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martes, 22 julio 2014
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La Razón

Medicina y Sanidad

Psiconutrición: cómo aprender a distinguir entre el hambre físico y el emocional

  • El estado de ánimo influye en la forma de alimentarnos y, como prueba de ello, la comida se convierte en el refugio más fácil y accesible. Alimentos con un elevado contenido en grasas, azúcar y sal suponen el mejor consuelo. Por ello, la nutrición emocional busca, a través de habilidades psicológicas, aprender a distinguir entre el hambre físico
    y el que está marcado por la ansiedad o la apatía
     

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Psiconutrición: cómo aprender a distinguir entre  el hambre físico y el emocional
Psiconutrición: cómo aprender a distinguir entre el hambre físico y el emocional

La acción de comer genera, en la mayoría de las ocasiones, una sensación de bienestar. Sin embargo, el simple hecho de estar contento o, por el contrario, deprimido, puede influir y determinar la forma de alimentarnos. «Si estamos de buen humor y tranquilos  es más fácil que nuestra alimentación sea adecuada. Cuando nuestro estado de ánimo es negativo, las sensaciones que lo acompañan pueden propiciar que busquemos el alivio o el refugio en la comida», explica Juana María González, directora técnica de Alimmenta.
La forma de comer se ve, según la psicóloga y colaboradora del Centro Médico-Quirúrgico de Enfermedades Digestivas (CMED), Alejandra Vallejo-Nájera, «condicionada por el cerebro emocional. Muchas veces comemos para anestesiarnos más que para alimentarnos. Desde niños nos premian y castigan con la comida y el cerebro registra esa información y la integra en la vida cotidiana y, en especial, cuando surgen dificultades». Por ello, y dado que el ritmo de vida actual protagonizado por las prisas ha propiciado que se coma de cualquier manera y sin apenas dedicarle el tiempo necesario, «hay que aprender a distinguir entre el hambre físico y el hambre emocional», advierte Susana Cantón Palomar, psiconutricionista de Caroli Health Club y especializada en la Intervención de la Ansiedad y el Estrés y la Tecnología Nutricional.

Regular las emociones
Dado que alrededor de una mesa se producen todo tipo de celebraciones, Toni Grau, responsable del Área de Gestión del Conocimiento e Investigación del Instituto de Trastornos Alimentarios (ITA), sostiene que «la comida no debe convertirse en el único mecanismo del que disponemos para regular nuestras emociones. Los trastornos de  la conducta alimentaria y la obesidad son claros exponentes de patologías que tienen su base en el ‘‘comer emocional''». Existen alimentos que esconden una relación directa con las emociones. Según Grau, «los que suelen apetecer más, tanto en momentos de euforia como en los depresivos corresponde a los de alto aporte calórico, entre los que destacan aquellos que poseen un elevado contenido en azúcar, grasas o sal». Una vez  que la persona los ingiere, continúa el experto, «se promueve la segregación de sustancias en los sistemas de recompensa de nuestro cerebro. Regulados por neurotransmisores, permiten que el individuo desarolle conductas aprendidas que responden a hechos placenteros o de desagrado. La estimulación excesiva de este sistema conlleva, en algunas personas, cambios bioquímicos permanentes que modifican la respuesta a estímulos externos y, por tanto, el comportamiento en general».
Esta opinión la comparte González, quien añade que, «cuando estamos en un estado de ánimo depresivo y buscamos refugio en la comida, comemos lo que tenemos ansiedad por comer. Si tenemos ansiedad por dulce, lo más frecuente es acudir al chocolate o bollería, pero si tenemos ansiedad por salado, optamos por las patatas fritas, el queso o los embutidos».
Esta realidad cobra todavía más importancia cuando la persona decide hacer una dieta para perder peso. Con la idea de luchar contra las emociones que pueden verse interferidas por no comer como es debido surge la psiconutrición que, según Cantón, consiste «en equipar a la persona que debe llevar a cabo un proceso de adelgazamiento de las habilidades psicológicas para no caer en la ingesta emocional y responder sólo a la fisiológica sin sufrimiento, ansiedad y con calma».
 

Para Grau, el término «dieta» conlleva un problema conceptual. «Se ha demostrado que los programas para la reducción  de peso que resultan eficaces son aquellos que promueven cambios en los hábitos alimentarios y en la actividad física.  Cuando hablamos de dieta nos referimos a una conducta limitada en el tiempo y objetivos, un cambio de hábitos conlleva una modificación permanente del modo de alimentarnos», matiza.
Por ello, es importante diferenciar entre los alimentos que nos estresan y nos estimulan. «Podemos elegir entre una gran variedad de productos que pueden mejorar la salud mental. Además, un estado físico saludable mejora nuestro ánimo, reduce la ansiedad y ayuda a salir de una depresión», sostiene Cantón. Así, continúa, «cafeína, alcohol, chocolate, los que contienen trigo, aditivos y grasas saturadas pertenecen, especialmente los cuatro primeros, a la categoría estresora, mientras que el agua, las verduras, la fruta, el aceite de pescado, los frutos secos y semillas, los alimentos de grano entero, los ricos en fibra, los orgánicos y las proteínas bajas en grasas propician un buen estado de salud». El problema reside, según González, «en que muchas veces tenemos ansiedad por no hacer correctamente las comidas a lo largo del día. El simple hecho de ordenarlas y comer de forma adecuada reduce esa sensación, porque parte de esa supuesta ansiedad es hambre». Asimismo, no saltarse el desayuno y comer con regularidad son, para Cantón, «las dos estrategias clave que impulsan la salud mental. Si a esto le añadimos ejercicio regular, obtendremos la ecuación perfecta».

El peligro de la restricción
Restringir de la dieta ciertos alimentos puede incrementar esa sensación de angustia que, a la larga, desemboca en un consumo desaforado de los mismos. «El azúcar influye en los estados depresivos y actúa como un círculo vicioso. En dietas restrictivas que carecen de hidratos de carbono y azúcar, nos lleva a hiperreaccionar ante acontecimientos que nos resultan normales cuando no hacemos dieta. Cuando se produce un atracón de esos alimentos azucarados se genera una descompensación hormonal, aumenta el sentido de culpa y el estado de tristeza», advierte Vallejo-Nájera.
Esta misma opinión la comparte González, quien añade que, «por ejemplo, las personas que hacen deporte con frecuencia y no comen una cantidad adecuada de hidratos de carbono pican dulce. Esto mismo les ocurre a aquellas que han eliminado los hidratos de carbono por seguir alguna dieta ‘‘milagro''. Aunque antes de hacer esa dieta no fueran personas de comer dulce, después de seguirla tienen más apetencia por ellos. La restricción de carbohidratos fomenta el picoteo de dulce en momentos del día más tranquilos, como por ejemplo, por la noche». El chocolate, por ejemplo, «es un alimento que muchas personas consumen en momentos de ansiedad porque posee teobromina, un componente similar a la cafeína que produce una sensación de placer sobre nuestro cerebro. Actúa como relajante muscular, es un excitante débil, posee propiedades diuréticas y es un estimulante cardiaco y vasodilatador. Por contra, el té y el café contienen cafeína que tiene propiedades excitantes», recuerda González.
 

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