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martes, 02 septiembre 2014
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La Razón

Columnistas

Más allá de la política por José María Marco

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Los festejos celebrados para conmemorar el 60 aniversario de la subida de la reina Isabel II al trono han culminado con una visita de dos miembros de la Familia Real al Peñón de Gibraltar. No se conseguirá así fomentar la popularidad de la realeza británica en nuestro país, aunque no es eso lo que persiguen los ingleses. El objetivo es consolidar la imagen de la Monarquía en su país y de paso, afianzar una política de Estado con respecto a Gibraltar. En los dos puntos, los gobiernos y los partidos españoles deberían tomar buena nota. Aquí nos fijaremos en el primero.

Han pasado unos cuantos años desde los tiempos en que la Familia Real inglesa se enfrentó a una impopularidad notable. Los actos recientes parecen demostrar que aquello se ha terminado. El semanario «The Economist» ha creído comprender que detrás del favor del público hay dos estrategias. Una, concentrar el símbolo de la realeza en su titular, el heredero y poco más, y apartar del primer plano a los familiares imposibles de controlar. Efectivamente, los muchos y variados «royals» ingleses no han aparecido esta vez ni en el balcón de palacio, ni en la barcaza del Támesis. La otra es la protección del titular de la Corona, que asume un papel estrictamente simbólico. La reina Isabel siempre ha sido un modelo de discreción. No así el príncipe de Gales, metido en polémicas por su pulsión opinadora.

Las dos estrategias, y alguna más seguramente, como puede ser un mayor compromiso público de la realeza, van encaminadas a restaurar la posición de la Monarquía inglesa. También quieren garantizar la estabilidad de la nación. En Gran Bretaña no les gusta jugar con fuego y son muy pocos los que conciben su país sin la Corona. Efectivamente, la Monarquía ha sido en Inglaterra una garantía de continuidad y estabilidad en momentos de alta turbulencia, como fue toda la primera mitad del siglo XX. Ahí se demostró que las Monarquías, si logran salvarse, consiguen también ahorrar a las poblaciones de sus países mucho dolor, mucho sufrimiento, mucho atraso. A cambio, eso sí, se pierde la chispa de la vida en que consiste la experimentación utópica y radical.

No acaba ahí el asunto. La Monarquía también consigue salvaguardar la libertad, porque sustrae el principio nacional –que ella misma representa– del ámbito de la política partidista. La Monarquía demuestra que lo público, el espacio de aquello que compartimos todos, no es sólo político y que está ocupado y formado por instituciones, tradiciones y creencias que no tienen por qué verse envueltas en el partidismo político. En las circunstancias en las que nos encontramos, este punto irá cobrando más importancia cada día que pasa. Será crucial, sin duda, para salir de la crisis.
 

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