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viernes, 25 julio 2014
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La Razón

Columnistas

Don dinero por Ángela Vallvey

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La necesidad de dinero ha devorado al ser humano a lo largo de la Historia. Dice Salustio que Catilina era pobre porque, aunque poseía enormes fincas, no encontraba un alma capitalista lo bastante confiada como para prestarle dinero al contado con que sufragar sus sueños políticos. Y es que los antiguos políticos romanos acumulaban deudas tan desorbitadas como sus esperanzas en algún gobierno provisional que se mostrara laxo con la posibilidad de saquear bienes muebles. Las instituciones económicas romanas, plagiadas de las etruscas, confiaban la búsqueda desesperada de riqueza a la guerra y la conquista, con sus consiguientes depredaciones. El sistema tributario era complejo, confiscador y tiránico. Y la economía fue un tormento en el que se iniciaron Varrón, Columela, Catón y Plinio el Viejo mucho antes –obviamente– que Krugman. En el mundo antiguo, como en el nuestro –que ahora parece nuevo, pero que llegará un día en que sólo será más polvo en la Historia–, la avidez por la pasta contante y sonante era tan reconocida y palmaria como la que hoy padecemos. Por ella se explican las ejecuciones en masa de los ricos en la vieja Roma de la segunda tiranía –por entonces, despertaban en la muchedumbre la misma simpatía que provocan ahora y a los gobernantes les venían al pelo sus «herencias»–; o la fundición de exquisitos tesoros artísticos de Corinto, que Mummio se propuso transformar en masa monetaria corriente. Para cuando llegó la época de Augusto no quedaba ni el recuerdo de las viejas y maravillosas obras de arte de bronce y cobre, anteriormente convertidas en monedas. Y en los tiempos de Aníbal, ya no bastaba con fundir bellezas artísticas hechas de metales nobles para costear la necesidad imperiosa de dinero. Y hoy, aquí estamos, en las mismas: esperando al poderoso caballero.

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