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viernes, 25 abril 2014
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La Razón

Columnistas

Los ejemplos por Ángela Vallvey

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Los habitantes de Cirene fueron a visitar a Platón, famoso en su época, y le pidieron: «Danos unas leyes para que nos gobernemos según ellas, tú que eres sabio». Pero Platón –bastante pijo, intelectual, genial, muy ilustrado, perspicaz y cabezón–, se negó en rotundo: «Ya os podéis ir por donde habéis venido porque no pienso daros ninguna ley. A la vista está que sois muy ricos. Demasiado ricos para obedecer leyes, ni siquiera las que yo os pueda recomendar. Y las leyes desobedecidas envilecen a los pueblos».

Platón era un tipo sobrio. Yo lo imagino bajo de estatura y alto de mente, con pinta de chuleta de «palestra», no demasiado guapo, robusto (de ahí su nombre), y con la cabeza mejor amueblada que el Palacio de Dueñas. Moderado, trabajador, asequible y franco. Se cuenta que era partidario de dar ejemplo, no en vano tenía una Academia en la que transmitía su saber. Aseguraba: «El verdadero filósofo enseña la virtud más con el ejemplo que con las palabras. Los hombres (sic) no necesitan preceptos. Cualquiera, sin precepto ninguno, puede llegar a tener un buen sentido. Lo único que necesitan los hombres son ejemplos. La vida virtuosa es un poco incómoda al principio, y nada ayuda tanto al que quiere ser virtuoso como ver que otros viven con alegría esa vida de virtud que a él le cuesta un poco». Yo creo que Platón estaba en lo cierto: nada hay mejor que el ejemplo cuando se quiere dar una lección.

Y si digo todo esto es al hilo del «affaire» Dívar y el lío consiguiente en el poder judicial. ¡Qué ejemplo están dando éste, el otro y el de la moto! (Y así va España, creo yo).

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