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martes, 21 octubre 2014
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La Razón

historico

Martini y Eco: la religión como una novela de intriga

  • Las cartas que se cruzaron estaban llenas de ironía y divertida erudición

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Eco y Martini recibieron en 2000 el Premio Príncipe de Asturias
Eco y Martini recibieron en 2000 el Premio Príncipe de Asturias

Madrid- El debate entre el arzobispo de Milán Carlo Maria Martini y el escritor y semiólogo Umberto Eco tuvo un cariz muy diferente al de Ratzinger y Habermas. Fue a través de una relación epistolar y ambos se aplicaron con gran maestría en el arte del humor y la ironía. Las cartas aparecieron en marzo de 1995 en la revista «Liberal» y luego en el libro «¿En qué creen los que no crreen?». En total se enviaron cuatro cartas cada uno. Umberto Eco parece que en su primera carta actúa como el hombre que escribió «El nombre de la rosa». Intriga, misterios eruditos, la búsqueda de saberes imposibles... Le planteó a Martini el tema del Apocalípsis, algo por lo que el cristianismo, dice, estuvo obsesionado en el primer milenio. «Ahora quisiera proponer la idea, algo osada, de que el concepto del fin de los tiempos es hoy más propio del mundo laico que del cristiano», escribió.
Martini le contestó  que el mundo cristiano, a su vez, «no ha sido ajeno a pulsiones apocalípticas, que en parte se remitían a unos oscuros versículos del Apocalipsis, 20». Digamos que aceptó la provocación de Eco para recordarle que «la historia ha sido vista siempre más claramente como un camino hacia una meta fuera de ésta». Es decir: «La historia posee un sentido, una dirección de marcha, no es un mero cúmulo de hechos absurdos y vanos». Los cristianos, por lo tanto, marchan en el mismo camino que la humanidad. Es más, la esperanza es la energía para seguir andando.
En la segunda carta que le envío Umberto Eco le preguntaba cuándo comenzó la vida humana y le plantea un tema crucial y polémico: «¿Cuál es hoy la actitud del teólologo frente al creacionismo clásico?». «Se piensa a veces, y así se escribe –le responde Martini– que la vida humana es para los católicos el valor supremo. Semejante manera de expresarse resulta por lo menos imprecisa. No corresponde a los Evangelios, que dicen: "No temáis a quienes matan el cuerpo, pues no tienen poder para matar el alma" (Mateo, 10,28). La vida que representa el supremo valor para los Evangelios no es la vida física y ni siquiera la psicológica  (para las que los Evangelios usan los términos griegos «bios» y «psyché») sino la vida divina comunicada al hombre».
 

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