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miércoles, 20 agosto 2014
08:49
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La Razón

Columnistas

Esa prima por Alfonso Ussía

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Vivíamos mejor y más tranquilos sin la prima de riesgo. Según me han dicho mis amigos economistas la prima de riesgo la establecen «los mercados». Muy inconcreto eso de los mercados. Esa prima, que hace temblar todos los días a millones de seres humanos tendría que ser valiente y dar la cara. Así, que aparezca la fotografía del representante de «los mercados» y sepamos quién es el cabrón con pintas que decide, de acuerdo a criterios no revelados, que la prima de riesgo española pasa de 467 a 510. ¿Qué quiere decir con eso? Mi amigo Jimeno, el camarero que día tras día me procura el café del desayuno, se hallaba esta mañana en estado de altísima preocupación.

–¿Algún problema, Jimeno?–; –uno y muy gordo. La prima de riesgo ha superado los quinientos
puntos–.

Ya he escrito que antaño, las primas de riesgo eran de carne y hueso. Se lo decía mi tía Verónica a mi prima María del Dulce Nombre, que en su juventud era una maravilla estética de la naturaleza. –Como sigas siendo tan fresca, cualquier día me dices llorando que te han dejado embarazada–; – eres muy antigua, Mamá. Eso ya no tiene riesgo–. Y quedó embarazada, como Dios manda, porque mi prima no era mujer de medidas ni de descansos. Sucede que no existían todavía los adelantos del ADN, y menos mal que encontró a un marmolillo que cargó con la boda y la criatura. El cargamento duró poco, como era de esperar.

Entiendo ese modelo de prima de riesgo, pero no el económico. ¿Quiénes son los mercados? Y los economistas ponen la voz campanuda y responden con contundente desprecio.
«Obviamente, los mercados son los mercados». No tan obvio. ¿En qué se basan los llamados mercados para cambiar una prima de riesgo y ponérselos de corbata a toda una nación?
No se sabe. No dan la cara y los mercados manejan el cotarro a su antojo. ¿Son especuladores los mercados? Por supuesto que sí. ¿Responden los mercados a los intereses de los países más poderosos? Lo hacen sin disimulo. ¿Son capaces los mercados que no dan la cara de cargarse el esfuerzo de millones de ciudadanos que quieren sacar adelante su economía simplemente porque les sale de los dídimos? No alberguen dudas al respecto. Siempre desde el anonimato que les proporciona su mayestático disfraz. Soy «los mercados» y nadie va a reconocerme, ni a insultarme por la calle, ni a poner en peligro mi futuro, sencillamente porque existo, pero no soy nadie, no tengo rostro, ni domicilio, ni nada. Pero con una interpretación sesgada de las situaciones, puedo mandar a toda una nación al carajo y a medio continente al siglo XIX. Se lo he dicho a Jimeno, mi amigo camarero. –Jimeno, alegra esa cara. Lo que tenga que venir, vendrá, y ni tú ni yo podemos hacer nada contra las decisiones de los mercados–. Y ahí, hay que reconocerlo, Jimeno ha opinado con gran sabiduría –Entonces los mercados son unos hijos de la gran puta–. Y en eso hemos quedado.

Recuerdo que de niño, preocupó mucho la «estabilización de la peseta». Estaba desestabilizada y se estabilizó sin excesivos problemas. «La Codorniz», que decía escondidas y camufladas en el talento verdades como puños, dedicó mucho pitorreo a la estabilización de la peseta, y Antonio Mingote publicó un dibujo formidable. En la cama un hombre muy pequeñito y una mujer enorme. Ella le pedía fiesta. Y él, como Dios le dio a entender, pudo zafarse de la amenaza: –No, mi amor, no. Hasta que no se estabilice la peseta, nada de nada–.

No estábamos en manos de «los mercados». No éramos mercancías. Pobres, pero sin primas de riesgo.
 

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