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jueves, 31 julio 2014
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La Razón

Educación

La defensa de la Universidad por Emilio López-Barajas Zayas

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Los momentos de crisis personal o social son principalmente de autocritica, de autoexamen, no de algaradas. Las instituciones como las personas que desean comenzar de nuevo, han de hacer un examen crítico del tiempo pasado, suelen «rebobinar» hasta el principio para ver donde se perdió el camino. Las universidades fueron en su origen, sin duda, una aportación medieval original a la sociedad que surgió en el entorno occidental de cultura cristiana y que se extendió con el tiempo por toda Europa. El sentido de la forma fue de humanismo en sentido pleno. La búsqueda de la verdad de los valores siempre estuvo en su horizonte.  El nombre de «universidad» no se empezó a utilizar de forma usual hasta finales de la Edad Media, ya que en los primeros tiempos se utilizaba la denominación usual de «studium generale». La Universidad de Bolonia, reivindicada como la más antigua de Europa –últimos años del siglo XII, hacia 1180– , seguía una larga tradición de escuelas privadas de leyes que al menos se remontaban a la segunda mitad del siglo XI. El modelo de las universidades del Norte de Europa fue el de París, y poseía, generalmente, cuatro facultades (a diferencia de las universidades previas a la mitad del siglo XIV, que solían tener una, dos o tres), siendo las más importantes la de Artes y la de Teología. El modelo de universidad no se definía con algaradas, sino con la reflexión atenta. La Teología no versaba sobre algo inexistente, sino que se ocupaba de la racionalidad de la existencia de Dios y su diálogo con las demás disciplinas. Los estudiantes llegaban a las universidades habitualmente con catorce años o poco más, tras haberse iniciado en los estudios en la lectura de lengua latina en grado suficiente. Los primeros años de su vida universitaria se dedicaban a los estudios de Artes, que comprendían el Trivium y el Quadrivium. La «lectio», más tarde, era un examen donde la memoria y la repetición, eran objeto de comentarios y objeciones se trataba de analizar un texto y su «disputatio». Había que responder a su contenido a través de las preguntas que le eran formuladas. Se alcanzaba el título de bachiller después de seis años aproximadamente. Solo una minoría accedía al estudio de las Artes o estudios especializados: Medicina, Derecho o Teología. La obtención del título de magister (maestro) permitía la dedicación a la enseñanza universitaria (ius o licentia ubique docendi). El título de doctor suponía desde cuatro o seis años en Artes hasta unos quince en Teología. La universidad necesita volver al esfuerzo continuado del aprendizaje y del diálogo. No es la hora de las disputas enconadas. Los estudios universitarios se orientaban en la Edad Media hacia la retórica, la dialéctica, la aritmética, la filosofía y la teología, es decir, se trataban las cuestiones prácticas, pero también las sustantivas y esenciales. No se ignoraba que en éstas últimas es donde anidan los valores fundamentales en los que puede estabilizarse la vida personal y la dinámica social de un pueblo. La utilidad, el placer, no se consideraban en sí mismo fines de una vida plena, sino supeditados a valores superiores, como la justicia, la generosidad, la amistad y el amor. Hoy, por el contrario, nos encontramos inmensos en un mundo exclusivamente tecnológico, donde la utilidad lo rige casi todo, y el éxito correspondiente la meta. El pragmatismo como ideología dominante considera solo el valor de lo útil. La competencia prevalece sobre el sentido de la vida humana. La pirámide axiológica ha sido invertida: en lugar de fines de la educación, objetivos generales, objetivos específicos, y objetivos operativos con sus tareas, éstas ocupan el primer puesto en la relevancia del proyecto formativo. El carro ha sido colocado delante de los bueyes. El Proceso de Bolonia, que informa nuestra realidad universitaria, se inicia con la Declaración de Bolonia en 1999, que firmaron los ministros de educación de diversos países europeos. Fue un proceso de convergencia para facilitar el intercambio de titulaciones basado en los créditos ECTS. El proceso de Bolonia, pese a no ser un tratado vinculante, ha conducido a un Espacio Europeo de Educación Superior. La crítica ha sido hacia el sentido de la mercantilización del conocimiento que impulsa, que se relacionó con el informe presentado unos años antes, en 1995, por la European Round Table of Industrialists (ERT) o Mesa Redonda de Empresarios Europeos. Este informe tenía por objetivo «presentar la visión de los empresarios respecto a cómo ellos creen que los procesos de educación y aprendizaje en su conjunto pueden adaptarse para responder de una manera más efectiva a los retos económicos y sociales del momento». Se hace necesario abrir hoy un debate sereno, sin algaradas, en el propio seno universitario, donde se pueda reflexionar de forma pacífica acerca de cómo hacer este universo humano más justo y cuáles son los caminos de la paz verdadera. Urge un diálogo entre los valores que nos proponen la ciencia, la razón y la fe. La competencia es necesaria pero no es la clave del arco de una vida feliz.

 

Emilio López-Barajas Zayas
Catedrático de Universidad en Fundamentos de
Metodología Científica de la UNED

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