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sábado, 01 noviembre 2014
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La Razón

Columnistas

Evasión de capitales por Ángela Vallvey

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Craso, que empezó su carrera en la codicia con 300 talentos, se hizo con el gobierno de Roma. La codicia, que según Gurméndez es la base sobre la que florecen todas las demás pasiones, era la especialidad de Craso, un tío experto en la acumulación de capital que habría dejado a Marx y a Weber despatarrados. A pesar de su ansia imperiosa de satisfacciones materiales, Craso no era uno de esos ricachones más falsos que una moneda de tres euros con la cara de Franco. Ofrecía sus diezmos en el templo de Hércules, y era generoso a la hora de obsequiar con banquetes a su pueblo. Incluso regaló una vez, a cada uno de los romanos, trigo para abastecerse por tres meses. Tenía una mano bastante larga para agarrar todo lo que pillaba, pero con la otra también soltaba, hasta el punto de que más que una mano parecían dos. Aun así, cuando se fue a luchar contra los partos, hizo un inventario de su fortuna y le quedaban más de siete mil talentos. Sacaba provecho de la guerra y las miserias públicas, como han hecho siempre los más espabilados. Cuando Sila tomó Roma y puso en venta las propiedades de aquellos a los que había proscrito (una especie de subasta de bienes inmobiliarios como los de las cajas de ahorro quebradas), Craso compró muchas, recibió otras en donación, e hizo buenos negocietes. Poseía minas de plata, y esclavos con los cuales reconstruía Roma una y otra vez después de cada incendio. Rehabilitaba casas y luego las ofrecía en alquiler a precio de ganga. Puso su fortuna a disposición de César y Pompeyo. Y Roma lo adoraba. Era la antítesis de esos que ahora están evadiendo capitales de España, a los que España no ama ni amará nunca.
 

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