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viernes, 18 abril 2014
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La Razón

Arte

El Prado recupera la obra del último «divino»

  • El Museo del Prado presentó ayer «El último Rafael», llamado «el divino», la gran exposición de este verano junto a la que el  Thyssen dedica a Edward Hopper

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El último Rafael es un pintor de varias paletas y sensibilidades. Un artista que se mueve por los colores cálidos de sus «Madonnas», esos rojos y azules que todavía permanecen en la memoria colectiva, como «La virgen del divino amor» (1516), pero, también, un creador que oscurece la obra, que experimenta con los límites y que irá incluyendo en esa pintura ideal que ha ido trabajando la fuerza del claroscuro, unas tonalidades negras que recubren con un velo de misterio algunas de sus piezas más emblemáticas, algo que puede contemplarse en «La Sagrada Familia con su san Juanito» (1519), más conocida por «La perla», o en su «Juan Bautista» de 1517-18. Pero, todavía, dentro de su poderosa imaginación creativa convivía el visionario de los frescos que pintaba en las villas más ricas de las afueras de Roma y, también, ese caracter intimista, capaz de inmortalizar a sus amigos con una extremada delicadeza y acierto.

Un gran evento
El Museo del Prado dedica a este artista una exposición, comisariada por Paul Joannides y Tom Henry, que la Reina inaugurará el próximo lunes y que, junto a la del norteamericano Edward Hopper, que se presentará a inicios de la semana que viene, supondrá el  gran evento cultural del verano. En esta ocasión, la muestra, llamada «El último Rafael» y patrocinada por la Fundación Axa, se centra en los años finales de este artista, conocido como «El divino». Una etapa que abarca los últimos siete años de su vida –fallecería súbitamente a los 37– y que aprovecha para estudiar la relación que mantuvo con su taller y, de manera especial, con dos de sus principales discípulos: Giulio Romano –del que hay una abundante representación de obra de su propia mano (de hecho, él sería uno de los grandes  beneficiarios de su testamento)– y Gianfrancesco Penni. A lo largo de la década pasada (en 2004, 2006 y 2009) se habían montado exposiciones centradas en este mito del Renacimiento –junto a Miguel Ángel y Leonardo da Vinci forma la terna de grandes creadores–, pero ninguna había abarcado su periodo final. Una década, llena de grandes pasiones carnales, aparte de pictóricas, en la que puede apreciarse la evolución de una trayectoria que comenzó en las estancias del Vaticano. Su manera de pintar había padecido profundos cambios debido al impacto que ejercieron sobre él los cuerpos que Miguel Ángel pintó en el techo de la Capilla Sixtina. Pero su carácter innovador le impidió conformarse y, en esta época, su obra se aproximaba a límites donde el color, la sombra y el contraluz dan cuenta de lo que pudo llegar a realizar este artista si hubiera vivido más tiempo. «Nunca se ha hecho una exposición igual sobre Rafael. Hemos conseguido un intercambio irrepetible», recalcó en la presentación Miguel Falomir, coordinador científico de la exposición. Él mismo resaltó que es un homenaje a un artista que durante muchos años se ha vinculado a este museo. «Cuando se inauguró El Prado, la gloria de la pinacoteca era Rafael y su obra "El Pasmo de Sicilia". Después era "La rendición de Breda", de Velázquez», subrayó. De hecho, Velázquez terminaría desplazando al genio de Urbino de la Sala XII, la más noble del edificio de Villanueva. «Con el paso de los años, Rafael fue dejado de lado y  condenado al ostracismo por el abuso que se hizo de él en las academias artísticas», aseguró. La muestra ilustra también cómo era la relación entre el artista, que empezó trabajando solo, y su taller. El éxito de Rafael le obligó, para atender todos sus encargos, a recurrir a ayudantes.

Una relación singular
Entre ellos estaba Giulio Romano, que no era uno más, sino otra personalidad singular, con carácter propio, que crecería bajo la tutela de «El divino». En la exposición se confrontan dos obras similares que permiten apreciar el talento que poseía cada artista: «La Virgen de Munro de Novar» (1517-18), de Giulio Romano, es una copia muy fiel de «La Sagrada Familia con San Juanito» (1516), de Rafael, también conocida como «La virgen de la rosa». Aunque siguen un patrón y unas directrices similares, hay diferencias que ayudan a apreciar la concepción que tenían estos pintores. La escena interior y cerrada de Rafael se convierte en un exterior con un punto de fuga marcado  en el lienzo que ejecuta Romano. No es la única ocasión para comparar a estos creadores. «La sagrada familia del roble» (1518-20), del discípulo, y «La Perla» (1519-20), del maestro, también marcan algunos parecidos y diferenciaciones entre ambos. El recorrido acaba en la copia que El Prado conserva de «La transfiguración», que tiene el Vaticano. Para esta ocasión se han exhibido los dibujos que Rafael hizo para la última pieza que pintó.

El detalle
ÚLTIMO GESTO DE UN RETRATISTA GENIAL

La última parte de la exposición está dedicada a los retratos que ejecutó Rafael. Sobresalen en este espacio algunas de sus mejores obras. Entre ellas destacan el de «Baldassare Castiglione» (1519), procedente del Museo del Louvre, y «Bindo Altoviti» (!516-18), que ha prestado la National Gallery or Art de Washington. También hay un magnífico óleo de «Lorenzo de Médicis, duque de Urbino» (1518). En todos ellos consiguió captar el temperamento de los modelos. Pero, entre ellos, hay que prestar atención al «Autorretrato con Giulio Romano». Maestro y discípulo aparecen en esta tela juntos. Rafael con una mano sobre su ayudante en un gesto que simboliza el relevo de su genio y talento.


- Cuándo:  Desde el 12 de junio al 16 de septiembre.
- Dónde: Museo del Prado.
- Cuánto: 12 euros.
 

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