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    Alfonso Ussía

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lunes, 21 abril 2014
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historico

Más ciudadanía para una Europa más fuerte por José María Marco

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«Con la crisis, la dimensión trágica del ser humano, su inherente responsabilidad moral, ha vuelto a aparecer en nuestras vidas»
«Con la crisis, la dimensión trágica del ser humano, su inherente responsabilidad moral, ha vuelto a aparecer en nuestras vidas»

Occidente nació cuando los seres humanos empezaron a hacerse preguntas sobre la naturaleza de las cosas. La filosofía lo hizo en el momento en que los griegos se preguntaron sobre la naturaleza y el significado del verbo «ser». Así se sentó el principio de la cultura occidental, con una pregunta básica que nos escinde de cualquier supuesta naturaleza y nos lleva a interrogarnos permanentemente sobre lo que somos y lo que hacemos.

Fuera de Grecia, Occidente también estaba naciendo en Oriente Medio, cuando un pueblo que se dijo elegido de Dios planteó la libertad – que consiste en la ineludible necesidad de elegir entre el bien y el mal– como el gesto inicial y fundador de la humanidad. La Ley, que nos ayuda en esa elección, no nos exime de esa responsabilidad. Somos criaturas del Altísimo, del Señor omnipotente, pero no podemos dejar atrás aquello que nos lleva a tener que evaluar y graduar nuestra conducta en función de criterios morales que no podemos delegar.

Vino luego Roma. Gracias al Derecho, creó la persona individualizada y responsable tal como la conocemos hoy en día. Y llegó el cristianismo, que amplió a la humanidad entera la igualdad y la libertad que los griegos, los judíos y los romanos habían ido construyendo. El cristianismo libera al ser humano de la Ley y deshace por tanto el pacto entre el Señor y su pueblo. Ahora bien, en vez de proclamar la inocencia general de la humanidad redimida por el sacrificio del Hijo de Dios, el cristianismo recreó, fiel a lo que era ya por entonces la tradición occidental, una nueva complejidad en la que la Ciudad de Dios y la ciudad de los hombres conviven, en planos distintos, en una sola realidad vital, moral e histórica.

    También política: Europa fue en su día el espacio donde cuajaron en una única cultura todas estas formas de ver el mundo. Coinciden en dos puntos cruciales: la libertad (es decir, la capacidad de discernir el bien del mal) y la conciencia de que lo que somos no apura del todo nuestra naturaleza. En eso consiste el humanismo occidental, la esencia misma de Europa: en tener que preguntarnos sin tregua si lo que hacemos está bien o mal, y en no poder darnos por satisfechos con la idea de que nuestra conducta es natural.

Sobre esta base de creencias y de preguntas se levantó el ser humano europeo, que a su vez creó formas de vida extraordinarias, caracterizadas por su dinamismo, su inventiva y su creatividad. También caracteriza a ese ser humano una cierta fragilidad, la conciencia de que aquello mismo que nos ha hecho capaces de cosas tan grandes nos impedirá siempre ser felices, vivir reconciliados con una naturaleza que nosotros mismos nos negamos. Así que los occidentales, o los europeos, siempre hemos vivido con la tentación de anular esa herida que nos ha hecho grandes… y desdichados.

Esta tentación ha adoptado formas muy diversas a lo largo de la historia. En los últimos dos siglos, ha cuajado en tendencias que han tenido una traducción política inmediata, como son el nacionalismo y el socialismo. Los dos entrañan grandes promesas de absolución en un mundo donde por fin la herida que nos constituye como seres humanos habrá sido cerrada. Las orgías criminales a las que condujeron los totalitarismos celebraron el fin del humanismo. Europa estuvo a punto de irse a pique y salió del trance en ruinas. Sobrevivió, en parte, gracias a la ayuda que le prestó el espíritu europeo trasplantado al otro lado del Atlántico. Allí –donde pudo llegar a ser más europeo que en la propia Europa– soslayó las tentaciones utópicas, totalitarias y antihumanistas.

Aquella pesadilla quedó atrás, pero no todas sus consecuencias. El nacionalismo no acaba de desaparecer y la promesa socialista de paraíso en la tierra se transformó en una propuesta política –ajena a la brutalidad primera, claro está– según la cual el Estado o el Gobierno nos garantizarán el cumplimiento de aquello que nos hace humanos. Y lo que nos hace humanos es, en última instancia, el derecho a la felicidad. Por fin podíamos delegar la responsabilidad propia de la tradición occidental o europea. Con la crisis, que no es sólo económica, la dimensión trágica del ser humano, su inherente responsabilidad moral, ha vuelto a aparecer en nuestras vidas. Como es natural, no es bienvenida. Los europeos estamos haciendo un gigantesco esfuerzo para no volver a ser adultos y permanecer en la infantilización en la que nos hemos mecido tan agradablemente en los últimos cuarenta años. No es menor el esfuerzo de los dirigentes políticos por impedir que salgamos de la guardería. Cuanto antes empecemos a hacerlo, sin embargo, menor será el desastre. Vivir en un parque temático sale muy, muy caro.
 

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