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viernes, 22 agosto 2014
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La Razón

Columnistas

Del cerdo por Alfonso Ussía

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«Del cerdo, hasta los andares»; «del cerdo, hasta la conversación». En España tenemos en grandísima consideración al cerdo. Lamentablemente, cuando intentamos insultar a un prójimo usamos de todos los sinónimos porcinos para herir con más contundencia. Cerdo, puerco, marrano, guarro, cochino y demás lindezas. Pero sin el cerdo en nuestra ración diaria alimenticia no seríamos nada.

En un colegio de Cataluña, el cerdo está en grave peligro de extinción por la presión de sus alumnos árabes. La dirección de ese colegio redacta sus circulares a los padres de los colegiales en catalán y árabe, y obvian el español o castellano. Esta necedad supera los límites de la política nacionalista y se convierte en un problema de inteligencia. Cataluña, además, está muy ligada al cerdo, por ser la provincia de Lérida la que más número de cerdos de granja produce de todo el territorio nacional. Pero en un centro docente de Tarrasa, en concreto, el «President Salvans» del barrio de Can Palet, los niños españoles no pueden comer en el recreo bocadillos de jamón porque se lo impiden los niños musulmanes. Y los responsables del colegio, tan contentos, porque consideran normal que los derechos de los niños musulmanes sobrevuele al de los niños cristianos en un colegio de España.

El jamón, el chorizo, el salchichón – aunque sea de Vic–, el fuet –por mucho que provenga de «Casa Tarradellas»–, y todos los productos que tengan su origen en el formidable cerdo, están prohibidos en un colegio de España porque los alumnos musulmanes no toleran semejante agresión contra su religión. Si no prohibidos, sometidos con la complicidad de los responsables del colegio, a su persecución, enajenación y alojamiento en los cubos de la basura. Y para mí, que esa animadversión medieval contra el cerdo que experimentan los musulmanes es consecuencia de la envidia. No saben cómo salir del lío de que el cerdo es un animal impuro –nada más impuro que el camello o el dromedario que no paran de tirarse cuescos en las caravanas–, y no ha nacido musulmán valiente que se atreva a decir en La Meca o en Tarrasa un «¡hasta aquí hemos llegado!» que  sería muy bien acogido por una buena parte de la población islámica. La Iglesia Católica esperó muchos siglos para suavizar la prohibición de comer carne los viernes, espectacular bobada que aún persiste aunque muy pocos cumplan con la norma. Es decir, que comer una rodaja de chorizo de Cantimpalos un viernes de vigilia es pecado, y zamparse una langosta cocida o unas cigalas a la plancha está muy bien. A ver si nos dejamos de chorraditas. Pero no existe persecución ni acoso al respecto, porque la Iglesia concede a los creyentes el amparo de su propia conciencia. Lo contrario que los musulmanes, que están apresados en la Edad Media y todavía no conocen la maravilla de la naturaleza, y por lo tanto, de Dios, que es una loncha o un taco de jamoncito del bueno, que así le dicen los andaluces, el jamoncito, «lo más grande que hay en el mundo» según el Beni de Cádiz.
Nos parece muy bien –y uso del «nos» no con carácter mayestático sino porque escribo después de consultar con unos amigos–, que los niños musulmanes se lleven al colegio para comer en los recreos bocadillos de camello o de cabra o de oveja. Pero que impidan en España a los españoles comer jamón, nos demuestra el nivel de estupidez y cobardía que hemos alcanzado. Con la colaboración de los nacionalistas que gobiernan la autonomía donde más jamón se produce.

Tontos, es poco. Merecen otro calificativo,  pero dirán que soy un anticatalanista y un fascista cavernario. Que se lo pongan ellos mismos.

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