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jueves, 27 noviembre 2014
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La Razón

Reportajes

En la lucha antiterrorista y con un hijo etarra

  • José Ramón Goñi Tirapu cuenta su terrible historia personal. Él, que estuvo al frente del Gobierno Civil de Guipúzcoa en los años duros del terrorismo de ETA, hace años que no ve a uno de sus hijos porque era miembro de la banda terrorista

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3 de septiembre de 1991. Nadie sabe que estoy pasando unos días de vacaciones en un pueblo de la sierra de Gredos junto a mi mujer y mis dos hijos pequeños. Hace mucho calor, tanto que por las noches vamos con los niños al campo, donde se juntan los vecinos para intentar respirar algo de aire fresco. Estoy angustiado sin motivo aparente. Tengo el presentimiento de que algo malo me acecha. Llevo una semana sin hablar con nadie, dedicado en exclusiva a mi familia.

Los días transcurren lentamente entre los juegos con los niños, piscina y paseos nocturnos; recuerdo los detalles más insignificantes, acuden a mi memoria de forma espontánea y una escena evoca a otra hasta que todo se presenta simultáneamente. Ignoro por qué, pero lo cierto es que presiento la inminencia de una catástrofe inevitable, de la misma manera que los seres vivos, excepto los humanos, notan el lejano terremoto y huyen del desastre.

Seguramente, alguna lejana herencia de ese instinto ancestral me acosa durante esa larga semana produciéndome una inexplicable inquietud. Como si alguien cercano emitiera difusos mensajes telepáticos advirtiéndome de la proximidad de una tragedia que me afecta.

Siguiendo una rutina habitual, telefoneo a los hijos de mi primer matrimonio, y son ellos quienes me informan de que el teniente coronel de la Guardia Civil de Guipúzcoa ha llamado preguntando por mí. Intento ponerme en contacto con él, pero no logro localizarle.

Siento que algo grave está pasando, algo que nadie sabe o que nadie se atreve a decirme. Mi inquietud se transforma en desasosiego. Paso las dos horas de espera antes de volver a llamar al teniente coronel haciendo cábalas, pero no acierto con ninguna de las posibles malas noticias que imagino: es peor que todas ellas.

–¿Dónde estás?

–De vacaciones, en Gredos

¿Está contigo tu hijo J.R.?

–No. ¿Qué pasa?

Mi hijo reside junto a su madre y sus hermanos en Irún. Algo le pasa, ¿pero qué? Las malas noticias son las que tienen más prisa por llegar a su destino.

–Le estamos buscando.

–¿Por qué?

–Tenemos una información que le relaciona con un comando de ETA.

Culpable
A partir de ese momento no recuerdo más de la conversación, ni de lo que hago ni a dónde voy, sólo puedo rememorar mi sufrimiento. Todos los padecimientos son distintos, éste es insoportable. Me siento invadido y zarandeado por sentimientos contradictorios: no puedo llorar por la muerte de un hijo, porque está vivo, aunque en ese momento sentía que algo de él ha muerto para mí; no puedo liberarle de un secuestro porque no está secuestrado, se ha ido voluntariamente, y no puedo tampoco sentir compasión de él, porque presumo que es un terrorista. Sin embargo, es mi hijo, el hijo al que he visto nacer y crecer, el mismo por el que daría la vida. Es un dolor imposible de aliviar con el llanto.

La cabeza comienza a darme vueltas; todo el esfuerzo realizado como gobernador de Guipúzcoa para terminar con esa peste ha evitado, sin duda, algunas víctimas, pero no ha podido impedir el contagio de mi hijo. Me siento más culpable por no haber estado más atento a sus amistades, por no haberle dedicado más tiempo. Me siento muy culpable por tener un hijo etarra. Desearía poder parar el tiempo y escapar de ese calvario, o que éste retrocediera para poder evitar la desgracia. Pero nada puedo hacer. Sé de sobra que entrar en ETA es difícil, pero salir es prácticamente imposible. Algo se rompe y explota en mi interior, como si todo el empeño puesto durante años en construir y ordenar mi vida se viniera abajo, en un instante y con la fuerza de una bomba.

«No creo que llegues nunca a ser consciente del enorme daño que me causaste. ¡La Guardia Civil te buscaba porque tenía indicios de que pertenecías a ETA! De no haber sido antes gobernador no lo hubiera creído, habría pensado que te confundían con otra persona, cualquier cosa. Para mi desgracia y la tuya sabía que la Guardia Civil no solía equivocarse. Cuántos años he pasado preguntándome por qué lo hiciste. En ese momento comprendí lo lejos que estabas de mí, como si fuera un extraño. ¿Pero, por qué? ¿Es que no sabías que siempre te he querido? Cuando hablábamos, cuando nos reíamos, cuando estábamos juntos y cuando estábamos separados, hasta cuando nos enfadábamos. Siempre te he querido, y creo habértelo demostrado. Dime, ¿qué te hice para que tú actuaras como lo hiciste? Necesito saberlo para dejar de preguntármelo, para poder asumirlo al fin».

Llegado a este punto me planteo si no debería poner fin aquí a este relato, olvidar la vergüenza, engañar al dolor. Lo medito y concluyo que debo seguir contando, que ahora tengo buenas razones para hacerlo, que han pasado veinte años y no debo resignarme al silencio. Tras asimilar a duras penas lo que estaba pasando decidí, sacando fuerzas de flaqueza, investigar hasta donde fuera posible qué sucedió y por qué.

Aún aturdido por el impacto de la noticia, regreso de nuestro lugar de vacaciones, en el que teníamos pensado pasar una semana más. Debíamos volver a Madrid cuanto antes. Rápidamente, le explico a mi mujer, que se queda lívida y estupefacta, lo que ocurre, y con la misma rapidez hacemos las maletas, preparamos a los niños– que afortunadamente eran demasiado pequeños para advertir nada raro–, cargamos el coche y en apenas dos horas estamos de vuelta en nuestra casa de Madrid. Siento desde el primer momento la comprensión de mi mujer, ella es la única persona en la que puedo confiar. Siempre mostró un afecto especial por mi hijo. En trances como ése, de sufrimiento en soledad, resulta muy importante sentir un apoyo cercano en el que poder descansar. Nunca le agradeceré lo suficiente el amor que me demostró en esos días de pesadilla, cuando más lo necesitaba.

A media tarde de ese mismo día, 3 de septiembre, me acerco a una hemeroteca. Llevo varios días sin leer el periódico y seguro que encontraré alguna noticia relacionada con atentados o detenciones (...) Voy consultando diversos ejemplares y leo: el 25 de julio a las dos y media de la madrugada explota sin causar víctimas una bomba en un bar frecuentado por jóvenes que cumplen el servicio militar. Apenas cinco minutos después, una furgoneta cargada de explosivos explosiona junto al cuartel de la Guardia Civil de Irún hiriendo levemente a dos guardias. El 26 de julio un paquete bomba explota bajo el coche de un ciudadano argentino residente en Fuenterrabía. El 7 de agosto un encapuchado asesina en Irún a un joven vendedor de droga. El 17 de agosto es detenido en San Sebastián el «comando Donosti». Logran huir los tres integrantes de un comando «legal» en Irún.

Una duda insoportable

El día 20 del mismo mes, el diario informa de que el grupo etarra de Irún disponía de armamento y munición suficiente para realizar una campaña de atentados en la comarca de Bidasoa. El día 21, la Guardia Civil detiene a las seis de la mañana a M.A.I., y a las once y media del mismo día, M.L.L., ambas residentes en Irún.

Deduzco por la información publicada en ABC que mi hijo pertenece al comando «legal» de Irún, de reciente creación, el mismo que ha cometido el asesinato de Francisco Gil en las fechas en las que se encontraba conmigo en Madrid y que actúa en la zona del Bidasoa. Me tranquiliza sobremanera saber que no tiene delitos de sangre. Los tres integrantes de dicho comando han huido; lo más probable es que mi hijo esté entre ellos.

Tengo ante mí una disyuntiva endemoniada: por un lado debiera ayudar a la Guardia Civil a detener a un terrorista, pero también necesito ayudar a mi hijo en el momento más complicado de su vida, necesito que él me explique qué ha pasado. Por lo demás nada ha cambiado, faltaría más; siento una enorme aversión por la banda y por todo lo que representa, pero no puedo evitar sentir amor por mi hijo. Tengo indicios de que no está implicado en ningún delito de sangre, pero aún no lo sé con seguridad, y esto aumenta mi angustia.

Quizá muchos padres, y todas las madres, entenderán mi lucha interior y mis contradicciones de aquellos días. Finalmente, y diría que de forma instintiva, es decir, sin poder remediarlo, el padre se sobrepuso al combativo gobernador, y el perseguido por sospechoso de terrorismo es mi hijo. Yo, que me había enfrentado con todas mis fuerzas a la banda terrorista, era ahora un padre dispuesto a ayudar, o al menos a escuchar, a un hijo que se encontraba al borde del abismo. Pensé que debía evitar que lo detuvieran antes de haber hablado conmigo, necesitaba verle, saber de su boca y mirándome a los ojos qué había o no había hecho. Sabía también que los tribunales no tratan penalmente los apoyos de los familiares, y conocía a fondo la forma de investigar de la Guardia Civil y los recursos que podía utilizar para proceder a su detención.

¿Sin delito de sangre?

Había confirmado, con enorme alivio, que el comando etarra al que se le acusaba de pertenecer había cometido un solo asesinato, y que éste se había producido justo en los días en que mi hijo se encontraba conmigo en Madrid. Era consciente de que mi testimonio no serviría en un juicio, pero el mero hecho de saber a ciencia cierta que no tenía las manos manchadas de sangre me alivio enormemente, me animó y me reafirmó en mi intención de intentar un encuentro con él.

Más tarde supe que en varias ocasiones, tanto en la etapa de la detención como en el posterior proceso judicial, fue exculpado de aquel crimen por sus dos compañeros de comando y, consecuentemente, por los jueces.

Que no hubiera matado era un consuelo, pero insuficiente para aplacar mi dolor; seguía anonadado, aterrado ante la acusación de pertenencia a la banda terrorista. Necesitaba hablar con él cuanto antes. (...)

A todo esto, el ministro telefonea a casa preguntando por mí; como no estoy es mi mujer quien, al llamarla más tarde, me facilita un número con el que debo contactar cuanto antes. Me desplazo hasta una cabina lejana y mantengo una conversación muy tensa con él, le cuelgo. Su respuesta no se hace esperar. Cuando volvemos a hablar al cabo de un rato mi mujer me dice que un helicóptero de la Guardia Civil sobrevuela nuestra casa; el ruido es ensordecedor.

En realidad no nos vigila, sería absurdo hacerlo de esa manera, creo que lo hacen sólo para intimidarnos. Tengo la adrenalina a cien, pero sé que no pueden detenerme. No he hecho nada ilegal, por más que me atribuyan no se sabe qué propósitos. Además, hubiera sido un escándalo hacerlo y a ningún político le gusta meterse en líos de los que ignora cómo saldrá.

Espero en el bar al que podría acudir mi hijo y ocupo la misma mesa en la que no hace mucho tiempo estuvimos tomando una cerveza juntos. Pienso en aquel día y en el giro inexplicable que han dado las cosas, en cómo es posible que él haya sido abducido por ETA y que yo tenga ahora un hijo terrorista. Vivo inmerso en una tormenta emocional, paso en un instante de sentir el cariño más tierno hacia él a repudiarle como al sujeto más despreciable. Doy vueltas y más vueltas a lo que voy a decirle si le veo; siento unas ganas enormes de reprenderle con la máxima dureza y también de convencerle de que huya de los que para mí son sus verdaderos enemigos, los terroristas.

 

FICHA
Autor: José Ramón Goñi Tirapu.
Edita: Espasa.
Sinopsis: Fue gobernador civil de Guipúzcoa entre 1987 y 1990, años duros en los que ETA asesinaba ante la indiferencia y, a veces la comprensión de algunos vascos. José Ramón Goñi Tirapu vivió personalmente esa sociedad partida. Un día la Guardia Civil le llama: su hijo pertenece a la banda terrorista.

 

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