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sábado, 01 noviembre 2014
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La Razón

Columnistas

Los Balcanes por Ángela Vallvey

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La Primera Guerra Mundial duró cuatro años, menos que las Guerras Napoleónicas, y sin embargo estremeció a Europa de manera mucho más terrible porque alteró las vidas de todos los ciudadanos que por entonces poblaban los Estados más importantes y poderosos de la Tierra. Fue una carnicería en la que perdieron la vida más de ocho millones de soldados, una cifra a la que hay que sumar la producida por la alta mortandad de la población civil debida  directamente a la guerra: el hambre, la pobreza, la devastación, el saqueo, el frío, el inmundo festín que se permitió la enfermedad propiciado por la miseria rampante y generalizada… La Primera Gran Guerra empezó con un conflicto balcánico que degeneró en una conflagración aterradora cuyas consecuencias seguramente seguimos pagando hoy día incluso en los países que no participaron en ella, como España.  Muchas contiendas europeas parecen inflamarse en los Balcanes. Históricamente, en ellos se prende la mecha. Son la región de Europa donde el arte de guardar los equilibrios –internacionales, económicos, culturales, étnicos…– suele ser tarea altamente delicada, peligrosa. Los Balcanes han constituido una especie de símbolo negativo de la desunión, la rivalidad y el rencor secular que, bajo una capa burocrática de aparentes buenas intenciones, se oculta en el corazón de Europa. Pero, ¿pueden los símbolos cambiar de significado y llegar a representar otra cosa? Me gustaría pensar que sí. Que esta guerra del euro invertirá la trayectoria de la bala suicida europea. Que Grecia, ante su difícil encrucijada –ser polvorín o piedra angular–, modificará  la dañina pauta de la historia europea y empezarán a surgir, gracias a los herederos de la vieja democracia ateniense, soluciones decorosas para nuestro futuro. Común, espero. Aunque vaya usted a saber.
 

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