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jueves, 21 agosto 2014
21:58
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La Razón

Columnistas

La colorada por Alfonso Ussía

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Se jugaba el Mundial de Sudáfrica. Julián Redondo, el jefe de Deportes de «La Razón», me pidió un artículo comprometido, con vaticinio y todo. Y como es habitual, me equivoqué. Le concedí a nuestra Selección un bajísimo porcentaje de posibilidades en el triunfo final. Creo que es la apuesta más segura. El triunfalismo es muy traidor y deprimente. En esto del fútbol, el pesimismo resulta infinitamente más rentable. El poeta, ganadero, jinete, y quiromántico Fernando Villalón le aseguró a su padre que los toros que llevaba a Ronda iban a marcar una época. El padre le pidió noticias urgentes al término de la corrida. Aguardaba ansioso en su cortijo de Morón de la Frontera las novedades de su hijo. Y al fin, llegó el telegrama. «A dos, banderillas negras. Los cuatro restantes, al corral. Eso me pasa por ser optimista. Te abraza tu hijo, Fernando».

Intuyo excesiva seguridad en los aficionados. La Selección de España, la de la camiseta colorada es actualmente campeona de Europa y del Mundo, y forma un equipo extraordinario. Me gustó lo manifestado anteayer por Piqué. «Aquí no hay madridistas ni culés. Somos la Selección». Entre las dos opciones, la pesimista y la optimista, elijo la primera sin duda alguna. Hoy principia su Eurocopa España contra Italia. Nunca son de fiar los deportistas exclusivamente mediterráneos. Son listísimos y maestros en los trucos y las representaciones dramáticas. España es cantábrica, atlántica y mediterránea. Una formidable combinación. Fuerza y bruma del Cantábrico, horizonte del Atlántico y sabiduría pícara del Mediterráneo. Italia es mediterránea en su totalidad, y eso me da mucho susto. Era niño, y don Santiago Bernabéu, para aquel niño, era casi Dios. Mi Santísima Trinidad la formaban Dios Padre, Dios Hijo y don Santiago Bernabéu, porque lo del Espíritu Santo, para un niño madridista,  en aquellos tiempos, era bastante prescindible. Jugaba el Real Madrid un partido de la Copa de Europa contra el Kilmarnock escocés. Le preguntamos si era optimista: «No mucho, porque con ese nombre tan raro, el Kilmarnock tiene que ser cojonudo». Ganó el Real Madrid con holgura la eliminatoria, pero él quedó bien, prudente y en su sitio.

Creo que hoy, nuestra Selección, la colorada – lo de «la roja» es cosa de trasanteayer y con objetivos subliminales–, va a perder. No lo escribo con sinceridad, pero lo apunto por si acaso. Si gana, la alegría será doble y constataré que no doy una a derechas en mis predicciones. Si pierde, con harto dolor, diré a los optmistas: «¿No os lo había anunciado?». El caso de optimismo más exagerado se dio en Fuenterrabía, cuando mi vida comenzaba a andar. En una regata de traineras competía, junto a las vascas y las montañesas, una de Asturias y otra de Galicia. El promotor de la gallega se jugó hasta el colchón de la cama por sus remeros. «No hay color. Sacaremos al siguiente más de veinte segundos». Se dio la salida. Orio de amarillo, Pedreña de blanco, Pasajes de San Juan de rosa y los gallegos de azul. En la primera ciaboga, la confusión se apoderó de los gallegos.

Y cayeron al agua algunos remeros, que fueron inmediatamente rescatados de la procelosa, porque como buenos hombres de la mar, no sabían nadar. El promotor, que había perdido todo, reaccionó con la grandeza y sabiduría de su tierra. «No importa, ganaremos la siguiente regata». Y eso es lo que recomiendo a quienes han desbordado de optimismo nuestros ánimos con la colorada. ¿Victoria? Fantástico comienzo ante un equipo siempre complicado. ¿Empate? No hay que rasgarse las vestiduras. ¿Derrota? Pues nada, a ganar el siguiente partido. España tiene la mejor orquesta, pero no siempre suenan más los violines. Y los italianos, al menos el equipo que hoy presenta, es más de percusión que de cuerda.

Sigo creyendo –y ahora va de estética–, que los calzones de la Selección habrían de ser negros, como lo fueron en sus comienzos, en tiempos del reinado de Don Alfonso XIII y durante la Segunda República. El azul eléctrico viene de la Falange, y sin pretender herir susceptibilidades, ese azul se muerde con el colorado de la camiseta. Grover Whalen, un escritor daltónico, narraba de este modo la entrada de un hombre elegante en un club. «Iba elegantemente vestido, con una chaqueta naranja y unos pantalones lilas». Bueno, todo esto es para distraer los nervios. La Selección de España nos une y anima. Prueba de ello es lo mucho que la aborrecen los separatistas. Pero hay que moderar el optimismo, aunque esté anidado en nuestras esperanzas. Soy pesimista, pero estoy convencido de que España va a ganar. Es decir, el lío padre.

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