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sábado, 30 agosto 2014
18:14
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La Razón

Columnistas

Calor con pufo y mercería por José Luis Alvite

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Decían que era un vividor, alguien capaz de la suprema astucia de convertirte en una deuda cualquier favor que le hicieses. Me senté a su mesa en un restaurante de Compostela en el que acababa de almorzar con su esposa, una tarde de agosto en la que el calor era tan sofocante que por falta de oxígeno se apagaban los cigarrillos. Don Jaime de Mora y Aragón había dado cuenta de una hermosa lubina, reducida por sus exquisitos ademanes de gourmet a la mercería espinosa de lo que parecía una raqueta de tenis. La suya era una elegancia algo exagerada, retórica, un poco antigua, pero resultaba agradable, distinguido e inútil, digno ejemplar de una aristocracia venida a menos que se desvanecía corroída por la ácida modernidad de un país de nuevos ricos que bebían el champán por el botijo. Mientras tomábamos café no me importó reconocer en silencio la envidia que me inspiraba su facilidad para comer sin apetito y, no obstante, quedar con hambre. También le confesé el estupor que me producía que los hombres de su posición jamás sudasen. ¿Sería que su inteligente cinismo le producía a Don Jaime una especie de refrigeración heráldica? Cada vez que él hacía un ademán, me sudaban a mí las manos. El caso es que al cabo de una larga y agradable sobremesa, llamó al camarero y pidió que le pasasen la factura a unas señas ininteligibles que escribió en un papel. ¡Bendita elegancia! ¡Exquisita desvergüenza! Don Jaime levantó la sesión y salió a la calle con su elasticidad casi ecuestre y el porte sobrecargado de ropa, seguido por la reverencia del camarero, que le despidió en la puerta con una mezcla de admiración y desconcierto, como si aquel tipo le hubiese quedado a deber una factura del siglo XIX.

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