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miércoles, 27 agosto 2014
16:49
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La Razón

Columnistas

La transparencia por Alfonso Ussía

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Creo que es en «El Baile» del gran Edgar Neville donde uno de sus personajes masculinos se queja de su transparencia. Cuando los hombres llegamos a determinada edad, nos convertimos en seres transparentes. Nadie nos mira. En la juventud y hasta el principio del otoño, las mujeres miran a los hombres cuando se cruzan con ellos por la calle. He cumplido la temible prueba y cuando escribo lo hago como un transparente recien llegado. A los políticos se les exige transparencia, cuando la exigencia habría de centrarse en la firmeza, la competencia y la honestidad. El transparante es el traslúcido, no otra cosa. El cuerpo a través del cual pueden verse los objetos claramente. El cuerpo que deja ver lo que hay detrás de ese cuerpo que ha sido abandonado de su capacidad de ser visible. El cuerpo que no se manifiesta, y por ello, es aire ajeno a la curiosidad o la contemplación. El cristal es transparente, pero palpable. Una mujer en la calle no intenta traspasar el cristal de un escaparate, si acaso, traspasar la puerta del establecimiento para comprar lo que ha visto detrás del cristal. La transparencia en el hombre es más humillante. No se ve y su escaparate ha perdido todo su atractivo.Un hombre con más de cincuenta años es aquel que siempre lleva detrás de sí lo que interesa. En cambio, y al contrario, las mujeres nunca se hacen transparentes. Mantienen hasta el final de sus días la personalidad propia de la sorpresa.

Me remito a la prueba. Vestido como un pincel, de auténtico dulce, he recorrido por la acera izquierda rumbo a la Puerta de Alcalá, la calle de Serrano, desde Diego de León a Independencia.Hace años, mi deambular callejero era clamoroso. La última vez que me gritó una mujer «¡Guapo!» fue dos veranos atrás en el Paseo de Pereda de Santander. Una bellísima mujer, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.

El resultado de mi examen de transparencia ha sido de nota sobresaliente. Ni una mirada de intriga, ni unos ojos tímidos que se vuelven, ni un deseo entre los árboles. ¿Eso es lo que pretenden que sean nuestros políticos? ¿Transparentes? ¿Para qué? Un hombre transparente no sirve para nada. En el tramo final del trayecto, con el fin de llamar la atención, me he puesto un sombrero veraniego, blanco con la cinta berenjena. Y sí, hay que reconocer que se ha dado un vuelco en la expectación que mi presencia procuraba. Todas las mujeres con las que me he cruzado han mirado al sombrero, pero no a quien lo llevaba puesto, que ha mantenido su estado de transparencia hasta la Plaza de la Independencia, en la que harto y desconsolado, ha optado por parar un taxi y retornar, transparente, a su hogar. Como el taxista era varón, he dejado de ser transparente durante el recorrido y me ha cobrado.

De ahí que me preocupe, no mi situación, sino la exigencia con la que apremia la ciudadanía a sus administradores. Honradez e inteligencia sobre todo. Trabajo y dedicación permanente. Honestidad en las ideas y en su manera de aplicarlas. Pero nunca transparencia, porque el transparente es un ser que en algunas ocasiones es, y en otras no es absolutamente nada. Convencido estoy de que si me pusiera a estas alturas de mi vida mi viejo traje de baño color mandarina y me bañara en la fuente de Cibeles, nadie repararía en mi acción ni en mi persona.

Duele la autocrítica. Hoy me he puesto fatal, de chupa de dómine, a caer de un burro. Que luego no digan que soy parcial y subjetivo.

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