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lunes, 22 septiembre 2014
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La Razón

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El error de Galileo por Luis Suárez

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Hace más de diez años,  en uno de sus viajes a España, el entonces cardenal Josef Ratzinger  convocó a un grupo de profesores universitarios, y les causó una pequeña sorpresa cuando anunció que el tema de esa disertación iba a ser el «error de Galileo». No se trataba de recordar y reconocer la equivocación, muy seria, que cometieron los jueces que le condenaron a una especie de aislamiento. Ese error ya había sido reconocido públicamente y la Iglesia había pedido perdón, como es justo. Se intentaba llamar la atención sobre el error que el propio Galileo asentara al declarar que a la ciencia corresponde la verdad absoluta, y que todos los seres humanos deben amoldarse a ella modificando y reajustando incluso los textos religiosos. Galileo compartía entonces la idea de un Universo estático e infinito, que ningún científico actual comparte. Hoy preferimos decir que el Universo ha debido tener un comienzo, al que llamamos bigbang, en el que, estallando la energía, tuvo principio la materia. Y ésta, además, incluyendo los seres orgánicos, se encuentra sometida a saltos de naturaleza cuántica.

Lo que Ratzinger venía a advertir es que ni siquiera esta concepción universal de nuestros días debe considerarse como absoluta. El científico debe comprender que sus métodos permiten alcanzar evidencias ciertas, pero que debemos estar preparados para recibir las novedades que la investigación va aportando. Recuerdo que en un viaje a Moscú, cuando esta espléndida ciudad era aún capital de la URSS, me regalaron un manual de Historia que se empleaba para adoctrinar a estudiantes venidos de América en la Universidad Patricio Lumumba. Pues bien, fue para mí una sorpresa leer las primeras palabras del mismo: «Es científicamente demostrable que Dios no existe». No se puede dar un dislate mayor. La ciencia no puede servir para descubrir o negar la existencia de Dios. A lo que sí hemos llegado es a reconocer que es más racional creer en la existencia de una Causa del Universo que a rechazarla. Cuando la ciencia pretende convertirse en valor absoluto corre el peligro de desvirtuarse, convirtiéndose únicamente en un instrumento al servicio de la técnica. Éste es el riesgo que se percibe en el plan Bolonia. Las universidades, multiplicando su número, tienden a convertirse en meros centros de formación profesional. Cuando, en la Prensa, aparecen anuncios de estos grandes centros de estudio ya no se mencionan las profundas raíces del saber, sino aquellas formas que se consideran capaces de generar empleo. La vieja cultura helenística pasó por esta experiencia, al convertirse en técnica, muy brillante, sin duda, como los acueductos o las vías nos permiten recordar, pero arrastró en su caída al Imperio romano. Y fueron los grandes recreadores del pensamiento, dentro del cristianismo, como Casiodoro o Isidoro de Sevilla, quienes tuvieron que emprender el rescate. Lo lograron, sí, pero pagando un alto precio de años. La ciencia fue entonces definida como el esfuerzo que se hace para llegar a comprender la naturaleza creada, progresando paso a paso, inventando esos Estudios Generales (al llamarlos universidades estamos cometiendo un leve error de nombres) que son la aportación europea por excelencia a la cultura universal. Hay que devolver a la Universidad su papel, ya que de ella depende absolutamente el futuro, y no sumergirla tras las ondas de la tecnología. Deberíamos leer más despacio a Ortega y Gasset para darnos cuenta de algo que resulta esencial para la construcción del futuro: pues progresar no es «tener» más, sino «ser» más. Devolviendo a las universidades su papel en las Matemáticas, la Física, la Química, la Filología, el Derecho, la Economía o la Historia, ayudaremos a la nueva humanidad a alcanzar ese crecimiento que es lo que constituye progreso. El cristianismo lo viene repitiendo desde el primer momento, reclamando la herencia de los grandes pensadores griegos. La ciencia sirve, ante todo, para ir descubriendo el mundo, aprovechando la capacidad racional que se haya inserta en la naturaleza humana. Y cuando Casiodoro invocó el calificativo de Artes Liberales para designar a las siete ramas de ese saber, no olvidaba que sólo la verdad puede hacer al hombre libre. Las ideologías tratan únicamente de someterle.

Aquí estaba el error de Galileo. No se trataba de ninguna dimensión censurable o que debamos someter a censura, sino únicamente de un exceso. Y en este punto era en el que, aquella mañana, el cardenal Ratzinger insistía ante profesores universitarios. El deber fundamental de un buen maestro consiste en contribuir a la conformación de la persona humana, lo cual no se logra acudiendo a las masas, sino, al contrario, haciendo surgir nuevas minorías selectas que sean capaces de predicar con el ejemplo. La relación afectiva entre el maestro y los discípulos es una dimensión esencial. Los jóvenes de aquellos años duros de la posguerra lo aprendimos muy bien y respondimos con el mayor afecto a quienes nos enseñaban. Hoy, esta dimensión se encuentra profundamente quebrantada. Los que están considerando la urgencia de una reconstrucción del saber no deben perder de vista este aspecto. Si no logramos restablecer esa amistad profunda no lograremos ese crecimiento interior que significa el progreso.

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