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miércoles, 30 julio 2014
03:29
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La Razón

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Islas Vírgenes: de regata en el paraíso

  • Al este de Puerto Rico se halla un entramado de islas bañadas por las azules aguas del mar Caribe. Descubrirlas a bordo de un exclusivo velero resulta una experiencia sólo apta para los más afortunados
     

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Islas Vírgenes: de regata  en el paraíso
Islas Vírgenes: de regata en el paraíso

Es 1493. Cuando Colón puso el pie en una pequeña isla de un archipiélago situado al este de Puerto Rico, las sinuosas formas de aquel paradisíaco pedazo de tierra le recordaron a una oronda mujer tumbada. Así quedó bautizada: «Virgen Gorda». Era una de las «11.000 vírgenes» –así llamó a aquellas islas, en honor a la leyenda de Santa Úrsula, una de las miles de doncellas martirizadas por los hunos– bañadas por las azules aguas del Caribe. Desde entonces, franceses, daneses, holandeses y españoles se «sortearon» aquellos territorios, más de un centenar, hasta que cayeron en manos inglesas, a finales del siglo XVII, y norteamericanas, a principios del XX. De ahí que hoy distingamos entre Islas Vírgenes británicas y americanas.
Pertenezcan a un «imperio» o a otro, los barcos no han dejado de romper las olas de Virgen Gorda, Tórtola, Anegada y Jost Van Dyke, las principales islas que se encuentran bajo bandera británica en un rango de 100 m2. Los vientos alisios, los mismos que empujaban las embarcaciones de aquellos pioneros, son los que atraen hoy a miles de regatistas. De ello dio fe V DE VIAJES, presente en la «Loro Piana Caribean Superyatch Regatta».

a barco o a nado
¿Qué hace a estas islas tan especiales? «Aguas transparentes, playas muy arenosas y mucho viento, imprescindible», resume Pier Luigi Loro Piana, presidente de esta lujosa marca que, gracias al esfuerzo de seis generaciones, hoy es un referente dentro de la moda exclusiva. Loro Piana no sólo patrocinó la regata; también participó a bordo de «Billy Budd», un impresionante barco de 35 metros de eslora. Ganó el velero  «Indio». Pero el resultado es lo de menos. «En una regata compites, pero también complace tu sentido de la belleza», dice. 
Puede que ya no se acuñen los doblones de oro, pero un fugaz repaso a los veleros amarrados en el Club de Yate Costa Esmeralda evidencia la exclusividad turística de las islas. Un ejemplo para ilustrar que los valores en el archipiélago son otros: si el visitante se aloja en uno de los «bungalows» del Biras Creek Resort, el hospedaje más solicitado de Virgen Gorda, que no cuente con que le entreguen llave alguna; las puertas de su habitación, a los pies del Caribe, siempre se mantendrán abiertas. Y es que, lo más probable es que el viajero haya acudido al Bitter End Yacht Club para repartir el tiempo entre los deportes acuáticos –imperdonable no practicar «snorkeling»– y las excursiones –los ferrys y taxis acuáticos conducen de una isla a otra–. Un aviso: pese al nombre de las islas, los dólares americanos son indispensables.
Explorados «Los baños» al sureste de  Virgen Gorda, singular zona cuyas enormes rocas denotan su origen volcánico, es el momento de visitar a la «vecina» Anegada –o «ahogada», como la llamaban los españoles–, única isla coral de deslumbrantes arrecifes y playas blancas como la nieve. Casi tanto como las de isla Tórtola, en la que, aparte de ubicarse la capital Roadtown, aún son visibles algunos galeones. Por último, para despedirse con un buen recuerdo gastronómico, debe degustarse el «estofado de concha y costillas» del Club Paradise.
 Como dice Loro Piana, las Islas Vírgenes no son precisamente accesibles para ciertos bolsillos,tampoco desde el punto de vista geográfico. Eso sí, «cuando logras llegar hasta aquí... es una lástima tener que abandonarlas».

 

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