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domingo, 26 octubre 2014
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La Razón

Salvar el euro

Un camino empinado por Vincenzo Scarpetta

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La incesante profundización de la crisis del euro ha empujado a los líderes políticos a  hablar de grandes planes para una integración política y fiscal más estrecha entre los países que comparten la moneda única. El uso de expresiones como «unión fiscal», «mutualización de la deuda», o «unión bancaria» se ha puesto de moda en el debate sobre el futuro de la zona euro.

Algunas de estas opciones podrían hacer la moneda única más viable. Sin embargo, todas las soluciones que se están explorando son extremadamente difíciles de alcanzar políticamente. Es más, estas mismas soluciones son un ejemplo perfecto de cómo los esfuerzos para mantener la integridad de la zona euro chocan con las prerrogativas de las democracias nacionales. Por un lado, los países en el «núcleo» de la zona euro siguen oponiéndose a los eurobonos o a cualquier aspecto de una unión fiscal que supondría compartir responsabilidades y riesgos con la periferia. Pero aquí no se trata sólo de los dirigentes políticos. Los contribuyentes alemanes, por ejemplo, no están preparados para pagar intereses más elevados sobre la deuda pública de su país de manera que el coste de la deuda de griegos, españoles o italianos sea más sostenible. Forzarles a tomar este camino conllevaría el riesgo de un contragolpe político muy serio –que a la larga podría incluso llevar Berlín a retirar su apoyo al euro de manera definitiva.  Alemania y el resto podrían empezar a ver las cosas bajo otra luz si se controlase el gasto en los países del sur de la zona euro directamente desde Bruselas, algo que  Rajoy ha propuesto. Esto sería enormemente problemático por dos motivos.

En primer lugar, supondría un traspaso de soberanía sin precedentes de los parlamentos nacionales a las instituciones de la UE, lo que aumentaría el riesgo de crear tensiones sociales en países como España, ya que la población llegaría a la conclusión de que las duras medidas de austeridad a las que se están enfrentando se les están imponiendo desde fuera. En segundo lugar, las reglas e instituciones necesarias para que este sistema funcione aún no existen.
Negociarlas e introducirlas llevaría tiempo, y necesitaría un claro mandato democrático. Los ciudadanos podrían empezar a ver sus gobiernos como meros ejecutores de órdenes que llegan desde Bruselas o Berlín, que es, en parte, lo que ya está pasando en Grecia. La verdad incómoda es que ni una unión fiscal ni una unión bancaria son soluciones rápidas para la crisis del euro, porque harían falta unos años para ponerlas en marcha incluso si fueran políticamente alcanzables.  Sea cual sea el camino, será empinado.

 

Vincenzo Scarpetta
Analista de Open Europe
 

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