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viernes, 25 julio 2014
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La Razón

Columnistas

De 1934 a 2012 por Francisco Rodríguez Adrados

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En 1933 ganaron las elecciones las derechas: el país estaba harto de las izquierdas, tan prepotentes y fanáticas, nada democráticas. Pidieron a D. Niceto Alcalá Zamora, Presidente de la República, que  anulara las eleciones por las buenas, le presionaron mucho. Se negó: y con ello cumplió su triste destino, se la guardaron y acabaron por destituirlo con un banal pretexto legalístico. Algo totalmente inconsti­tucional. Y eso que D. Niceto les hizo un pequeño guiño, mal hecho desde luego, fue su único fallo. Nombró presidente del Gobierno no a Gil Robles, el triunfador en las elecciones, sino al segundón Lerroux. A ver si así medio se congraciaba. De nada le valió, le destituyeron. Luego le robaron sus Memorias y todo, lean esas Memorias que ahora se han publicado tras muchas aventuras: ¡Largo Caballero ordenó violentar su caja en el Banco! ¡Bonita democracia, tras tanto pueblo y todo eso! ¿Y qué tiene que ver todo eso, dirán Vds, con el 2012, nuestro año de gracia? Pues muchísimo. El año pasado, el 2011, había ganado las elecciones el PP y la izquierda, poseedora como siempre de la verdad, eso cree ella, no lo aceptó. Abrió toda clase de campañas contra los vencedores. Imposible vencerla, hace como si no se enterase. ¿O en realidad no se entera? Piensa que el poder se le debe porque sí. Desgracias para todos, también para ellos. En otros países aceptan todos el resultado de las elecciones, sea el que sea. Aquí la izquierda no. El PP lo aceptó en cambio y tragó todo lo tragable. Ellos no.

Bueno, esta vez las izquierdas más los separatistas (hablemos claro) no llegaron a organizar una declaración del Estat Catalá como la que organizaron o aceptaron en el 34, en la plaza de Sant Jordi en Barcelona (Companys en el balcón decía, «ya veremos cómo termina esto», no las tenía todas consigo), no organizaron tampoco una revolución completa, con sublevación militar y todo, como habían hecho tantas veces, así en Asturias en el 34, con dinamita y lo demás. Luego lloraron por la represión e hicieron todo lo demás. Pero esta vez tampoco ha aceptado la izquierda democraticamente la derrota, ayudándonos todos en bien del país. Aquí está la igualdad del 1933 y 2012.

Fue la enorme, grandísima derrota, votamos contra ellos todos, amigos o no de Rajoy, el caso era salir de aquel señor, ya saben, de sus amigos más o menos amigos, de sus amigas, este era un nuevo número. Pero no la acepta ron, no la aceptan, siguen dale que dale, cieto que se contentan con molestar y acusar, siguen haciéndolo, no se dan cuenta de cuánto nos aburren. De sus palabras no creemos ninguna. Sacan a los huelguistas subvencionados a la calle y con ellos a los «indignados», utilizan a los llamados estudiantes de un sindicato pagado. Silban en la plaza de toros a la bandera, etc. etc. Pésimo gusto, mentalidad primaria. Tenían, tienen siempre la razón, eso creen, pero de democracia nada. Si hubiera mañana otra votación la perderían otra vez, aun estando el patio como está.

Vuelvo al 34. Tanto no aceptaron la derrota que a poco hasta quitaron el poder, en la práctica, al muñidor de toda la República, o eso creía él, a Azaña: le dieron la Presidencia de la tal República, esa Presidencia que quitaron a don Niceto, un puesto decorativo, pronto se vio. Era, ahora, sólo un comparsa, el poder quedó en manos del Lenin español, el supuesto estuquista Largo Caballero, que había estado al servicio del Dictador.  Era audaz la izquierda, la derecha también: aterrorizada, se lanzó a un asalto terrible, allí estaban esperando Franco y muchísimos más. Fue la guerra. Azaña a arrepentirse y a echar discursos, ahora llorosos. Y a morir, igual Largo, fuera de España, igual D. Niceto. Bien triste todo. Bien, aquí nos falla el paralelo. Ahora no hay Largos ni Francos, por fortuna. Sólo un aburrimiento grande y una esperanza escasa. El pueblo español no es lo que era. Mejor, claro, pero...

Todo había empezado en el 31, más bien antes. D. Niceto creía que trabajaba con gente razonable, los hechos se lo desmintieron (y al final tuvo que hacer las maletas y exiliarse sin un duro). Le oí contar a Ayala un día cómo le encontró en un autobús traqueteante en Venezuela, creo, hundido en la miseria. Era un señor. Por si hubiera mirado a la república anterior, la de 1873, no se habría embarcado en esto. Ibamos de república en república, de calamidad en calamitad. Y hay todavía por ahí quienes echan de menos a las malfamadas repúblicas. A la monarquía la trituran con lo del elefante y alguna tontería más.

Pero volvamos a mayo del 31. Estrenábamos la flamante República y Azaña miraba impasible cómo ardían los conventos, no valían la vida de un republicano. ¡Bonita frase! Y echaba, en el Parlamento, floridos discursos sobre el Estatuto catalán (que Unamuno y Ortega abominaban). Iba a reconciliarnos a todos, qué felicidad. Luego, refugiado de Madrid en Cataluña, conoció a sus expensas a los políticos catalanes: aldeanos y otras cosas más llegó a llamarlos, igual Negrín. Luego, el exilio y lo demás. ¿Por qué repiten tanto los errores esos hambrientos del poder? Bueno, algo hemos mejorado, ya no hay Largos ni Francos, claro que el pueblo se aburre y algunos silban o queman retratos. O hacen huelgas que compensan de no hacer otras cosas –al menos por ahora–. Menos mal. Pero el paralelismo existe, aunque ahora sea a un nivel más bajo: la múltiple izquierda no acepta una merecida derrota democrática, se venga como puede, aunque sea a un nivel más modesto. Claro, Lenin no es ya el modelo, o eso creemos, no se declaran revoluciones ni asonadas. Y en Cataluña Mas no sale al balcón a proclamar el Estat catalá, como Companys, se contenta con inmersiones alternadas con exigencias varias. Y el espectro de Franco tampoco interviene, se queda en su tumba. Y vamos tirando.

Mejor que la gente fluctúe entre el aburrimiento y la desesperanza. A ver si algún día esto se arregla y salimos de la dichosa economía y pasamos a cosas más estimulantes. ¡Pero no a aquellas viejas, por favor! No repitamos. Y si perdieron, acéptenlo.

 

Francisco Rodríguez Adrados
De la Real Academia Española

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