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lunes, 28 julio 2014
03:30
Actualizado a las 

La Razón

Medicina y Sanidad

El baile incontrolado en la cama

  • Cerca del 10-15 por ciento de la población padece el síndrome de piernas inquietas. La enfermedad crónica, de difícil diagnóstico,
    se caracteriza por un movimiento involuntario de las extremidades inferiores y merma la calidad de vida de los afectados
     

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El baile incontrolado en la cama
El baile incontrolado en la cama

Vivir con la sensación de no poder frenar un movimiento constante de las piernas puede suponer un auténtico calvario. Lo que algunos pueden atribuir a un tic nervioso, para cerca del 10-15 por ciento de la población ese «baile incontrolable» ha alcanzado la categoría de patología: síndrome de piernas inquietas, una enfermedad crónica que se caracteriza por la aparición de molestias como pinchazos, hormigueos, inquietud o dolor en las extremidades inferiores, lo que provoca la necesidad urgente de moverlas para aliviar momentáneamente las crisis. «Empecé con los primeros síntomas en el primer embarazo, cuando tenía 20 años, pero hasta los 44 no me dijeron lo que tenía. Estuve viviendo una pesadilla porque iba a todo tipo de especialistas y no me decían nada. Tomaba medicamentos que no me hacían falta e, incluso, me hacían empeorar», relata Esperanza López, presidenta de la Asociación Española de Piernas Inquietas (Aespi).

Desconocimiento
Uno de los problemas de esta enfermedad radica en la dificultad de su diagnóstico. Un ejemplo de esto lo cuenta Juan Badiola del Campo quien, aun padeciéndolo «desde hace muchos años, cerca de 30, hace cinco me dijeron qué era lo que tenía. Esto se debe al desconocimiento de todos los profesionales a los que acudí que ignoraban que esta enfermedad existía». Gracias a un anuncio en un programa de radio, Badiola escuchó una serie de síntomas, similares a lo que él padecía y que se englobaban bajo el nombre de síndrome de piernas inquietas. «Decidí ir al neurólogo por mi cuenta, ya que oí que era la persona que sabía de esta enfermedad y, efectivamente, me lo diagnosticó muy rápido», explica. Sin embargo, López sostiene que «aunque en mi caso el reumatólogo le puso nombre a la enfermedad, me dijo que no había tratamiento. Vi en el periódico que en Madrid había un especialista en este síndrome, fui a verle y me dio un tratamiento».
Aunque conocer la enfermedad puede suponer un alivio para los enfermos, convivir diariamente con ella supone un reto lleno de obstáculos. «Al no poder dominar los movimientos, intento paliarlos andando o haciendo cualquier otra cosa menos estar en reposo, ya que es cuando aparecen. Por eso, pasamos muy malas noches, ya que en la cama se acentúa», sostiene Badiola.
Desde que Esperanza supo lo que padecía, «mi calidad de vida ha mejorado bastante, aunque estaba ya tan estropeada que no me ha servido de mucho. Tengo dos prótesis de cadera debido al desgaste de las patadas que daba. No se si tendrá que ver, pero me operaron de la columna porque tenía el canal de la columna estrecho. En los últimos cuatro años me he pasado cuatro veces por el quirófano». Aunque Esperanza no puede andar mucho debido a sus operaciones, «hago bicicleta estática para reforzar el músculo. El ejercicio es bueno, pero siempre y cuando no sea muy fuerte ni excitante ni a última hora de la tarde, para que no interfiera en el sueño». Aunque esta enfermedad no tiene cura, «la escasa medicación que hay algo alivia», afirma Badiola. Por su parte, Esperanza afirma que «no sé si el cuerpo se habitúa, pero sólo soy capaz de dormir 2-3 horas».
 

De interés
para los afectados:

Asociación Española de Síndrome de Piernas Inquietas (AESPI)
Correo electrónico: contacto@aespi.net
Web: www.aespi.net
 

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