de practicar el «Pañuelo» en los jardines de Versalles con sus divertidas amistades. Los partidos finales se disputan en un rincón sombreado de los jardines del Palacio Real de Aranjuez, y este año, los finalistas han sido el «Donostia Korrikolari» y el «Sport Panyolet de Sitges», dos grandes clubes del «Pañuelo». El escenario de la final estaba abarrotado de aficionados, muchos de ellos venidos de San Sebastián y Sitges para animar a los suyos. Al no tener nada que ver la Familia Real de España con el evento, y a pesar de celebrarse la final en Aranjuez, el comportamiento de las aficiones puede calificarse de ejemplar. Se interpretaron todos los himnos, con excepción de «La Marsellesa», por consideración a la difunta María Antonieta. Pero sonaron las notas del himno vasco, del catalán, de San Sebastián, de Sitges, del barrio de Amara –donde tiene su sede el «Donostia Korrikolari», y la canción «Las Curvas del Garraf», una composición preciosa que creó una sobrina de Carod-Rovira con una generosa subvención de la Generalidad en tiempos del Tripartito. La letra, más o menos, dice así: «Por las curvas del Garraf/ya no pasa el Rey de España,/  porque están los segadores/ Con barretina y guadañas». Y en efecto es así. El Rey pasa en helicóptero, que es mucho más cómodo porque esas curvas no hay quien se las trague.

Oídos con gran emoción y unánime respeto los seis himnos correspondientes a los dos nacionalismos soberanistas, se inició el partido, que ganaron por ocho a seis los del «Donostia Korrikolari», aunque hubo que lamentar algún incidente entre partidarios de ambos equipos. Pero en conjunto, fue una preciosa fiesta deportiva, si bien, con anterioridad al comienzo del encuentro, los capitanes –el «kapitán» y el «capitá»–, de los grupos contendientes exigieron que fuera arriada la Bandera de España que ondeaba en un balcón del Palacio Real de Aranjuez, lo cual retrasó el inicio del encuentro hasta que se recibió el permiso correspondiente por parte del Gobierno, siempre medido y cuidadoso con los sentimientos separatistas. Prueba concluyente del acierto de esta medida es que no se quemó ninguna Bandera de España, como pretendían los presidentes de los dos clubes finalistas, porque una final sin quemar Banderas de España en Aranjuez no es final ni es nada, si bien, y con el apoyo de los consejeros de Deportes de ambas comunidades, los máximos mandatarios de los clubes vasco y catalán escribieron una carta de protesta a Esperanza Aguirre y a la Delegada del Gobierno en Madrid en la que manifestaban, muy razonablemente, su indignación por haber sido víctimas de una coacción intolerable que vulneró sus libertades de opinión, expresión y acción ciudadana.

Una carta, por otra parte, educadísima, y con muchas faltas de ortografía, detalle que carece de la menor importancia. En verdad, una jornada deportiva inolvidable, aunque nos sintiéramos defraudados por la intransigencia del Poder central y claramente españolista.

Vídeos

  • 1
  • 1

    ENCUESTA